Pensar el país que viene. El columnista analiza que frente a la concentración económica, la manipulación informativa y el individualismo, la salida será “necesariamente colectiva, democrática y profundamente participativa”.
Por Álvaro Ruiz Moreno*
Frente a una crisis que no se limita a la economía, el país necesita recuperar representación, debate democrático, compromiso social y una dirigencia conectada con las urgencias reales de su pueblo.
La Argentina atraviesa una de esas etapas bisagra en las que no alcanza con describir la crisis en términos de inflación, endeudamiento, recesión o caída del consumo. Lo que está en juego es bastante más profundo: se ha deteriorado el vínculo entre la sociedad y la política, se han debilitado los lazos de solidaridad y se ha extendido una sensación de impotencia colectiva frente a problemas que parecen multiplicarse sin respuesta. No estamos solamente ante una crisis económica; estamos, también, ante una crisis de representación, de participación y de sentido democrático.
Desde hace años, pero con una crudeza cada vez más evidente, el país muestra un escenario de concentración de la riqueza y empobrecimiento de las mayorías. Mientras unos pocos grupos económicos acumulan ganancias, especulan con los precios, fugan capitales o aprovechan privilegios estructurales, millones de argentinos y argentinas padecen la pérdida de ingresos, la precarización laboral, el deterioro del sistema previsional, el debilitamiento de la salud pública y el retroceso de derechos sociales que costaron décadas de lucha. Esa desigualdad no es un fenómeno natural ni una fatalidad inevitable: es el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales que favorecen a minorías poderosas en detrimento del conjunto social.
A este cuadro se suma un problema central: la construcción de sentido público está cada vez más condicionada por poderes concentrados que operan sobre la opinión social. Grandes medios de comunicación, usinas de propaganda, sectores corporativos y aparatos digitales moldean percepciones, imponen agendas y muchas veces deforman la discusión democrática. Las redes sociales, lejos de ser sólo espacios de intercambio, suelen transformarse en territorios de agresión, desinformación, simplificación extrema y odio organizado. En ese clima, se reemplaza el debate por el insulto, la reflexión por el eslogan, y la complejidad de los problemas por respuestas inmediatas, autoritarias o falsas.
También es necesario mirar hacia adentro de las propias organizaciones políticas, sindicales y sociales. Una parte de la dirigencia se ha burocratizado, se ha encerrado en lógicas de aparato o ha perdido capacidad para escuchar el sufrimiento cotidiano de la ciudadanía. En demasiados casos, la política aparece alejada de la vida real: de la angustia de quien no llega a fin de mes, del joven que no encuentra horizonte, del jubilado que elige entre medicamentos y comida, de la pyme que baja sus persianas o del trabajador que vive con miedo a perder lo poco que tiene. Cuando la dirigencia se separa del pueblo, se vacía la representación y crece la frustración social.
Esa distancia entre representantes y representados alimenta otro fenómeno preocupante: la desconfianza hacia las instituciones democráticas. Cuando la Justicia parece actuar con doble vara, cuando el Congreso no expresa las urgencias populares, cuando los partidos dejan de ser canales de participación y se convierten apenas en maquinarias electorales, la democracia pierde espesor y credibilidad. Entonces aparecen el descreimiento, la apatía o la tentación de depositar expectativas en supuestos salvadores individuales, figuras providenciales o soluciones mágicas que prometen arrasar con todo, pero que terminan agravando los problemas de fondo.
Sin embargo, ningún diagnóstico serio puede quedarse en la denuncia. Señalar los males de la Argentina actual sólo tiene valor si se hace con la voluntad de discutir un camino de salida. Y esa salida no puede reducirse a un recambio de nombres ni a una disputa de marketing electoral. Requiere reconstruir la política como herramienta de transformación colectiva, devolverle contenido, ética, vocación de servicio y capacidad de organización popular.
Frente a la concentración económica, el camino debe ser el fortalecimiento de la producción nacional, del trabajo digno, del mercado interno y de una distribución más justa de la riqueza. No hay proyecto democrático sustentable si la economía funciona para la renta financiera y no para quienes producen, trabajan, estudian y sostienen la vida cotidiana del país. La Argentina necesita políticas públicas que defiendan a las pymes, a las economías regionales, al sistema científico, a la educación pública y a la industria nacional. Necesita un Estado que regule, planifique y proteja, en lugar de retirarse para dejar a la sociedad a merced del poder económico.
Frente a la manipulación informativa, hace falta promover ciudadanía crítica, pluralidad de voces y medios de comunicación comprometidos con el derecho a la información. Una democracia sana no puede depender de monopolios mediáticos ni de operaciones permanentes destinadas a disciplinar a la sociedad. Es imprescindible fortalecer espacios de comunicación alternativos, comunitarios y federales, y al mismo tiempo recuperar la cultura del debate argumentado, la escucha y el pensamiento reflexivo.
Frente al individualismo y la indiferencia, la respuesta no puede ser el repliegue sino una mayor organización social. Allí donde se destruyen vínculos comunitarios, donde se instala la lógica del “sálvese quien pueda” y donde el otro pasa a ser un enemigo o una carga, la democracia se debilita. Por eso resulta urgente volver a poner en el centro la solidaridad, no como consigna vacía, sino como práctica concreta de convivencia, de defensa mutua y de construcción del bien común. Una sociedad fragmentada y enfrentada consigo misma es terreno fértil para el ajuste, la crueldad y la resignación.
También los partidos políticos tienen una responsabilidad ineludible. Deben dejar de ser sellos vacíos o estructuras pensadas únicamente para competir en elecciones. Necesitan volver a ser escuelas de formación, ámbitos de discusión de ideas, herramientas para la elaboración de programas y espacios de participación genuina para las nuevas generaciones. Sin militancia, sin debate interno, sin proyecto colectivo y sin anclaje territorial, la política pierde densidad y queda reducida a una mera administración del corto plazo.
La reconstrucción de la política exige, además, una nueva ética pública. Hace falta coherencia entre lo que se dice y lo que se hace; austeridad en el ejercicio de la función; cercanía con las demandas sociales; y decisión para enfrentar a los intereses que lucran con la desigualdad y la desesperanza. No se trata de idealizar el pasado ni de negar errores propios: se trata de asumir que la Argentina necesita una dirigencia con coraje, sensibilidad social y vocación transformadora.
El país no saldrá adelante con cinismo, marketing ni discursos de odio. Tampoco con la espera pasiva de un liderazgo salvador. La salida será necesariamente colectiva, democrática y profundamente participativa. Requiere ciudadanía activa, organizaciones vivas, sindicatos comprometidos con sus bases, movimientos sociales presentes en el territorio, partidos abiertos a la sociedad y una comunidad dispuesta a defender sus derechos.
La Argentina necesita menos resignación y más protagonismo popular. Menos espectáculo y más debate. Menos odio y más humanidad. Menos privilegios para unos pocos y más justicia social para las mayorías.
*Abogado y jardinero. Imagen ilustrativa, marcha masiva de sindicatos y movimientos sociales en Plaza de Mayo. Foto dron Ayelén Césare. Tiempo Argentino.
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