Después de que la juventud ganara las calles de Francia contra la represión, la derecha francesa e internacional agitó el fantasma del «enemigo musulmán» y los «inmigrantes tercermundistas» para invisibilizar la violencia policial y el legítimo reclamo estudiantil.
Por Marlon Ettinger*
Tras las protestas y disturbios que sacudieron a Francia en las últimas semanas —a raíz de la escalada del movimiento social desencadenado por los bloqueos de estudiantes secundarios—, la derecha internacional respondió con un discurso abiertamente racista. Retratan las protestas como la obra de invasores musulmanes en una alianza traicionera con una izquierda armada desde arriba, cuyo único fin sería incendiar el país.
«¡Francia está en llamas!», reaccionó Donald Trump. «La inmigración de personas procedentes de un mundo totalmente distinto, con el odio en el corazón, ha destrozado a ese país que alguna vez fue grande. ¡Cierren sus fronteras y tomen el control antes de que sea demasiado tarde!».
«El progresismo occidental importó el Tercer Mundo a Francia y a otros países en nombre de la diversidad y la compasión. Ignoraron cuestiones fundamentales de asimilación y compatibilidad. Se les advirtió que esto pasaría y no escucharon», publicó el vicepresidente de Trump, J. D. Vance, en respuesta a un video en el que se veía el campanario del ayuntamiento de Limoges derrumbándose en llamas. «Rezo para que Francia, un hermoso país de gente increíble, detenga esta locura antes de que ardan más cosas que sus monumentos. Y espero que la sociedad estadounidense esté prestando atención. Este es el futuro que la bancada demócrata en el Congreso busca para nuestro país».
Esta narrativa ignora cualquiera de las demandas populares, como el costo de vida desbocado en Francia, un sistema educativo degradado y la legítima e irrefrenable rabia ante la violencia letal que la policía desató contra estudiantes de secundaria a principios de mes. Desde que comenzó el movimiento, la línea oficial de la reacción internacional ha consistido en sustituir esas exigencias por un resentimiento puramente racista y desconectado de la realidad.
«Lo que está sucediendo en Francia no es otra cosa que una migración masiva fuera de control», publicó Trump en una cuenta oficial del gobierno de la Casa Blanca a principios de mes, cuando el movimiento empezó a acaparar titulares globales. «¡Esto no es por las escuelas, se trata de que el islam quiere apoderarse de un país que alguna vez fue grande!».
«Europa abrió sus fronteras y no fue capaz de plantarse ante el islamismo radical», comentó entonces el senador por Texas Ted Cruz. «AOC, Mamdani, El-Sayed y Talarico quieren llevarnos en esa misma dirección».
«Debemos reconocer que las protestas a favor de Palestina son, en esencia, manifestaciones contra Occidente, y sus ambiciones van mucho más allá de erradicar a Israel desde el río hasta el mar», pontificó el multimillonario de fondos de cobertura Bill Ackman en respuesta a la presidenta de un think tank con sede en Berlín, quien describió un video de manifestantes coreando «Todos somos hijos de Gaza» como el inicio de una «revolución islámica en Europa».
«En Irán se tardó unos dos años en pasar de esta etapa al caos total y al establecimiento de la República Islámica», escribió esa presidenta, Maral Salmassi, al frente del Instituto Zera. «Vimos el mismo simbolismo, las mismas banderas y escuchamos exactamente los mismos lemas. Prepárense».
Fox News se hizo eco del tema desde el primer momento y lo amplificó al publicar, el 9 de octubre, un informe especial que buscaba deslegitimar al movimiento estudiantil presentándolo como una conspiración global entre comunistas e islamistas.
«Una red transnacional de 50 grupos se moviliza en torno a las protestas estudiantiles; solo un tercio son agrupaciones juveniles», rezaba el alarmista subtítulo de la nota, que pretendía haber destapado una operación internacional de «organizaciones comunistas y socialistas de extrema izquierda» que utilizan las «ardientes protestas estudiantiles» para impulsar una «agenda política e ideológica».
La extrema derecha racista e histérica de Francia, respaldada por medios estadounidenses dedicados a la propaganda supremacista, también sentó posición desde temprano.
«Hay que estar ciego para no ver lo que está pasando aquí», declaró Thaïs d’Escufon —ex portavoz del ya disuelto grupo supremacista blanco francés Génération identitaire— ante la conductora de One America News, Chanel Rion, al calificar las protestas estudiantiles como «disturbios étnicos».
«Solo muestran imágenes de la juventud burguesa del centro de París, pero en realidad la mayoría de las protestas provienen de ciudades o zonas con mucho reemplazo», explicó d’Escufon, utilizando «reemplazadas» para referirse a áreas con un menor porcentaje de población blanca.
«Es duro ver estas imágenes… Las miras y no parece París», comentó Rion con dramatismo tras mostrar tomas aéreas de una multitud anónima de manifestantes en la Place de la Nation de París al término de una marcha. «Parece Mogadiscio… Y, sin embargo, ya vieron la foto que usó la BBC. Hacen parecer que solo son estudiantes nativos de Francia molestos por la falta de pizarrones».
El informe de Fox también se sumó a la idea de que los medios de comunicación han edulcorado el movimiento al retratarlo como «estudiantes que protestan contra el deterioro de las condiciones escolares».
En realidad, afirmaba Fox, el movimiento «forma parte de una vasta red de sindicatos, militantes comunistas, partidos de extrema izquierda y medios internacionales […] que organizan manifestaciones, convocan a huelgas, movilizan a sus bases y difunden los disturbios por todo el mundo».
La investigación de Fox sostiene que solo 15 de las 50 organizaciones involucradas en el movimiento son verdaderas agrupaciones estudiantiles, y que entre ellas hay movimientos juveniles comunistas y una asociación de estudiantes musulmanes.
Al ensañarse con las organizaciones comunistas y musulmanas, Fox concluye que existe una «alianza “rojo-verde” entre la izquierda y el islam».
«La izquierda roja y el islamismo verde no tienen nada en común salvo un enemigo compartido: el Occidente libre, capitalista y judeocristiano, liderado por Estados Unidos», declaró a Fox Mike González, investigador principal de la Heritage Foundation. «Su objetivo es desmantelarnos».
El fascista británico Tommy Robinson atacó al movimiento en términos parecidos.
«La “estudiantina francesa” está destrozando París otra vez en este momento», ironizó la semana pasada junto a un video donde la policía francesa corría al lado de un auto en llamas.
El miércoles pasado, Robinson arremetió contra Bally Bagayoko, alcalde de Saint-Denis por La France Insoumise, en una publicación que enlazaba a un video donde Bagayoko anunciaba restricciones a la venta de alcohol en los alrededores de la estación de tren entre las 19:00 y las 6:00.
«Bally Bagayoko hizo historia en marzo de 2026 al convertirse en el primer alcalde negro y musulmán de Saint-Denis», escribió Robinson. «La semana pasada se sumó a las revueltas de los invasores. Hoy anunció la prohibición del alcohol. ¡Despierta de una puta vez, Francia!».
Un caballo de Troya islámico
Esta retórica se hace eco de un relato pernicioso en los medios franceses que busca presentar cualquier tipo de organización política de la comunidad musulmana como un evidente caballo de Troya del islamismo.
«Detrás de los reclamos sobre la precaria situación de las escuelas secundarias, la organización Étudiants musulmans de France (EMF) y sus aliados impulsan su batalla contra la “islamofobia de Estado”», se lee en el subtítulo de un artículo de Le Point que asegura que existen «redes islamistas» intentando capitalizar el movimiento. La nota señala a una agrupación estudiantil musulmana que, según un informe gubernamental del año pasado, constituiría la rama juvenil de los Hermanos Musulmanes.
Al acusar a organizaciones como EMF de «coquetear» o «capitalizar» las protestas, el artículo afirma que las publicaciones de esta entidad «dicen mucho» sobre su estrategia.
Un ejemplo de principios de mes es un comunicado de apoyo a la lucha de las y los secundarios «por un entorno de aprendizaje digno y adecuado». La declaración de EMF procede a denunciar la austeridad estatal en los servicios públicos —incluidas las universidades—, la ley que incrementa los aranceles para estudiantes extranjeros, la eliminación de los subsidios de vivienda para estudiantes internacionales, las «alianzas universitarias con empresas genocidas y ecocidas», el sistema selectivo y «racista» de ingreso a la educación superior y la represión policial contra las protestas.
Le Point apunta también a AJ+ —la plataforma digital de Al Jazeera financiada por Qatar— por su producción viral en redes, acusándola de divulgar las pésimas condiciones edilicias y la violencia policial como vía para extender esta narrativa.
«La mayoría vuelve una y otra vez sobre la violencia policial, sin una sola palabra sobre los actos violentos de quienes se manifiestan, y acusa a los «grandes medios» de mentir sobre la agresividad de las marchas», señala el texto de Le Point.
La respuesta liberal
Las multitudinarias marchas del fin de semana, que convocaron a no menos de medio millón de personas, derivaron en episodios de violencia. Según diversos reportes, la policía parisina perdió el control de la situación mientras militantes del black bloc y grupos de vándalos aprovechaban el caos para saquear comercios en las zonas más acomodadas de la ciudad.
Videos como el del campanario de Limoges envuelto en llamas se viralizaron como prueba del afán destructor de las «hordas» del Tercer Mundo contra la Francia Eterna.
«Espero que el mundo esté prestando atención a los disturbios en Francia», dijo Tim Kennedy, conocido exmilitar y peleador de artes marciales mixtas. «No se ve ni una sola bandera francesa en esas marchas. Estas son las consecuencias de la inmigración masiva».
La afirmación de que no había banderas francesas en las protestas es una mentira lisa y llana; vi muchísimas a lo largo de varios días. Sin embargo, la publicación sintetiza el endurecimiento del discurso instalado desde comienzos de mes.
El centro político y el progresismo proeuropeo también se sumaron a las lamentaciones y la condena.
«Polonia no repetirá los errores de otros países europeos ni pagará por ellos», declaró el primer ministro polaco Donald Tusk, sin mentar directamente a Francia. «Defendemos con firmeza la frontera contra la migración ilegal, mantenemos una política de asilo propia (no aceptamos solicitudes) y deportamos a quienes violan la ley polaca».
«Llegan imágenes e informes escalofriantes desde Francia», publicó el político húngaro Péter Magyar. «Ante esta destrucción desmedida y esta violencia injustificada, tal vez ahora le quede claro a todo el mundo por qué Hungría defiende la postura más estricta en materia migratoria y por qué no cederemos a ninguna presión para flexibilizar la protección de nuestras fronteras».
Por su parte, el progresismo estadounidense más tibio, si bien condena los encuadres abiertamente racistas y reconoce que el movimiento estudiantil conforma una «coalición extremadamente diversa», no ha dudado en coquetear con ese mismo relato. Thomas Chatterton Williams, en un artículo para The Atlantic titulado «La violencia que sacude a Francia nunca tuvo que ver con las escuelas», descarta cualquier demanda genuina tras analizar apenas cinco videos virales.
«Buena parte de la protesta estudiantil se ha convertido en un ejercicio de resentimiento nihilista […] bajo el pretexto de la reforma escolar», sostiene Williams, tomando como base fragmentos que muestran actos de violencia, daños materiales o grupos gritando consignas —extraídos casi siempre de cuentas agregadoras de contenido que difunden marcos antiinmigración y retratan la presencia árabe y africana en Europa como un caballo de Troya islámico—.
«La violencia no ha sido privativa de un solo bando», concede Williams con tibia ecuanimidad, igualando a manifestantes que lanzan cantos antipoliciales o entonan canciones de rap con referencias deplorables al terrorismo con las mutilaciones y mutilaciones de por vida infligidas por las fuerzas de seguridad. «Un efectivo policial disparó una granada de gas lacrimógeno directamente a la cabeza de un adolescente, provocándole la pérdida de casi toda la dentadura. Más recientemente, un joven de 15 años perdió una mano por el impacto de una granada aturdidora».
En última instancia, Francia está «a merced de las calles», sostiene Williams. «Se protesta demasiado en Francia», y «en los últimos años, la cultura de la marcha se ha consentido y sacralizado hasta límites insensatos».
«Algunas de estas reivindicaciones pueden ser válidas», admite Williams, «pero la violencia que recorre Francia poco tiene que ver con inquietudes pedagógicas».
El derecho a la protesta
En una línea similar, el primer ministro francés Sébastien Lecornu afirmó el jueves que el conflicto «ya no era un movimiento estudiantil», sino un «fenómeno de violencia urbana cuya intensidad se ha agravado en los últimos días».
En un mensaje televisado el domingo por la noche, el presidente Emmanuel Macron responsabilizó de los disturbios a «elementos violentos de grupúsculos de extrema izquierda, a los que se sumaron numerosos delincuentes», mientras que Lecornu denunció el supuesto «rol decisivo» del candidato presidencial de La France Insoumise, Jean-Luc Mélenchon, y de su partido en la instigación de los hechos.
Si bien el Ejecutivo francés no ha apelado a las teorías grotescamente racistas de la extrema derecha anglosajona y local, coincide con ellas al instalar la noción de que el movimiento social es fruto de agentes externos e ilegítimos que buscan instrumentalizar los reclamos de las y los secundarios.
Ese punto quedó al descubierto con especial crudeza tras una revelación del periódico Le Canard enchaîné este miércoles: Lecornu ordenó personalmente al ministro del Interior evaluar vías penales contra Mélenchon por «incitación a la rebelión». El primer ministro solo dio marcha atrás al dudar sobre el efecto contraproducente que el encarcelamiento de Mélenchon podría desatar en las calles.
El periódico reporta cerca de siete mil detenciones en las últimas tres semanas, de las cuales el 86 por ciento corresponde a jóvenes de entre catorce y dieciocho años. Las fuerzas de seguridad sumaron unas dos mil detenciones adicionales durante el fin de semana.
«La estrategia busca aterrorizar a los estudiantes y a sus familias para sofocar la rebelión lo antes posible», confesó un mando policial a Le Canard.
El gobierno teme a este movimiento social precisamente porque no se trata de un complot extranjero, ni de una invasión migrante, ni de una conspiración «islamoizquierda». Las usinas racistas del poder continuarán agitando ese fantasma porque les resulta funcional para borrar de un plumazo las demandas de las mayorías, pero eso no alterará la realidad sobre el terreno. La gestión de Macron ha llevado la violencia a las calles. La confirmación, este lunes por la mañana, de que Macron rechazó la dimisión del ministro del Interior, Laurent Nuñez, envía un mensaje inequívoco: respalda el accionar policial por encima de los llamamientos de compromiso al diálogo y la condena de compromiso a la violencia.
La juventud estudiantil en Francia sostiene demandas legítimas, y gran parte de ella está resuelta a mantener las calles hasta obtener una respuesta del gobierno.
*Periodista freelance. Autor de Zemmour y el gaullismo y copresentador de Flep24, el podcast sobre las elecciones legislativas francesas de 2024.Fuentes: rebelión.org/ Original Revista Jacobin. Traducción: Natalia López. Imagen: Un manifestante porta la bandera francesa en Lyon, Francia, 31/10/ 2026. Autor: ©Jeff Pachoud, AFP.
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