La tierra tiembla

  Este año volví a ver un clásico de Luchino Visconti que reavivó inquietudes e interrogantes que creía ya decantados. A ello se sumaron otras dos películas que, desde registros muy diferentes, me condujeron nuevamente al abismo del problema, llevándome al precipicio de preguntas que siguen abiertas.

En La terra trema (de 1948), el problema es quién controla los medios que permiten vivir y trabajar.

En As Bestas (de 2022), el conflicto central gira en torno a la posesión legítima para decidir sobre un territorio. ¿Quién tiene más derecho sobre la tierra? Quienes nacieron y crecieron allí.

Los recién llegados ven la tierra como una fuente de vida y desarrollo de un trabajo comunitario y los lugareños, como un recurso económico para escapar de la pobreza. La película configura así una verdadera tragedia política en torno a la posesión de la tierra, la pertenencia y las relaciones de poder.

En Nuestra tierra (de 2025) de Lucrecia Martel, la pregunta es quién fue históricamente excluido de la propiedad y del reconocimiento.

En el debate sobre la extranjerización surge una cuestión decisiva: quién controla los recursos estratégicos sobre y bajo la tierra —agua, minerales, bosques, energía o corredores fronterizos—. El gobierno sostiene, como un estribillo repetido, que el capital extranjero aportará inversiones, empleo e infraestructura.

Quienes cuestionamos la extranjerización creemos que la tierra no es un activo cualquiera porque está ligada a la soberanía, a los recursos naturales y a la capacidad futura de decidir sobre ellos. También advierten sobre la concentración de grandes extensiones en zonas con agua dulce, minerales críticos o cercanas a fronteras. Ya se nos vino Joe Lewis, que compró tierras alrededor de un lago y se lo quedó, haciéndole “sanguchito”.

La idea que atraviesa tanto a Martel y su película como a buena parte de la tradición latinoamericana: la tierra no es sólo propiedad, es poder. Poder para producir alimentos, para controlar recursos, para definir quién puede entrar o salir de un territorio y para construir identidad colectiva, preservando nuestros paisajes.

No es únicamente una escritura o un título de dominio. Se discute si ciertas tierras y recursos deben quedar sujetos exclusivamente a la lógica del mercado o si constituyen un patrimonio estratégico sobre el cual la sociedad, a través del Estado, debe conservar algún grado de control.

El debate contemporáneo sobre la extranjerización es un tema amplio, porque conecta historia, política, economía y cultura. Ya había escrito David Viñas sobre algunos estereotipos en Los dueños de la Tierra. Así entendimos que la propiedad no se sostiene únicamente mediante leyes o escrituras. Viñas demuestra que el verdadero poder es imponer una voluntad sobre el otro, incluso violando las normas que se dicen defender. Lo vimos en el proceder “del campo”, durante los sucesos de la denominada ley 125, a las retenciones agrarias.

Desde la Campaña del Desierto hasta hoy, la tierra es la historia sobre la soberanía y control efectivo del territorio, y el poder que genera. La Conquista del Desierto no sólo fue una campaña militar, sino también una gigantesca operación de apropiación y distribución de tierras y población originaria.

Tras la ocupación militar de millones de hectáreas en la Patagonia y la región pampeana, el Estado nacional quedó como propietario de enormes extensiones. Pero, en vez de impulsar una colonización de pequeños productores, como en Estados Unidos o Canadá, gran parte de esas tierras fue entregada a un reducido grupo de familias, empresas y financistas vinculados al poder político y económico de la época. Sarmiento criticó con dureza a esa oligarquía de “olor a bosta”, que se alejaba cada vez más del ideal de los farmers prósperos, instalados en sus pequeñas propiedades, como los había imaginado el sanjuanino en una suerte de “casita de la pradera” criolla.

Así se consolidaron muchos de los grandes latifundios argentinos. En la conformación del poder, la tierra produce riqueza, aun cuando el propietario no trabaje directamente sobre ella, y eso es lo que conocemos como “renta”.

La tierra sirve como garantía para acceder a financiamiento; así se obtuvieron enormes créditos.

Históricamente, los grandes propietarios tuvieron fuerte presencia en el Estado, el Congreso, los ministerios y las entidades empresariales. Es lo que conocemos como “influencia política”.

El control territorial, de quienes poseen grandes extensiones, también es sobre caminos, acceso al agua, producción y población local.

¿Por qué en las ciudades esto parece invisible o no lo vemos, ni lo entendemos? Porque la mayoría de los habitantes urbanos no ve la tierra rural. Un porteño puede pasar toda su vida sin entrar a un establecimiento agropecuario. Sin embargo, la tierra influye sobre cuestiones que sí llegan a la ciudad: el precio de los alimentos, el ingreso de divisas por exportaciones, la disponibilidad de agua, la estructura tributaria, el valor de la moneda, la distribución regional de la riqueza.

El debate sobre la extranjerización no trata sólo de quién concentra la tierra, sino de si esa concentración puede quedar en manos de personas, fondos o empresas extranjeras.

El siglo XXI está convirtiendo al agua dulce en uno de los recursos más valiosos del planeta. Argentina posee enormes reservas como la cuenca del Plata, los glaciares andinos, numerosos acuíferos, parte del acuífero guaraní.

Por eso, algunas compras de grandes extensiones generan debates cuando incluyen lagos, nacientes de ríos o reservas hídricas. La preocupación no es sólo la tierra en sí, sino el recurso que contiene. Materias primas y soberanía, algo parecido ocurre con el litio, cobre, tierras raras, petróleo y gas.

¿Quién captura la renta que producen esos recursos? ¿El propietario? ¿La empresa que los explota? ¿El Estado? ¿Las comunidades locales?

Esa discusión atraviesa toda América Latina desde hace más de un siglo.

Una idea que conecta con las películas comentadas: en As bestas el conflicto parece ser entre vecinos; en Nuestra tierra aparece la memoria histórica. Pero ambas remiten a una misma cuestión: la tierra nunca es solamente tierra.

Osvaldo Bayer insistía en una idea provocadora: para comprender a la Argentina moderna no alcanza con mirar Buenos Aires; hay que mirar quién recibió la tierra después de la “Campaña del Desierto” y qué poder acumuló a partir de ella.

Desde las películas que mencioné en sus distintas formas de entender la tierra, el debate argentino sobre la extranjerización vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta: ¿la tierra es solamente una mercancía o también es un bien estratégico, cultural y político?

Al mismo tiempo, el Congreso discute la inviolabilidad de la propiedad privada, no porque no exista, sino porque se la quieren asegurar al capital foráneo, que nada entenderá de tradiciones de terratenientes.

Hoy la concentración de la riqueza en manos de unos pocos multimillonarios alcanza niveles inéditos. Si la ley se modificara, ¿qué impediría que el territorio terminara fragmentado y apropiado por esos gigantes económicos? Un puñado de mega ricos posee un poder que, en muchos casos, supera al de las propias corporaciones: esa es una de las marcas del nuevo capitalismo. El terrateniente arrogante, orgulloso de su criollismo marca Cardón, ya está siendo seducido por ofertas irresistibles. Eso es, en definitiva, lo que estas reformas buscan habilitar, un proceso que ya avanza mediante testaferros y otros mecanismos indirectos de apropiación.

La discusión parlamentaria gira alrededor de la Ley 26.737 de Tierras Rurales, sancionada en 2011, que estableció límites a la propiedad extranjera de tierras rurales (15% a nivel nacional, provincial y municipal). Hoy hay firmes intentos de flexibilizarla y llevar la entrega hasta donde nunca lo hubiéramos imaginado.

Restringir el poder expropiatorio del Estado y ampliar indemnizaciones, eliminar garantías de defensa de los inquilinos, acelerar los desalojos y quitar la obligación de saldar deudas para evitarlo. Eliminar las restricciones de las tierras incendiadas, para que puedan venderse o destinarse a actividades productivas, evitando la regeneración del ecosistema, son algunas de las inaceptables propuestas. Pero el gran premio a la entrega es la derogación de los límites de compra al extranjero. Esta es la amenaza.

*Licenciado en Trabajo Social (UBA) y docente universitario.  Fuente: El Cohete a la Luna, portal dirigido por Horacio Verbitsky . Imagen ilustrativa: Fotograma de la película de Visconti, “La terra trema” (“La tierra tiembla”).

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