Reflexiones en torno a la conmemoración del 50 aniversario del martirio del obispo de los pobres. La persistencia de las comunidades cristianas y organizaciones populares, el proyecto pastoral, el reclamo judicial y el Juicio.
Por Luis Miguel Baronetto*
La conmemoración del 50 aniversario del martirio de Mons. Angelelli nos moviliza a reflexiones que deberían ayudarnos en el tramo histórico que estamos viviendo. Especialmente para desentrañar criterios fundamentales en la elaboración y construcción de proyectos populares desde sus realidades, enraizados en su cultura, buceando en sus memorias las experiencias de participación y lucha, con aciertos y errores. Algunas particularidades de la memoria del obispo Enrique Angelelli, siempre en proceso de recuperación, puede contribuir en este sentido.
La persistencia de comunidades cristianas y organizaciones populares, no abundantes en número, en las conmemoraciones anuales del martirio y otras actividades vinculadas impidieron que se consolidara la versión del “accidente de tránsito fortuito”; y que después de 38 años un tribunal de la democracia pudiese determinar que había sido planificado y provocado causando el crimen el 4 de agosto de 1976.
En la memoria martirial siempre estuvo el reclamo judicial de la investigación del homicidio. Pero enfatizando la reivindicación de su vida al servicio de los pobres. Movilizó más el testimonio ejemplar de su vida en los largos años de compromiso junto al pueblo, desde su identidad cristiana y episcopal, que el instante trágico de su muerte provocada, consecuencia inevitable por la coherencia con sus convicciones y opciones de vida.
A diferencia de otros procesos judiciales por delitos de lesa humanidad donde las violaciones a los derechos humanos se centraron en el relato de los padecimientos de las víctimas; en el de Mons. Angelelli prevaleció el proyecto pastoral puesto en marcha, fomentando la organización comunitaria. Esto no implicó negar el carácter de “víctima” de un delito penal que la ley debía sancionar; sino acentuar la perspectiva antropológica – y religiosa en este caso – donde el destino individual está ligado al de la comunidad. Y en esta construcción histórica de la justicia la disputa entre dos proyectos – individuales y colectivos – diametralmente opuestos. Aquí reside la razón esencial del crimen, que debía planificarse para que no quedaran evidencias. Disimularlo como accidente de tránsito en una solitaria ruta riojana en plena siesta invernal aparentemente aseguraba la impunidad. Matar a un obispo católico en una Argentina católica, y en una provincia con profunda tradición religiosa, no podía hacerse de otro modo.
Las circunstancias del “accidente provocado” fueron probadas con las declaraciones del único testigo sobreviviente, las de quienes lo asistieron en el primer momento, las autopsias y las pericias médicas y mecánicas, entre otras actuaciones. Pero fueron sustanciales como parte “del cuadro probatorio las amenazas y persecuciones previas a las que fueron sometidos Angelelli y los integrantes de la Diócesis con motivo de la acción pastoral desarrollada en general y, en particular, por la investigación llevada a cabo por el Obispo sobre el crimen de los sacerdotes de Chamical”. (Sentencia Judicial, p.342).
Al detenerse en los móviles del crimen los jueces mencionaron en primer lugar “la relevancia que tenía para el poder militar la Pastoral de la Iglesia Riojana que desarrollaba Enrique Angelelli”. (p. 132). Había que eliminar al obispo, que dinamizaba el proceso; pero especialmente, con eso y el terror dominante, anular cualquier posibilidad de continuidad de un proyecto encaminado a la liberación.
El proyecto de la pastoral diocesana, elaborado en las sucesivas jornadas con amplia participación de sacerdotes, religiosas y laicos, de creyentes y no creyentes, que analizaba y asumía la realidad riojana, fue enunciado primero como denuncia profética de las injusticias provocando reacciones adversas de los poderosos y autoridades militares de esos primeros años.
Pero se tornó peligroso cuando de las palabras se pasó a las acciones; y se fueron formando cooperativas de trabajo, de consumo, de comercialización de los productos, sindicatos, centros vecinales y otras formas organizativas, que además de ampliar la participación popular afectaba intereses concretos de los que concentraban la explotación de la mano de obra y la compra de la producción de la nuez, la aceituna o la vid a bajo precio. Si a toda esta actividad comunitaria, diseminada en la geografía riojana, se le agrega que estaba motivada en la fe cristiana del 92 % de la población expresada en su religiosidad popular, el proyecto de liberación integral que el obispo reiteraba en sus homilías de las misas radiales, debía ser el objetivo principal a eliminar. Y debía empezarse por el obispo diocesano, considerado por los militares, cabeza de la subversión en La Rioja.
“La Diócesis riojana – encabezada firmemente por la visión humanizante, de compromiso social junto a los pobres y auténticamente cristiana de Angelelli – conmovió, a partir de 1968, a una provincia marcada por grandes diferencias sociales, sectores rurales y poblaciones de extrema vulnerabilidad socio-económica. Ello ocasionó prontamente reacciones dentro de sectores de poder, quienes comenzaron a atacar, rechazar y marginar la postura de la Diócesis, iniciando además campañas difamatorias.” (p. 161).
Otra particularidad de este juicio fue que los testigos no relataron secuestros, torturas y asesinatos; sino experiencias comunitarias de participación en la lucha contra las injusticias y por la dignidad de la vida. Y fueron considerados “testigos directos” porque como miembros activos de la pastoral diocesana, padecieron persecuciones, amenazas, encarcelamientos, allanamientos, intimidaciones, requisas, interrogatorios, etc..-
“Es pertinente expresar – dijo el Tribunal – que la cantidad y calidad de testimonios colectados en el caso de marras resultan en un todo verosímiles, contestes y concluyentes para tener por acreditado que la Pastoral de Monseñor Enrique Angelelli fue la desencadenante del hostigamiento, persecución, detenciones arbitrarias, requisas indiscriminadas, a todos los miembros de la Diócesis como a los laicos comprometidos con su misión”. (p. 154).
Abonaron la reconstrucción de la memoria colectiva los testimonios que fundamentaron las investigaciones judiciales. Pero también los relatos en las actividades conmemorativas en los aniversarios del martirio. Unos y otros pusieron en el tapete la pastoral diocesana, promovida por el obispo y asumida por comunidades y organizaciones que se sintieron convocadas por un proyecto pastoral, desde su misma elaboración. La ejecución de ese proyecto se constituyó en peligroso para los intereses de las minorías que concentraban los poderes económicos y políticos; y que se sirvieron del brazo armado militar legitimado por las cúpulas episcopales como “defensores de la civilización occidental y cristiana”.
“Cuando una Iglesia es fiel a su misión confiada por Cristo, debe ser perseguida y ser signo de contradicción.” (Misa Radial, 25 de agosto de 1974). Proyecto “con y desde el Pueblo” repetía el Obispo asumiendo lo definido por el episcopado argentino en el documento “Pastoral Popular”, de mayo de 1969.
Proyecto irrealizable como exclusiva acción individual. Con el liderazgo de Mons. Angelelli se sintieron movilizadas esas mayorías invisibilizadas que volvían a recuperar su voz y su escenario social. Un proyecto comunitario se concretaba transformando realidades de injusticias. Lo que demostraba no sólo que era posible recuperar derechos, sino que la forma de hacerlo era participando en las instancias organizativas que se promovían. Instancias locales que a su vez debían articularse para mayor eficacia de las acciones planificadas. Fue la “pastoral de conjunto”, y la “corresponsabilidad” como metodología participativa.
Al maniobrar para robarle la muerte martirial, donde colaboró con su silencio la cúpula eclesiástica de la época, y al prolongarse en el tiempo epítetos y clasificaciones ideológicas que le fueron ajenas, se pretendió anular, o reducir al menos, la eficacia de un testimonio coherente y fiel al Evangelio y al Pueblo. Aquellas intensas campañas difamatorias abonaron el camino del crimen, pero además establecieron las sospechas que apuntaron a minarle la credibilidad como Obispo de la Iglesia, con el objetivo de desalentar y aniquilar la ejecución de un proyecto de pueblo, arraigado en su fe, su cultura y su historia.
El testimonio evangelizador de este obispo mártir ha trascendido las estructuras eclesiásticas, y se ha extendido en otras organizaciones de la sociedad que se sienten fortalecidas con su vocación de servicio y entrega generosa.
Borrar o tergiversar la historia de los pobres es una de las formas con que el poder dominante obliga a comenzarla de nuevo, como si la historia de la explotación y las luchas emancipadoras recién empezaran. La ausencia de memorias de la conciencia de derechos y de las experiencias de luchas implica reiniciar el camino desde cero.
La memoria del proyecto pastoral de Mons. Angelelli, con su rica historia comunitaria, contribuirá a redescubrir el proyecto de vida y dignidad para todos y todas, dinamizando el compromiso de quienes optan por los pobres. Sin copiar ni repetir. Recreando a partir de las nuevas realidades y aprendiendo de las experiencias cercanas, alentados por las convicciones de las primeras comunidades que vivieron el mensaje de Cristo resucitado, y sustentados en las memorias capaces de contribuir a sumar los aciertos y evitar los errores.
“¿Saben? Lo aprendí junto al silencio…
Dios es trino y es uno,
Es vida de Tres y un encuentro…
aquí la historia es camino
y el hombre siempre un proyecto”. (Enrique Angelelli).
*Director de la Revista Tiempo Latinoamericano. Biógrafo de Enrique Angelelli. Foto: Contra editorial.
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