Del capitalismo al tecnofeudalismo. Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, considerado uno de los inversores más poderosos de Silicon Valley, entre otros, propone “imponer una nueva arquitectura de poder al margen de las instituciones democráticas”. Reflexiones en torno al nuevo paradigma tecnofeudal.
Por Álvaro Ruiz Moreno*
La avanzada tecnolibertaria que pretende reemplazar la ciudadanía por algoritmos no es progreso: es regresión. Frente a los discursos que proclaman el “fin de la democracia”, es urgente reivindicar el Estado social de derecho, las libertades públicas y la igualdad política como pilares irrenunciables.
La visita de Peter Thiel volvió a encender una alarma que no debe pasar inadvertida: la pretensión de ciertos gurúes tecnológicos de imponer una nueva arquitectura de poder al margen de las instituciones democráticas. En su narrativa, la democracia sería un experimento agotado y los magnates de Silicon Valley, los herederos naturales del mando. Pero detrás de esa seducción futurista se esconde un proyecto profundamente autoritario.
La crítica de Thiel al voto universal y al Estado de bienestar no es una discusión intelectual, sino un intento de deslegitimar la idea misma de igualdad política. Propone reemplazar el principio “una persona, un voto” por un orden donde el control del dato vale más que la voluntad ciudadana. Ese es el corazón del tecnofeudalismo: un poder sin contrapoder, un dominio sin responsabilidad pública.
Frente a esa lógica, la democracia resiste porque sigue siendo la única forma de gobierno que reconoce el libre albedrío humano como fundamento de la vida colectiva. Es el único sistema que parte de una certeza: nadie tiene derecho a decidir por encima de los demás por ser más rico, más famoso o más inteligente. Y mucho menos por manejar más datos.
El Estado social de derecho no es un obstáculo para la libertad, sino su garante. Regula el mercado para que no devore derechos, equilibra desigualdades estructurales y protege a los más vulnerables para que la libertad no sea un privilegio de pocos, sino un derecho de todos. Sin reglas, sin controles, sin un Estado capaz de defender lo común, la libertad se convierte en mercancía.
La exaltación tecnolibertaria de la desregulación esconde un riesgo aún mayor: la normalización de la vigilancia masiva. Las plataformas que Thiel impulsa no son herramientas neutrales, son infraestructuras de control capaces de perfilar, clasificar y predecir comportamientos sin consentimiento democrático. No hay libertad posible bajo una lupa perpetua. La IA puede ser un instrumento de innovación, pero jamás puede convertirse en un sustituto de la voluntad popular ni en la excusa para supervisar cada gesto de la ciudadanía.
La democracia necesita modernizarse, no abdicar. Requiere más participación, más transparencia, más instituciones capaces de regular tecnologías y defender derechos digitales. No necesita “señores de los datos”, sino ciudadanos informados, empoderados y libres. El futuro no está escrito por las corporaciones: está escrito por pueblos que deciden su destino.
La Argentina debe evitar convertirse en un laboratorio de experimentos antidemocráticos disfrazados de eficiencia. La verdadera modernidad no es reducir al Estado hasta volverlo irrelevante, sino potenciarlo para que garantice derechos en un mundo digital complejo. La libertad no nace de la vigilancia: nace de la igualdad política, del debate público y de la capacidad de cada persona de elegir su propio camino.
En tiempos donde algunos proclaman el fin de la democracia, es imprescindible reafirmar su vigencia. No como un ritual del pasado, sino como el único horizonte donde la tecnología puede ser herramienta y no amo. Defender la democracia hoy es defender la dignidad humana, el derecho a decidir y el futuro de nuestras sociedades libres.
*Abogado y jardinero. Imagen ilustrativa Getty-Images, New York, Magazine.
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