Si yo fuera Adorni, viviría como él

Afortunado en el juego y en el amor, el jefe de Gabinete fue bendecido con el cartón ganador de ese juego de azar, que algunos llaman vida, dice el autor. En tono irónico, analiza las andanzas del Jefe de Gabinete.

Por Ariel Basile*

Bailan las barriadas al ritmo de Manu Chao, porque si la vida es una tómbola, nada mejor que tener el cartón que alguna divinidad le cedió al jefe de Gabinete. Para colmo, el vocero vino a poner en crisis (como se dice ahora) el saber popular. Porque Adorni es afortunado en el juego y también en el amor. O, tal vez, sea esa excepción que confirma la regla. Siempre y cuando, claro, la vida sea una tómbola.

Vayamos por partes, porque si lo que dice Adorni es cierto —y en este espacio no tenemos por qué no creerle—, bien vale invertir en la estética personal, acumular propiedades o incluso darse el gusto (dudoso en cuanto a lo estético) de dotar a la piscina de una alegre cascada para sentir el chorro caer en la nuca, en la cervical, en la excalvicie y mirar al cielo para decir: “Gracias, Dios, soy un afortunado”.

Así como cualquier tipo que vemos en la feria con una bolsa puede haber ganado el PRODE o el Gordo de Navidad, un día el jefe de Gabinete, como quien no quiere la cosa, encontró un pendrive. Y resulta que ese pendrive no tenía fotos de las vacaciones 2018 en Villa Gesell, sino… ¡u$s500.000! Vaya suerte, diría un jefe de Estado. Los periodistas, los del 95% y los del 5%, si algo tienen en sus vidas son viejos pendrives. Con formas de autos, de corazones, de marcas de consumo masivo. Pendrives por todos lados, porque durante años, antes de que la nube permitiera difundir fácilmente “kits de prensa” con fotos y gacetillas, solían entregarse con esos pequeños dispositivos. En general, se regalaban a un familiar que necesitaba almacenar canciones para reproducir en el auto o incluso algún estudio médico. O se vaciaban y se llenaban de las fotos en Villa Gesell. O de Aruba, por qué no. Pero nadie, ni los del 95% ni los del 5%, encontró jamás un bitcoin, una fracción de bitcoin o una foto de un pagaré. Al menos que se sepa.

Pero el “Vaya suerte” que diría aquel jefe de Estado no se termina allí. ¿Quién acaso no tuvo una vecina jubilada? O más. Todos. Una anciana sola a la que a lo sumo se la ayudaba a cargar las bolsas de las compras o subir los escalones del rellano. Lo que es más difícil, acaso, es conocer jubiladas que amablemente presten u$s200.000, ¡y sin intereses! Tasa cero, de esas que cada tanto lanza alguna automotriz para vender autos en tiempos de vacas flacas o de excesiva competencia. Pero las vacas y los departamentos en Caballito no suelen relacionarse. Ni vacas flacas ni gordas. “Fue una operación entre amigos”, dijo Adorni. Pero las señoras, buenazas, dijeron que nunca en su vida lo habían visto. ¡Ah, quién pudiera hacer amigos tan fácil!

Supongamos que la tómbola metafórica haya sido creada a medida del jefe de Gabinete. Que la fortuna sea acumulativa y permita encontrar un pendrive y dos abuelas que aporten cientos de miles de dólares en una misma vida. Cualquier mortal se daría por satisfecho y tendría una historia que contar, echado en una reposera, a quien quiera escuchar. ¿Pero qué sucede si se añaden más azares, otra lluvia de dinero a una billetera (virtual o real) que parecía destinada a archivar más fotos carnet que billetes? Sí, puede pasar también. A Adorni le pasó, de hecho. Deambulando por un departamento heredado en La Plata, el buen hombre divisó un fajo. No eran facturas por pagar (o pagas) de agua, gas, luz o teléfono, como las que encontraría el grueso de los mortales. ¡Albricias! Eran, créase o no, dólares.

Pero acá sí tocó perder. O eso parecía. Porque resulta que el departamento tenía una hipoteca de u$s22.000. Sin embargo, quién no le hace un corte de manga a una hipoteca. Ese inmueble que se encuentra en el centro de la capital bonaerense tenía, como mínimo, hasta 2025, un pedido de ejecución hipotecaria que quedó expuesto en la causa iniciada en 2002 por Liliana Nora Brittánnico y Esther Vecchiola de Brittannico. De hecho, el jefe de Gabinete lo afirma en un viejo tuit, antes de la fama actual, cuando menciona una “hipoteca impaga”. Pero las acreedoras tenían, según el expediente, “desinterés” en cobrar. Y, claro, si tenían desinterés, para qué pagarles. En este mundo donde cualquiera es capaz de clavarle un puñal al prójimo por el vil metal, qué placer encontrar este tipo de criaturas, precapitalistas, desprendidas de lo material, cultoras del altruismo en su forma más pura. Y, quién pudiera, como Adorni, cruzarlas en el camino.

El resto son minucias. Un amigo que, por el solo hecho de honrar la amistad, destine parte de su magro salario de trabajador de medios a contratar un avión privado para que ese par doliente pueda viajar a Punta del Este sin pasar por largas colas del check in en Aeroparque o Ezeiza. ¿A quién no le pasó?

Hombre de suerte el jefe de Gabinete. Envidiable, tanto que algunos lo cuestionan. Pero si la vida es una tómbola, no todos ganan. La mayoría pierde. Y los abatidos seguro cantan, aunque más no sea para sus adentros: Si yo fuera Manuel Adorni, viviría como él.

*Jefe de redacción. Fuente Ámbito digital https://www.ambito.com/En la foto, Marcelo Grandío y Manuel Adorni. Web. 

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