Milei y la filosofía

En sus disquisiciones sobre las bondades de los griegos, el presidente insiste en que promueve la “moral como política de Estado”. Un repaso por los preceptos de los clásicos hace tambalear ese discurso.

Por Boyanovsky Bazán*

Los laberintos del presidente Javier Milei son insondables. De repudiar las humanidades por considerarlas cuasi ciencias, inservibles para un país productivo, y hasta pretender que cerrar Filosofía y Letras de la UBA sería un ahorro para una sociedad cansada de mantener vagos, pasó a erigirse él mismo como un filósofo contemporáneo, listo para derramar sus enseñanzas a la posteridad, incluso en un libro con cuya salida se amenaza.

Aunque con paralelismos imperfectos y una gestualidad y discurso que no promueven ni reflejan virtud, equilibrio y libertad de espíritu, según podemos encontrar en la filosofía clásica, Milei comenzó, en un repentino giro copernicano (perdón, Nicolás), a incorporar a sus discursos los valores con los que dice sostenerse y que son pilares de la “ética y la moral de Occidente”. Entre ellos “el pensamiento y la filosofía de los griegos”; “la rectitud de los estoicos” y “los valores judeocristianos”.

Sin meternos en estos últimos, porque implican cuestiones religiosas y de eso “no se discute”, como aprendimos en la mesa del domingo, podemos afirmar que hablar de “la filosofía de los griegos” es una generalidad vaga que por abarcar demasiado no dice nada. ¿A qué se refiere Milei con eso? Y más específicamente, ¿a qué griegos se refiere? ¿A Sócrates? No se le parece mucho. Según los testimonios, fundamentalmente de Platón y Jenofonte, Sócrates fue acusado de crímenes que negó y condenado a la pena máxima conforme las leyes de su patria, Atenas. Y a pesar de estar en desacuerdo con la sentencia, la aceptó como un mandato irrenunciable, porque no consideraba ir contra la legislación ateniense, rechazando incluso la posibilidad de escapar de prisión que le habían puesto a disposición sus discípulos. Se tomó el veneno y murió. Milei no es capaz de cumplir una ley que el Congreso refrendó dos veces y la máxima autoridad judicial dice que tiene que acatar.

Sócrates afirmaba que un espíritu lo persuadía de no hacer cosas que podrían ser perjudiciales, entre ellas, meterse en política. Milei ha dicho que además de hablar con su perro muerto, Dios mismo le dijo que debía ser presidente. Un amigo de Sócrates preguntó al Oráculo quién era el hombre más sabio de Atenas y la respuesta fue “Sócrates”. En lugar de creerse merecedor del Premio Nobel, indagó a quienes se consideraban sabios para entender por qué el Oráculo lo había señalado, ya que él estaba convencido de que no poseía sabiduría alguna, salvo la más humana, la de ser conocedor de su propia ignorancia.

La concepción que tiene Milei sobre el Estado no se parece a lo que propone, por otro lado, Platón. La forma en que describe cómo se forma un Estado está estrechamente emparentada con el colectivismo que Milei suele aborrecer.

En República, la ciudad-Estado, la polis, surge por necesidad y por el trabajo colectivo de sus miembros que ofrecen su conocimiento y trabajo por el bien común. Hay equilibrio mientras haya autosustento, pero cuando entran en juego las ambiciones materiales y los lujos, la ciudad se vuelve “enferma”, surgen las guerras y el excedente económico que da pie a las desigualdades. Para Platón, los guardianes del Estado deben ser recompensados por su tarea, pero no enriquecerse ni ser ricos. Es decir, el Estado no debe escatimar recursos en sostenerlos, pero debe procurar que la codicia no lleve a que se legisle solo a favor de su propia acumulación o la de un sector favorecido con riquezas. Fin.

En El político, Platón propone que el gobernante ideal es un rey (basilikós) sabio que no necesita materializar leyes para gobernar, porque legisla de hecho con equilibrio supremo. Una lectura luego muy refutada de esta propuesta es que Platón postula a un autócrata omnipotente. Sin embargo ese gobernante, cree Platón, no existe en la Tierra. Es, siguiendo la teoría de las Formas, una Forma idealizada de ese rey perfecto en estado puro, por lo que la mejor opción es un mandatario que sea de aquel una copia capaz de hacer cumplir leyes justas y soberanas, que puedan reemplazar esa capacidad ideal y equilibrada del sabio, constituidas conforme a una medida patrón en que se referencia lo bueno y lo malo. De lo contrario será, efectivamente, un tirano.

¿Cuál es el punto de equilibrio de Milei en una política que reivindica la motosierra, torpe instrumento de desguace que deja surcos irreparables a su paso? Ninguno de estos “griegos” avala ni propone algo semejante. Tampoco Aristóteles, aquel de “el hombre es un animal político”, a quien Karl Marx describió como “el más grande pensador de la antigüedad”. Siguiendo a Platón, su antiguo maestro, Aristóteles va también en la búsqueda de un punto medio que evite los extremos.

En la Ética a Nicómaco continúa con la idea de un término medio entre el exceso y el defecto que logre el equilibrio virtuoso para todo proceder: “La virtud tiene que ver con pasiones y acciones, en las cuales el exceso y el defecto yerran y son censurados, mientras que el término medio es elogiado y acierta”. Ese término medio está en relación con un tipo de justicia distributiva que obra en función de una proporción equilibrada entre lo que se necesita y lo que se reparte, que bien podría ser el germen de la justicia social que Milei llama “aberración” y que ahora parece convocar a Caputo. A Milei seguramente también le resulte demasiado populista un Aristóteles diciendo que “aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades”.

La moral inmoral

La moral aristotélica se funda en las virtudes y entre ellas la más apreciable es la phronesis, la prudencia necesaria para alcanzar la excelencia, una virtud racional capaz de conducir de forma segura a las demás pasiones del alma. En el gobierno que tiene la “moral como política de Estado” es difícil de captar esta prudencia en los insultos escatológicos, los fusilamientos digitales, los palos a jubilados y manifestantes, las calificaciones de mandriles, kukas, descerebrados y ensobrados a todo el que transite por veredas opuestas.

Los estoicos, cuyo movimiento también nació en Grecia y culminó en Roma a comienzos de la era cristiana, buscaban la imperturbabilidad frente a los desafíos de un kosmos que ya estaba ordenado y contra lo que nada había para hacer sino aceptarlo, vivir sabiamente sin pretender torcer el rumbo del carro. Eso que se confunde con “resistencia” o “rectitud” no es más que la sabia contemplación de que todo sucede por un orden establecido. Por eso es sabio vivir “según la naturaleza”. Para los estoicos, entre muchas y muy densas cuestiones que forman parte de su sistema filosófico, la armonía es también un factor crucial. Zenón de Citio, el fundador del movimiento, ya había expuesto en su República que en la sociedad ideal del hombre sabio, la concordia obra como un nexo entre los habitantes, sin que medien leyes y convenciones.

Los estoicos buscaban la libertad. Pero esa libertad no lo era en un sentido occidental republicano, ni de soberanía popular, ni de libertad individual de elección, circulación, etcétera, ni mucho menos una libertad mercantilista de comerciar sin coto ni límites. La de los estoicos era una libertad interior que liberase al alma de ataduras viciosas, la libertad de “no servir a ninguna cosa”, al decir de Séneca, es decir, no caer rendido ante las pasiones que pudieran tomar el control y hacer errar el camino hacia la sabiduría. “Si cedo al placer, tengo que ceder al dolor, tengo que ceder al trabajo, tengo que ceder a la pobreza; la ambición a la par que la ira reclamarán los mismos derechos sobre mí; en medio de tantas pasiones me veré acosado.” Otra vez, Séneca.

Milei no goza de esa libertad, porque con palmaria evidencia e incluso jactándose de ello, cede ante la ira y la ambición sin freno. Desde el punto de vista de los estoicos, Milei no es libre. Todo lo contrario, se nos muestra como un esclavo de sus pasiones. Lo que nos lleva a la pregunta inicial. ¿En qué valores de la filosofía griega y estoica se referencia su gobierno de “la moral como política de Estado”? Si no lo aclara, sea porque no sabe la respuesta o porque engaña o se engaña, estaríamos ante una nueva, una más, estafa comunicativa del presidente y sus modos. Tal vez lo comunique en su posible libro y lo fundamente con tal precisión que nos haga aprender algo nuevo.

*Escritor, músico y periodista. Autor de Los Perros de la Nación (2018), El aluvión (2010), Setentistas (coautor, 2008), R (2007). Fuente Caras y Caretas, la Revista de la Patria, dirigida por Felipe Pigna. Foto: Mariano Sánchez/NA Archivo. 

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