El psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt reflexiona sobre la posibilidad de que las redes causen una epidemia de enfermedades mentales en los jóvenes.
Mercedes Peluffo*
La serie Adolescencia (2025) captó la atención de mucho más que los típicos seguidores de Netflix: psicólogos, sociólogos, periodistas, educadores, politólogos, filósofos empezaron a recomendar esta creación de Stephen Graham y Jack Thorne que relata la historia de Jamie, un chico de 13 años que es arrestado por haber asesinado a una compañera de su escuela. A partir de ahí, la serie se convierte en un drama psicológico y judicial que se desprende del típico policial, y trata de responder una pregunta mucho más profunda y dolorosa: ¿cómo y por qué un chico de esa edad llega a cometer un acto tan atroz?
Y aquí es donde podemos encontrar las respuestas y los disparadores en los que se apoyó la serie: un año antes de su lanzamiento, Jonathan Haidt publicó La generación ansiosa (Paidós, 2024), libro que se está instalando como un cuadro de época fundamental para comprender lo que está sucediendo con la llamada “generación z” (personas nacidas entre 1997 y 2012). Según Haidt, entre 2010 y 2015 la infancia sufrió una “gran reorganización”. Pasamos de una etapa basada en el juego libre en el mundo real a una infancia basada en los teléfonos inteligentes y las pantallas. Estas circunstancias se basan en el aumento de la criminalidad en las calles, secuestros infantiles, etcétera, y desde ya en la pandemia, que hizo de las redes sociales y lo virtual un salvavidas social y emocional en un momento en donde el otro se transformaba en un riesgo por más de que fuera un conocido.
Sucedieron dos cosas: la eliminación del juego libre, la exploración sin supervisión y la gestión de riesgos menores –elementos que el cerebro necesita para desarrollar resiliencia– y dejar que los chicos entren sin protección ni curación al mundo virtual, un entorno diseñado para adultos y optimizado para capturar su atención de forma adictiva. Recordemos que no hay forma efectiva de comprobar que un usuario de las aplicaciones de apuestas, redes sociales o páginas porno sea mayor de edad. El cerebro adolescente es sumamente plástico, hasta los 25 años continúa moldeándose ante su realidad. En este sentido, el psicólogo insiste en que las redes sociales no actúan como una herramienta que los chicos usan, sino como un entorno en el que habitan durante sus años formativos.
La investigación no se queda en una declaración de principios, se fundamenta con datos y gráficos que sostienen, principalmente, que los indicadores de depresión, ansiedad y autolesiones en adolescentes (especialmente en chicas) se mantuvieron estables o en descenso durante los años 2000, pero se dispararon abruptamente a partir de 2012, año en que los smartphones se volvieron masivos, las cámaras frontales se estandarizaron y las redes sociales introdujeron los botones de “like” y algoritmos de retención.
Por ejemplo: las internaciones por autolesiones en Estados Unidos aumentaron el 188 por ciento desde 2010 en el caso de las chicas y un 48 por ciento en el caso de los chicos. En 1991 el 60 por ciento de los niños/adolescentes de Estados Unidos quedaban a diario con sus amigos para tener planes. En 2017 el número bajó a casi el 30. En el caso de las chicas, pasó de 45 a 25 por ciento. Las hospitalizaciones por salud mental de mujeres jóvenes de 12 a 24 años en Australia aumentaron el 81 por ciento entre 2010 y 2020 y en el caso de los varones, el 51. En los países nórdicos se registró un alto crecimiento en niveles de angustias considerados trastornos psicológicos de 2010 a 2018: en chicas el 76 por ciento y en chicos el 51.
Estas son algunas cifras para ejemplificar el deterioro de la salud mental en distintas partes del mundo. La Argentina, lamentablemente, no tiene este tipo de estadísticas relevadas.
Más vulnerables
La “infancia basada en el teléfono” tiene como principales perjudicadas a las mujeres ya que el daño principal entró por las redes sociales basadas en la imagen (Instagram, TikTok). Esto exacerbó la comparación social, el ciberacoso y la obsesión por la aprobación visual, disparando los niveles de ansiedad y trastornos alimenticios. Sin embargo, también hay evidencias de depresión y ansiedad en los varones: el impacto se vio más en el aislamiento y el desinterés por el mundo, canalizado a través del consumo masivo de videojuegos, pornografía y la pérdida de espacios de socialización física.
Haidt sostiene que esto es un problema de acción colectiva. Por eso, propone cuatro reglas que escuelas y comunidades deben tomar de manera conjunta:
- No dar smartphones antes de la secundaria. Se sugieren teléfonos básicos (que solo llaman y mandan textos).
- No permitir redes sociales hasta los 16 años.
- Escuelas libres de teléfonos: guardar los celulares en lockers o bolsas cerradas durante toda la jornada escolar.
- Devolver el juego libre y la autonomía: fomentar que los chicos jueguen en la calle o vayan solos al colegio para recuperar la confianza y la independencia.
El libro invita a ser leído de principio a fin por padres, docentes y todos aquellos que sientan que algo se está quebrando en los lazos sociales: no solo en las infancias y adolescencias sino también en los adultos, que también sufrimos muchísimo deterioro de atención y tendemos al aislamiento emocional.
Las notificaciones constantes, el scroll y la gratificación instantánea destruyeron nuestra capacidad de concentración profunda. Además, sufrimos de “ceguera de atención” debido a nuestras propias pantallas. Cuando un padre o una madre está mirando el teléfono mientras está con su hijo corta interacciones visuales y verbales directas. Según el autor, los adultos nos volvimos peores modelos a seguir, modelando precisamente la conducta adictiva que después criticamos. Lo que pasa es que cuando los smartphones y las redes sociales explotaron, los adultos ya tenían la corteza prefrontal –la zona del cerebro encargada del control de impulsos, la identidad y la regulación emocional– completamente desarrollada, con amigos reales, un oficio o profesión y una identidad armada fuera de internet. Los adolescentes mudaron su vida entera a la pantalla mientras sus cerebros se estaban construyendo, lo que volvió el impacto muchísimo más devastador para ellos. En resumen, los adultos sufrimos una pérdida de productividad, atención y conexión presente, pero en los adolescentes el daño es estructural: altera su desarrollo social y emocional básico.
*Docente, investigadora y escritora argentina. Fuente: Caras y Caretas, la Revista de la Patria, dirigida por Felipe Pigna.
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