Trastienda de un trabajo revelador

Cuando María Seoane escuchó el testimonio de Pablo Díaz en el Juicio a las Juntas, supo que debía investigar y dejar constancia de ese hecho. Animada por Eduardo Luis Duhalde, y en coautoría con Héctor Ruiz Núñez, escribió uno de los registros más notables sobre la dictadura.

Por Demián Verduga*

El recuerdo es increíblemente nítido. Es como si estuviera ocurriendo de nuevo en este instante: María Seoane está sentada delante de la mesa del comedor en el departamento de su amiga del alma, Ana Jusid. María tiene el pelo corto, lacio y negro. Hay un cigarrillo recostado en uno de los huecos de un cenicero de vidrio apoyado en la mesa. El humo sube hacia la lámpara de paja que cuelga del techo. María agarra el cigarrillo, fuma una pitada y lo vuelve a dejar en el cenicero. La puerta de la cocina está abierta. Ana está parada delante de las hornallas revolviendo con un tenedor los fideos que puso a hervir en una olla.

María viene varias veces por semana a cenar a esta casa y en general se queda a dormir. Sobre la mesa, en una punta, contra la pared para que haya lugar para los platos, está la máquina de escribir y a su lado una pila de papeles.

–Hoy me quedo, Aniushi –dice María, avisando que se queda a dormir.

–Dale, vos sabés que yo no duermo –contesta Ana desde la cocina.

Los papeles que descansan junto a la máquina contienen el borrador de La Noche de los Lápices. Será el primer libro de María y una pieza clave de la literatura periodística que intentó reconstruir la tragedia del terrorismo de Estado. Será un pilar clave en esa obra excepcional de la sociedad argentina que se llama Memoria, Verdad y Justicia.

Ese libro que en parte se escribe en ese departamento de la calle Cabrera de la ciudad de Buenos Aires había empezado antes. Hay que situarse en el 9 de mayo de 1985. María está cubriendo el Juicio a las Juntas como cronista de El periodista de Buenos Aires. Sin saberlo, está presenciando la escena que describirá en el prólogo del libro:

“Dentro del recinto de diez metros por veinte había 323 personas entre público, invitados y periodistas nacionales y extranjeros –dice el prólogo–. Ninguno de los reos. Sobre el estrado delantero y de espaldas al vitraux con la inscripción ‘Afianzar la Justicia’, estaban sentados los seis jueces de la Cámara Federal: León Carlos Arslanian, Jorge Valerga Aráoz, Jorge Edwin Torlasco, Andrés D’Alessio, Guillermo Ledesma y Ricardo Gil Lavedra. Los ventiladores no dejaban de funcionar sobre las bandejas inferiores, mientras las cámaras de la televisión oficial registraban los gestos sin sonido de una historia que comenzaría a ser contada.”

Una Historia para Contar 

El testimonio de Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, dura dos horas y cuarenta minutos. Al terminar, María se acerca al abogado Eduardo Luis Duhalde, que representaba a Díaz, y le dice: “Qué historia extraordinaria y tremenda. Hay que contarla, ¿verdad?”. Duhalde le contesta que había armado la editorial Contrapunto y que el primer libro que editaría sería Ezeiza, de Horacio Verbitsky, y luego La Noche de los Lápices. “¿Y quién lo va a escribir?”, le pregunta María. “Vos”, le dice Duhalde.

La idea del destino tiene una fuerza muy especial en el alma de María. La idea de que ella tiene una misión trascendente por cumplir. Es uno de los motores que la hacen escribir con la pasión y la constancia de quien sabe que dejará una huella en este mundo.

Al terminar la jornada en Tribunales, Pablo Díaz sale del edificio de Talcahuano. Comienza a bajar las escalinatas y decenas de periodistas con micrófonos, grabadores, cámaras de televisión, se abalanzan sobre él y lo rodean. Le hacen una batería de preguntas y luego se dispersan. María está esperando este momento. Se para junto a Pablo. “No quise molestarte porque fue muy duro lo que pasaste hoy. Si tenés ganas, llamame”, le dice. Saca del bolsillo de su pantalón una tarjeta con su nombre y el teléfono de la redacción.

Diez días después, Pablo la llama: “Como vos fuiste la única de todos los periodistas que me entendió, te elegí a vos y voy a trabajar con vos”. El destino se había cumplido. María se había encontrado con su misión.

“Sentí que, de alguna manera, la historia me había elegido”, le dice María al periodista Juan José Salinas en una nota que se publicó 31 años después del llamado de Pablo y que reconstruye la escena que se contó antes. “Ahí empezamos. Me parecía una historia tremenda, que revelaba la impunidad y la locura de la represión: los chicos tenían entre 15 y 17 años.”

Misión Cumplida

Ahora está de nuevo en el departamento de la calle Cabrera, en este viaje que va del futuro al pasado y viceversa, pero siempre en tiempo presente porque es la forma de ser fiel a la nitidez con la que aparecen los recuerdos. Ana sirve los fideos en una fuente de acero. Le quita la tapa de plástico a un pote de crema. La vierte sobre los fideos y luego les agrega jamón cocido cortado en cuadraditos. Empieza a revolver.

–Te leo, te leo –dice María, que no se aguanta la necesidad de seguir trabajando en el libro. Es como si la llamara. Agarra las hojas que están arriba. Deja el tenedor sobre el plato y lee: “En 1971, cuando se radicaron en La Plata, su hermana Sonia tenía seis años y él trece, y la familia se había mudado, por lo menos, media docena de veces”. Es la historia de Claudio de Acha, que no sobrevivió al crimen de la dictadura.

Salinas cuenta en su artículo que, a través de Pablo, María se había contactado con familiares y amigos de todas las víctimas. Dice que una de las cuestiones que la desvelaba era tratar de entender por qué el secuestro se había cometido el 16 de septiembre. Salinas cuenta que algunos se habían producido antes, pero que el 16 fue la jornada más virulenta: secuestraron a diez estudiantes, en su mayoría de la UES. “El 16 de septiembre se ‘festejaba’ el golpe del 55 contra Juan Domingo Perón. La llamada Revolución Libertadora –le dice María a Salinas a modo de revelación–. Festejar un golpe de Estado con una matanza de jóvenes era muy propio de ellos.”

La cena termina en el departamento de Cabrera. Ana apila los platos sobre la fuente y los lleva a la cocina. María está parada delante de la pileta. Tiene puestos dos guantes color naranja. Abre la canilla y empieza a lavar. En la hornalla hay una cafetera que empieza a hervir. Ana y María salen de la cocina. Ana lleva la cafetera agarrándola de la manija y María trae dos tazas con sus platitos. Se sientan una frente a la otra y hablan del libro. Ana prende un cigarrillo con un encendedor y luego María hace lo mismo. Ella busca en la pila de papeles y lee. Ana la escucha, la interrumpe, le dice lo que no la convence. El recuerdo es nítido como es el libro, que trascenderá el tiempo y las fronteras. Un libro que sigue aquí y ahora para que esa historia jamás sea olvidada.

“Habíamos quedado que yo hacía el prólogo y no podía escribirlo. Tenía la sensación de que si lo escribía abandonábamos a los chicos otra vez. Si entregábamos el libro a la editorial, si nos desprendíamos del libro, era una manera de dejarlos solos, de que nadie los pensara”, le dice María a Salinas.

Finalmente supera esa angustia y lo escribe. María cumplió con su misión. Se encontró con su destino.

*Periodista. Editor de política y secretario de redaccion en Tiempo Argentino. Colaborador en otras revistas. Fuente: Caras y Caretas, la Revista de la patria, dirigida por Felipe Pigna https://carasycaretas.org.ar/Ilustración: Juan José Olivieri. Este mes está dedicado a los 50 años de la Noche de los lápices.  

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