Causa Barreiro|El Tribunal realizará una inspección ocular en la Quinta Guiñazú

Los jueces accedieron al pedido que hizo Claudio Orosz durante el debate tras escuchar la descripciones del lugar y lo que allí ocurrió narrado por  los testigos Jaime García Vieyra y Silvio Viotti. La  inspección ocular fue apoyada por la fiscalía  y la defensa no se opuso. Falta definir día y hora.

Por Katy García*

El primero en brindar testimonio fue el arquitecto Jaime García Vieyra (78). Narró lo vivido aquel 12 de agosto de 1979 cuando  se fueron al centro con Rubén “Pocho” Palazzesi con diferentes objetivos. Rubén hablaría por teléfono mientras que él compraría dos pollos en un negocio ubicado en Avda. Vélez Sarsfield.

24 horas antes Rubén le había pedido que lo alojara junto a su esposa Cristina y les niñes porque pensaban trasladarse a Buenos Aires al día siguiente. Temía que las FF.AA lo persiguieran. Pero un grupo de tareas del Destacamento de inteligencia 141 tenía otros planes. Los venía siguiendo y los secuestró en la zona de  Parque Vélez Sarsfield aquella mañana de domingo. “Nos encerraron con dos autos, un Taunus y un Peugeot. Esposados y con los ojos vendados nos metieron en ambos baúles. Era un procedimiento ilegal, eran las hienas del tercer cuerpo”, sostiene con fuerza. Apenas los atrapan uno le  dice: por fin te agarramos Pochito”, agregó el testigo. De ahí fueron trasladados directamente a la casa quinta de Guiñazú que funcionaba como un Centro Clandestino de Detención (CCD) desde 1977.

Claudio Orosz destacó la importancia de los testimonios que se escucharon este miércoles. Develó las circunstancias que propiciaron el secuestro de Jaime García Vieyra y de Rubén Palassesi por parte del personal  militar.  “No  conocían el domicilio de Jaime pese a que se había producido la caída en cadena en la ESMA y obviamente personas que habían sido sometidas a torturas gravísimas habían dado la ubicación de Palassesi en Córdoba. Pero, lo que no tenían era un domicilio”. En esa línea de razonamiento dice que desde su punto de vista “logran interceptar el auto cuando están volviendo después de la llamada telefónica que hace Rubén desde la Central Telefónica como era en aquel momento. Entonces, era obvio que las llamadas  de control que todo militante tenía que mantener con sus responsables fue interceptada porque seguramente controlaron el número receptor y a través de la metodología que ya habían utilizado en 1977 con la familia Jobs en La Perla”.

Queda claro que “rápidamente dieron con el lugar de origen. Y me imagino que esperando esta llamada de control el personal militar ya se había ubicado en las inmediaciones de la Central Telefónica y es por eso que cuando están regresando para almorzar son interceptados por los autos de la patota de La Perla”.

Asimismo destacó que “el relato y la descripción del lugar, las torturas que sufre el propio Jaime pero que en comparación a las que escucha sobre Palassessi  las describe como  horripilantes y que en un determinado momento,  pasados varios días, se produce un silencio que a él le hace suponer que se había producido su muerte”.

En cuanto a Silvio Viotti que había vivido en esa casa quinta transformada en CCD  cuando se había cerrado La Perla evaluó que “Lo fundamental es que una vez recuperada la libertad de muchos de los presos políticos, ya en democracia, pudo hablar con un testigo que nos está faltando – Teo Cavigliaso-quien  describió cómo habían sido salvajemente torturados  él y Palassesi que había muerto por esas  torturas. A partir de las descripciones del lugar decidimos pedir la inspección ocular”, afirmó. La Fiscalía adhirió y la defensa no se opuso. Ahora falta que se defina fecha y hora. Participarán de este acto procesal los dos testigos.

Jaime García Vieyra explicó que no sabía dónde estaba. Pensaba que era la Casa de Hidráulica. “No sabía que existía”, expresó. Pero se dio cuenta que había un sótano porque bajaba unas escaleras. Rubén Palassesi estaba en otro sector.

Crédito Mesa de Trabajo por los DD.HH

Los fiscales Trotta y Gonella junto a Claudio Oroz, Eugenio Biafore  y Ramiro Fresneda  formularon preguntas para precisar datos que  constan en el expediente y también refrescar la memoria de los testigos.

Colgado de un gancho

El testigo contó que desde el 12 de agosto, permaneció solo “encerrado en un sótano donde las ratas me venían a disputar la comida”. De día lo colgaban de un gancho y lo golpeaban hasta desfallecer. “Uno hacía de bueno, me daba un cigarrillo y el otro venia y me golpeaba porque tenía el cigarrillo”.

“Lo que les interesaba (a los represores) era un palo verde que le querían sacar a Rubén”, dijo en referencia a los imputados  Barreiro, Villanueva, y Díaz y agregó a un tal Berd y otras personas que no están imputadas en este juicio.

“Yo escuchaba los alaridos de Rubén creo que fueron unos 10 días y se paró todo. No sé qué día era pero me parece que fue cuando lo mataron, antes del 22 de agosto”, señala.

Aclaró que lo golpeaban pero que no le aplicaron picana como a Rubén. En otro tramo recordó que “Un día, apareció un individuo y me dijo: vos te vas a salvar porque el único archivo que tenemos es de la marina porque te rebelaste durante el servicio militar”.

“A los 10 días, trajeron a la noche a una persona que estaba destrozada. Balbuceaba. No podía saber quién era, y era Teobaldo Cavigliaso (secuestrado  el 22 de agosto). Estuvo un par de días lamentándose toda la noche. Al otro día lo llevaron y lo conozco recién en la UP1, estábamos en el mismo pabellón y me entero de algunos pormenores”, aseguró.

Al D2 de Mariano Moreno

“A los tres días, me sacaron y recuerdo que había unos escalones y me llevaron a la D2 que estaba en calle Mariano Moreno” donde personal miliar se lo entregó a la policía que se encontraba en el lugar. “Allí me reciben y me mandan a un sótano grande de cemento. Estoy como dos días y al tercero o cuarto me dicen que  me van a afeitar. La que lo  hace es una mujer (temible por sus métodos) que le decían la Tía (Pereyra) o la Cuca Antón.  Agregó  que estuvo esposado y vendado y que los interrogadores  eran policías uniformados.

Días posteriores “un gordito me saca las esposas subimos a un Fiat 128 y este individuo saca la pistola y la deja en la gaveta del auto”. Luego, lo llevaron a la penitenciaría de Barrio San Martín donde permaneció incomunicado en una celda individual soldada de 80 cm por un metro.

Más adelante comenzó a recibir visitas en el pabellón de hombres de la UP1 hasta septiembre de 1980.

Consejo de guerra

Durante el cautiverio lo sometieron a un Consejo de Guerra  en el Tercer Cuerpo y  en Buenos Aires. “El Tribunal Oral Federal me citó y lo trajeron a (Miguel Ángel) Puga y al secretario (Luis) Rueda quienes me tomaron declaración. Tiempo después me dieron la libertad por falta de mérito”, expresó. Los llevaban en un celular donde esperaban horas y les leían los cargos. Lo defendía un Teniente y el delito asignado era asociación ilícita por que le  habían encontrado unos libros de marxismo. El que hacía de fiscal cuando finalizó la audiencia se acercó a felicitarlo por la absolución. “No le di la mano”, le contó, con orgullo al Tribunal.

Contó que durante el interrogatorio les pegaban a mansalva pidiendo nombres. Insistían con  el dinero que supuestamente había venido de Buenos Aires.  “Esas sesiones eran violentas y en dos oportunidades, de rodillas, me gatillaron en falso y el Príncipe (Villanueva) me dijo: no nos llega la orden (de matarlo)”. Convencido, manifestó: “Creo que a Rubén lo mataron por el palo verde”,

También evocó que lo seguían cuando iba a trabajar en el estudio de arquitectura de Miguel Ángel Roca quien dio buenas referencias sobre él pese a que tenían diferencias ideológicas. Cuando llegó la democracia “pude leer y atar cabos” sobre varias situaciones, expresó. Rememoró luego que mientras estaba preso “tenía un hijo  enfermo de cáncer; y que a las 8 lo llevaban  a una clínica ubicada en la calle Chacabuco y lo traían  tipo 18. Mi hijo se salvó”, comentó.

Al retirarse dela sala agradeció haber sido escuchado.  Y fue aplaudido por los asistentes.

El segundo testigo fue  Silvio Octavio Viotti (61) de profesión farmacéutico. Contó al inicio que lo conoció a Teo Cavigliasso porque estaba averiguando qué pasó con “la quinta nuestra” apropiada por los militares cuando desparecen a Gavaldá, Mogilner y Vijande en 1977. “MI papá fue  secuestrado junto a mi hermano de 11 y yo de 16”, recordó el denunciante.

El padre, Silvio Octavio Viotti fue llevado a la UP1 donde los interrogadores le dijeron que “tenía que hacer una escritura”. Luego lo llevan a La Perla chica y se apropian del predio. Concretamente los obligan a transferir la propiedad “porque era de la subversión”. Su madre presentó un reclamo de puño y letra donde pide que se la devuelvan y le contestan que no.

También recordó que Teresa Meschiati, sobreviviente del campo de concentración La Perla, le contó que uno de los represores Vega (Vergara)  había deslizado con sorna”mira lo que quieren estos”. También le comentó que Villanueva (a)  El Principito había dicho que las víctimas eran “montoneros”.

“Mi padre quería irse a Italia como sea. A través de un familiar, el coronel Álvarez de Oro me visita dos o tres veces y me dice que para eso tenía que entregarle La Quinta”. La operación se hace en 1982 en una escribanía y el comprador fue Karadián. Entonces “A mi papá le iban a dar el cese del PEN”, señaló. Años después se vinculó con el área de investigación de H.I.J.O.S y se contactó con Teo  Cavigliasso quien le contó los hechos que hoy se están ventilando en Tribunales. Fue así que hace la denuncia ante la fiscala López de Filuñok.

Viotti expresó que desde lo personal a modo de conjetura piensa que este lugar fue el último centro clandestino y que no descarta que habrían estado en el lugar víctimas de la contraofensiva montonera.

Definió a la casa apropiada por el ejército  como “muy linda” que tenía una represa y plantaciones. “Era de los Escuti. Tenía un aljibe que se recargaba a través de un camión cisterna. Un sótano de dimensiones amplias donde se ponían a madurar los chorizos. Un galpón y un departamentito donde estábamos nosotros, una  camioneta Chevrolet, un tractor, herramientas y árboles frutales como durazno, damasco y entre medio frutilla y hortalizas”. Añadió que tenía “piso de adoquines de algarrobo lustrado” que se los robaron y aparecieron en Barrio Juniors en el domicilio de  un represor condenado (Oreste Valentín)  Padován. La última vez que visitó la casa fue en 1982 y “ya estaba destruida”, dijo el denunciante que se contactó con vecinos de la zona pero no se animó a entrar al sótano porque podría venir alguna custodia del Liceo Militar.

Cavigliaso le contó que no eran tres sino cinco los que estaban en el lugar. La teoría de Viotti es que por ahí pasó más gente. Teo visitó el lugar junto a Stella Mari y ella  lo contó en la audiencia anterior. También le dijo que “a Rubén lo mataron y que se comentaba que se les fue de las manos”. Después se conectó con la hija de Teo que estudiaba farmacia.

La próxima audiencia se realizará el próximo martes 21 de marzo a las 14:30. El juicio es oral y público. Concurrir con el DNI.

*Periodista. Agencia Prensared. Foto principal  Pablo Becerra APM.

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