“Hace 44 años que estoy buscando la verdad, saber qué pasó con Hugo, qué le hicieron, cuándo lo mataron”

Este miércoles  en la sala de audiencias del TOF 1 declararon Mónica Solodky (por videoconferencia) y Claudio Esteban Torres, Carlos David Torres y Horacio Sosa en modo presencial (Causa Diedrich Herrera).

Por Katy García*

Durante la sexta audiencia del juicio que afrontan 18 represores entre militares y policías, declararon tres familiares directos y un amigo de las víctimas Hugo Eduardo Donemberg, Gustavo Daniel Torres y Miguel Angel Arias, secuestrados y desaparecidos en La Perla.

Casa marcada

Mónica Sandra Solodky viuda de Hugo Eduardo Donemberg, secuestrado el 29 de abril de 1976, del departamento que compartían en un edificio de Avenida Colón 1880, declaró ante el Tribunal presidido por Carolina Prado. Lo hizo por videoconferencia desde Israel.

Hugo y Mónica estaban casados desde 1974, eran estudiantes universitarios, trabajaban  y militaban en Izquierda Argentina. “Era una hermosa persona: inteligente, buen mozo, tenía un lindo humor, era optimista, intelectual”, dice la testigo, que al momento de los hechos estaba embarazada de nueve meses.

El 24 de marzo, debido a la ola persecutoria deciden irse de la casa. Temían que estuviera “marcada”. Durante el día deambulaban en la calle y por la noche dormían en diferentes casas.

El secuestro

La noche del 28, no tenían adonde ir y regresan al departamento del quinto piso. A la madrugada -dos o tres de la mañana sienten ruidos- él se levanta porque golpeaban la puerta. “Salgo del dormitorio y veo que entra esta gente y me dicen vos volvé a tu cuarto”. Mientras, le ordenan a Hugo  que se vista y lleve una manta. Le hicieron dejar el reloj y el anillo. Cuando se despidió le dijo “aquí está Darío” y ella entendió que le estaba advirtiendo la presencia de esa persona.

Se levantó, tomó la valijita con la ropa del bebe y se fue a la casa de sus padres. Al bajar, se encuentra con Víctor, el portero, quien le  cuenta que cuando abrió la puerta del edificio la zona estaba cercada con tres autos Falcon y 14 personas vestidas de civil y observó que Hugo iba “con los ojos vendados, con una naranja en la boca (que sacaron de la casa) y con las manos atadas”. Le dijeron que “habían encontrado en la casa 20 kg de dinamita, lo cual no era cierto”. Tomó un taxi, llegó  a la casa paterna pensando que la seguían. Les contó lo sucedido. Se comunicaron de inmediato con la familia de su esposo quienes empezaron a tomar contacto con abogados y conocidos para saber de él.

Exilio y  parto

“El 2 de mayo, mi papá decide que era peligroso que siga en Córdoba ya que el parto iba a producirse en cualquier momento y  había que sacarme del país por mi seguridad y la del niño”, evoca. Hicieron los trámites necesarios y el 8 de mayo partió rumbo a Israel donde la esperaban sus tres hermanas. A los seis días de haber llegado al país, sin conocer el idioma, los dolores y las contradicciones eran muy fuertes pero “me decía: no puedo gritar porque Hugo  está pasando torturas”.

“El 14 de mayo nació nuestro hijo fruto del amor que hoy tiene 44 años. Una persona muy parecida a Hugo en los gestos, la mirada, los modales. Increíble, porque nunca lo vio”, dice, y se emociona. Su hijo vive en Estados Unidos, está casado y tiene tres hijas. Las nietas, conocen la historia y ahora están viendo la transmisión.

44 años

El 21 de mayo, allanan la casa de sus padres. Personal militar con una orden  ingresó a la casa. Piden la libreta de familia y tras hojearla preguntan por ella y les informan que estaba en Israel.

En 1978, cerraron los negocios, vendieron la casa del Cerro de las Rosas y se fueron a Israel. Quien compró la casa era militar. “Mi papá sin miedo pero con preocupación y dolor le cuenta lo que pasó con Hugo y le pide si puede hacer algo. No averiguó nada, lo extorsionó y no hizo el último pago. Este Señor militar se quedó con ese dinero”.

“Hace 44 años que me cambiaron el plan de mi vida, me quitaron los sueños, de Hugo y míos. Queríamos una sociedad mejor y derechos humanos porque estábamos viviendo con mucho miedo (…) Hace 44 años que estoy buscando la verdad, saber qué pasó con Hugo, qué le hicieron, cuando lo mataron”,  reclama,  contundente.

Regreso con miedo

En 1985, con su hijo, la nueva pareja y dos hijos de ambos, volvió a la Argentina “mi país, donde están mis raíces, mi historia, mi formación, pero sigo teniendo miedo”. Fue con la familia al edificio donde vivió. Víctor había fallecido. Pero pudo hablar con una vecina que recordó lo que pasó en 1976.

En 2013, volvió para declarar y se contactó  con la sobreviviente del campo La Perla, Cecilia Sussara, a quien le preguntó “si había visto a un chico judío, de grandes entradas y ojos claros”. Le dijo que “creía que sí, que era quien “murió estaqueado en el sol”. Fue la primera vez que escuchó  algo tan fuerte y doloroso.

“Pero no sé todo. Quiero saber qué pasó con él. No puedo creer que no haya registros con las barbaridades, los crímenes, las torturas, que hicieron con tanta gente. Todos queremos saber. Quiero que su hijo y sus nietas, tengan un lugar donde honrarlo, y hablarle”, le dice al Tribunas y las partes.

“Buscamos Justicia, saber qué pasó con nuestros seres queridos, con  30 mil que tenían nombres, sueños y que fueron secuestrados, torturados y desaparecidos; arrojados desde aviones, enterrados en fosas comunes…les pido Justicia a ustedes , les pido que me ayuden a encontrar la verdad”, expresó antes de despedirse.

El ruido de sus talones  

Claudio Esteban Torres declaró como testigo del secuestro de su hermano Gustavo Daniel Torres alumno del Colegio Universitario  Manuel Belgrano. Participaba en el centro de estudiantes y militaba en la Juventud Guevarista y luego en el ERP.

El 11 de mayo de 1976 se encontraban en la casa: sus padres y abuelos paternos, y ellos  Claudio (14), Gustavo (16) y Carlos (17).  Vivían en una casa estilo chorizo, en Alta Córdoba.  A  la madrugada escuchó que pateaban  la puerta del dormitorio de los padres de forma  violenta para luego ingresar a la pieza contigua donde  estaban durmiendo. “Nos exigen que nos pongamos boca abajo, había ruidos,  y escucho -hace una pausa porque no puede seguir hablando, bebe agua, y al cabo de unos minutos retoma el relato-, escucho que le preguntan qué hacía ahí. Y que él les responde, con voz exigida, tengo derecho a estar en mi patio”.

Le quedó grabado el ruido de sus talones que golpeteaban en el piso “que iba descalzo y se lo llevaban como corriendo por ese pasillo”.  Antes de retirarse uno  de los secuestradores  tomó los zapatos de su otro hermano y y les recomendó que esperaran uno 40 minutos antes de moverse.

De la JG al ERP

En 1975 su hermano  dejó de ir a la escuela porque  crecía la inseguridad y la persecución. Antes, participaba en reuniones y asambleas en el centro de estudiantes. En ese tiempo reinaba el  interventor Tránsito Rigatuso que mantenía con los alumnos “una relación pésima;  se  vivía  un clima desagradable, y se decía que había guardias en la puerta y preceptores armados”. Entre ellos, citó a Zanón y a “El Chino” Segovia.

Tras un allanamiento anterior los padres lo habían enviado a Santa Fe por una semana y regresó justo el día del secuestro. “Tomo conciencia de la situación cuando recuerdo que me había contado que se pasó de la Juventud Guevarista al Ejército Revolucionario del Pueblo”, dijo, conmovido.

El terror

Al tiempo, Jorge González, amigo de su hermano Carlos, les dijo que lo había visto el día en que lo secuestran. El juez Díaz Gavier le preguntó qué más supo sobre el operativo.  Contestó que “en 1983 se presentó en mi casa una persona que dijo llamarse  Masera que -según le comentó la madre- había estado afuera como policía militar la noche que lo llevan.

“El terror nos acompañó por mucho tiempo. Yo, particularmente, sentí una especie de aislamiento psicológico como si viviera en otro lugar, como un escape, una negación”. (…) “Fue un crack en la cabeza de nuestra familia. Seguí yendo al colegio pero empecé a sentir mucho temor. Me sentía solo y dejé a pesar de que esa escuela era mi segunda casa”, resumió de este modo el impacto que les provocó la desaparición.

¡Abran, Policía!

Carlos David Torres, el  hermano mayor de Gustavo, antes de relatar los hechos describió el clima de violencia previo que surge a partir del Navarrazo y que se profundiza con el grupo denominado  Comandos Libertadores de América versión local de la Triple A. Contó que su hermano era delegado del curso que se había afiliado al Partido Comunista y que tras una conversación con él se pasó a la Juventud Guevarista.

El relato de Carlos coincide con lo que declaró antes su hermano Claudio. “Ingresan con violencia golpeando las cuatro puertas a patadas al grito de: ¡Abran, Policía! De inmediato se acordó que Gustavo le había dicho que si venían a buscarlo le avisara para escapar. “Le aviso y trato  de levantarme y cubrir su salida pero no puedo”. Entre el grupo distinguió a un  hombre con un camperón con capucha, pañuelo y  anteojos de armazón que “parecía ser quien mandaba”.

Le indicó que se quede boca bajo y “mira una cama vacía y dice aquí falta alguien. Salen a buscar, se corta la luz,  y en oscuras escuchó que su mamá les gritaba: qué quieren, son el diablo”. Como no se callaba, le pegaron al padre.

Luego escuchó a su hermano, asustado, que les dice “¿Acaso no tengo derecho de estar en mi casa, a la hora que quiero?”.

Cuando se van “Mi mamá me pregunta si estábamos bien. Le digo que sí pero que faltaba Gustavo”.

El operativo fue rápido pero tuvieron tiempo para robarles “ropa dinero, grabadores, casetes, herramientas, elementos de pesca” y también para consumir alimentos y una torta que la mamá había preparado para celebrar el regreso de Gustavo de Venado Tuerto, y su vuelta al Monserrat a cursar sexto año.

La búsqueda

El testigo dijo que la búsqueda fue encarada por el padre porque a la mamá le faltaba una pierna a causa de un sarcoma. En ese camino visitaron a un militar aeronáutico, viajaron a Buenos Aires, la Iglesia metodista a la que pertenecía su padre hizo gestiones,  y así las denuncias ante la comisaría y la Cruz Roja, entre otras.

“No supimos nada hasta que una semana después” cuando se contacta con Jorge Gonzáles un compañero del Monserrat por otros motivos le pregunta qué pasó con Gustavo y le cuenta que había sido  secuestrado de su casa donde vivía con la madre en la esquina de La Cañada y San Juan. Le contó que lo interrogaron durante seis horas y que le pidieron un arma que era de Gustavo. Cuando fue a buscarla al depósito “pudo ver que lo llevaban” y que después fue liberado en la zona de la Fuerza Aérea.

En 1983, cerca de las elecciones los visitó César Masera diciendo que quería saber qué pasó con Gustavo. Habló con el padre y le manifestó que en aquel momento “estaba haciendo la conscripción como apoyatura externa y que necesitaba saber si había vuelto porque no podía dormir”. Pese a buscarlo no lo pudieron contactar y se enteraron que ya murió.

Carlos consideró que las secuelas que dejó la desaparición de su hermano fueron “múltiples” y emocionalmente “inmensas”.

El padre trabajaba en IKA Renault pero renunció para continuar con la búsqueda y hacía otros trabajos. La madre se puso a vender tortas por encargo para  mantener la familia.

Tenían diferentes expectativas acerca de cuál fue el destino final: “Mi mama, con mucha esperanza, pensaba que estaban presos e incomunicados y que iban a salir libres en democracia” pero  esa idea muy pronto se desmoronó. “Yo tenía la idea de que cada minuto que pasaba no lo iba a ver más. Por eso nos costaba decir lo que sentíamos”.

“Gustavo era una persona muy especial, con un alto coeficiente intelectual, le gustaba la ciencia y la investigación y era un gran músico y lutier. Una persona absolutamente solidaria, responsable y decidida, con mucha capacidad de intervenir”, lo describe y agrega que supo asumir “la responsabilidad militante de no abandonar la lucha más allá del miedo”.

Antes de retirarse le dijo al Tribunal que para llegar a esta instancia tuvieron que pasar 44 años casi tres veces la edad del joven. Opinó que la demora en parte fue porque la democracia era “débil” a lo que se sumó actitud de los carapintada “y de Guillermo (a) Nabo Barreiro de no presentarse ante la justicia que retrasó 30 años el proceso”. Antes de retirarse agradeció al Tribunal y también a los defensores porque su hermano no tuvo esa oportunidad”.

Un ser especial y uno más a la vez

El cuarto testigo fue el músico José Horacio Sosa citado porque durante la audiencia fue mencionado por la familia Arias por  la desaparición de Coqui Arias

El testigo explicó a grandes rasgos que su vinculación con Miguel Ángel Coqui Arias viene de los años sesenta cuando se cruzaron en la primaria pero que el vínculo se fue consolidando en la secundaria. Ambos tocaban la guitarra y habían tomado clases con el profesor Quevedo y “compartíamos la música de la época del rock nacional y Coqui se había enamorado de la música de León Gieco”.

Valoró que en aquella época la política era central y que la idea de “revolución” estaba planteada hacia el interior de todos los ámbitos en los que uno se relacionaba, hacia fuera, y hacía dentro de las personas”. Precisó que recibían influencias de otros grupos donde había estudiantes más grandes como el Grupo Comunidad con quienes se juntaban a ensayar en una casa cerca del Club Universitario en barrio Obrero. Allí conoció a Luis Leiva que vivía enfrente de la “U” y a su barra de amigos que vivían entre Vieytes y Santa Ana. “Estudiaba cine, trabajaba con su padre en una casa de fotografía, y militaba en la Juventud Peronista”, afirmó.

Estaba en todas partes

Expresó que la política “no solo estaba planteada en términos de militancia sino que estaba en todos lados, en la escuela y en el barrio…”.  Se refirió al cuerpo de delegados que armaron con Coqui “como una iniciativa de la época” para tomar “acciones concretas”.

Repasó algunos hechos históricos vividos en los setenta que fueron la antesala  de “todo tipo de atropellos que de alguna manera prefiguraron lo que vendría que fue peor”.

En 1975, terminaron la secundaria. “Teníamos muy claro que íbamos a estudiar historia los dos; fue un año caótico donde casi no hubo clases”. Pero en febrero de 1976 se presentó a rendir una materia libre y aprobó. También acompañó como guitarrista al cantante Ica Novo. Pero tras el Golpe “todo cambió”.

Un mes antes del  secuestro, el 29 de mayo – Día del Ejercito y del Cordobazo- fueron con Coqui a realizar un trámite al Pabellón Residencial de Filosofía que era “un cuartel, lleno de militares. Al mes, el 29 de junio, alguien le dijo “se lo llevaron al Coqui”.

A partir de ahí se instala “una historia de  ausencia/ presencia de Coqui y todos los que vinieron después, con nombre y apellido”.

“Era un ser muy especial y uno más a la vez. Se distinguía pero nunca se desmarcaba. Le gustaba el fútbol, hincha perro de  Talleres, y nos contagió su amor por el club de barrio jardín”, rememoró.

Un ser brillante

Habló  también del  colegio confesional Nuestra Señora de Loreto y las actividades de extensión a la comunidad y a los barrios carenciados promovidas por curas tercermundistas como Carlos Ponce de León y el cura Miguel imbuidos “de la Teoría de la liberación, del pensamiento de  Paulo Freire, de Helder Cámara y todo lo que poblaba esos días”. Destacó que ellos que eran hijos de trabajadores pero que ayudaban a los que menos tenían.

En ese contexto aparece en el Cuerpo de delegados que es el preceptor Luis Soulier “un ser brillante. No puedo creer q hayan llevado gente así -lo dice y se emociona- su manera de hablar y de comunicarse para orientarnos, un hombre de mucha capacidad y sensibilidad. Fue un honor conocer a esta persona que militaba en el  Sindicato de Educadores Particulares de Córdoba (Sepac.)

Como si hubiera sido ayer

“Han pasado 44 años y como dice la canción no son nada pero el dolor se vive como si hubiera sido ayer”, expresó, desde el hoy.

Orosz le preguntó qué opina acerca de cómo eran vistos por los demás y porqué cree que fueron desaparecidos. Dijo que “Había gente que lo veía con buenos ojos pero también estaban los que no lo veía bien”. Recordó que un sector social celebró la llegada del 24 de marzo.  Y señaló que los desaparecieron porque “Significaban un peligro para ciertos intereses. No lo puedo ver de otra manera”.

“Paso mucho tiempo y la vida me dio la posibilidad de decir lo que dije y es que haya justicia. Es lo único que espero”, dijo antes de retirarse del recinto.

El próximo miércoles 21 de octubre continuará el debate con la recepción de más testimonios.

*Agencia Prensared | Imagen ilustrativa de archivo

www.prensared.org.ar

 

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