«Black Bloc»: ¿Quiénes son los enmascarados que alteran las manifestaciones europeas?

Las manifestaciones pacíficas en Francia, Bélgica, España e Italia desembocan una y otra vez en violencia, con los mismos protagonistas en el punto de mira: jóvenes vestidos de negro y con el rostro cubierto. Pero ¿quiénes son exactamente estos black blocs, de dónde vienen y por qué representan un peligro para los movimientos de protesta social?

Por Marc Vandepitte*

El pasado fin de semana se produjeron graves disturbios en Francia. Pero también en Bélgica, España e Italia las manifestaciones de las últimas semanas se salieron de control. Se levantaron barricadas, se rompieron escaparates y se lanzaron proyectiles contra agentes de policía. En varios lugares los manifestantes vestidos de negro y con el rostro cubierto desempeñaron un papel importante.

Se trata de los llamados black blocs. Algunos grupos buscan deliberadamente el enfrentamiento con la policía y provocan destrozos. Son imágenes que suelen acaparar toda la atención mediática, mientras que las reivindicaciones originales de los manifestantes quedan relegadas a un segundo plano.

¿Quiénes son estos activistas militantes, de dónde viene su táctica y qué esperan conseguir con ella?

Una orquesta sin director

El black bloc no es un movimiento ni una organización, sino una táctica de acción: vestimenta negra idéntica y rostros cubiertos, para que nadie pueda ser reconocido. No existe una dirección jerárquica ni una estructura de grupo. La coordinación se desarrolla horizontalmente, a través de las redes sociales y aplicaciones cifradas. Un experto en seguridad compara su funcionamiento con «una orquesta que conoce tan bien la música que no necesita director».

En Francia se estima que el número de activistas de black bloc considerados de riesgo asciende a unos 5.000. Su núcleo ideológico se fusiona cada vez más con jóvenes descontentos de los barrios desfavorecidos. Esto supone un gran desafío para la policía y los movimientos de protesta.

La táctica surgió en los años setenta y ochenta dentro de los movimientos autónomos en Italia y Alemania Occidental. Los activistas ocupaban edificios industriales abandonados para crear «centros sociales», lugares donde convivían y se organizaban al margen de las instituciones oficiales.

Cuando el Estado comenzó a desalojar violentamente esos espacios ocupados, surgieron grupos armados vestidos de negro para defenderlos. Por tanto, el black bloc no era inicialmente un fin en sí mismo, sino una táctica defensiva contra los desalojos y la violencia.

En Francia la táctica se arraigó durante las protestas contra la ley laboral de 2016. Lo que une a los activistas autónomos es un profundo rechazo a la resistencia organizada. Rechazan los partidos políticos, los sindicatos y otros movimientos de masas organizados. Glorifican, en cambio, el individualismo espontáneo, el sabotaje y un «estilo de vida» de resistencia: ocupar edificios y no trabajar.

El vandalismo indiscriminado, como el saqueo de una cafetería local, se justifica como una «revuelta espontánea». Su táctica violenta se ha convertido en un sustituto de la construcción de un amplio movimiento de masas.

Uno de sus objetivos estratégicos es revelar, mediante enfrentamientos, el «verdadero rostro violento» del Estado y socavar así su legitimidad. El hecho de q ue sus acciones tengan a menudo precisamente el efecto contrario y, además, causen mucho daño al conjunto más amplio de manifestantes, aparentemente no parece importarles.

Sentimiento de «no future»

Quien quiera comprender los disturbios debe examinar el terreno en el que surgen. Décadas de políticas neoliberales han erosionado el Estado del bienestar, con desinversiones en la educación que afectan especialmente a los jóvenes, viviendas inasequibles y pocas perspectivas de futuro en el mercado laboral para los más vulnerables.

Según un manifestante de Bruselas, «el contrato social se ha roto». La generación de los baby boomers ha tenido una buena vida, pero la nueva generación de jóvenes tiene la sensación de que vivirá peor que la generación anterior. «La situación climática es mala. El sentimiento de no future entre los jóvenes ha vuelto», afirma el manifestante.

Según Khalid Benhaddou, muchos jóvenes luchan con ese sentimiento. Ya no creen en la promesa de que tendrán éxito en la vida si trabajan y estudian lo suficiente. Una parte de esos jóvenes está completamente alienada, apenas mantiene vínculos con la sociedad y siente poca responsabilidad hacia la comunidad. En ese grupo, esto conduce al «extremismo nihilista»: la violencia y los incendios provocados se convierten en una vía de escape para la rabia ante la falta de perspectivas de futuro.

Es una generación que no se siente escuchada, sino abandonada por la clase política. La única respuesta que recibe de las autoridades es una dura represión. Los jóvenes ven un gobierno que combina la represión estatal con reformas neoliberales y recortes antisociales, pero que no tiene nada que ofrecerles.

Por eso, no debería sorprender que el Estado francés haya perdido gran parte de su legitimidad durante las últimas décadas, especialmente entre la generación joven. El presidente Macron cuenta actualmente con el apoyo de apenas el 17% de la población. El toque de queda y la prohibición de manifestaciones en Francia son síntomas de esta crisis de legitimidad más profunda.

Un regalo caído del cielo

Durante la manifestación del 17 de octubre en Francia, organizada por estudiantes y personas preocupadas por el coste de la vida, que reunió a 800.000 participantes, los grupos black bloc provocaron una escalada de la situación. Levantaron barricadas y atacaron símbolos del capital, como las oficinas del banco Qonto y un McDonald’s.

El ataque más grave tuvo lugar contra el histórico ayuntamiento de Limoges. Según el alcalde, no se trató de una acción espontánea, sino de una operación bien organizada: el grupo llevaba consigo fuegos artificiales, morteros, un ariete de 200 kilos y diversas banderas.

Lo que llamó la atención aquel día fue la notable pasividad de la policía antidisturbios, que en muchos lugares parecía dejar actuar libremente a los black blocs. Al mismo tiempo se actuó con extrema dureza contra los propios estudiantes. Así, en poco más de dos semanas fueron detenidas 8.000 personas, el 89 % de ellas menores de edad. Durante todo un año de manifestaciones de los chalecos amarillos el total fue de 10.000.

La destrucción de marquesinas de autobús o escaparates no tiene ningún impacto sobre el sistema. Al contrario: conduce a una represión aún mayor. Para los defensores de un Estado represivo y de la derecha y la extrema derecha esta violencia es, en cualquier caso, un «regalo caído del cielo». Refuerza sus argumentos a favor de una actuación policial más dura y de una mayor represión.

Los disturbios en Francia ya han llevado a la imposición de toques de queda y a la prohibición de concentraciones. En Bélgica escenas violentas similares proporcionaron toda la munición necesaria al ministro de Defensa para defender la militarización de la policía.

Además, esta violencia indiscriminada socava los movimientos de protesta y a toda la izquierda. La fuerza del movimiento estudiantil y obrero siempre ha residido en su carácter pacífico y en su amplio poder de convocatoria. Era un movimiento en el que también las familias con niños se sentían seguras.

Las tácticas black bloc arruinan esa imagen. Permiten que un puñado de alborotadores desacredite a miles de manifestantes pacíficos y socave la autoridad moral del movimiento. Ahuyentan a los trabajadores en lugar de inspirarlos.

Lanzar piedras o romper escaparates no es radicalidad, sino nihilismo, nacido de la desmoralización y de la falta de confianza en la capacidad de las masas para cambiar su destino. La verdadera radicalidad no consiste en infligir «picaduras de mosquito» al sistema rompiendo escaparates. Una transformación social profunda requiere conciencia política, una organización sólida y perseverancia. No «prenderle fuego a todo» con la esperanza de que otros sigan el ejemplo.

Como enseña la historia, una escalada hacia una resistencia más militante puede estar justificada en ocasiones. Pero entonces esa resistencia debe contar con un amplio respaldo y surgir de una estrategia bien meditada y de un proceso gradual de maduración, no de una violencia arbitraria «porque es divertido».

¿Qué hacer?

En Francia surgió una alianza hasta entonces nunca vista, aunque poco estructurada, entre los activistas anarquistas y los «saqueadores oportunistas» de los suburbios. El black bloc no parecía iniciar por sí mismo los saqueos de tiendas, pero con su violencia sí creaba el caos en el que estos podían producirse. También en Bruselas y otras ciudades europeas están apareciendo fenómenos similares.

Así, el movimiento se vuelve cada vez más difícil de combatir, porque su núcleo ideológicamente motivado se ve complementado por manifestantes menos ideologizados. Según el experto francés Thierry Vincent, el black bloc ya no es un grupo aislado de «alborotadores desquiciados», sino que constituye la expresión más visible y radical de una ira social más amplia que se está extendiendo por Francia y otros lugares de Europa.

Por comprensibles que puedan ser esa ira y ese «extremismo nihilista», el movimiento de protesta no debe permitir que se apoderen de él. Las razones por las que sale a la calle son legítimas e importantes. El movimiento de protesta no debe dejarse intimidar: ni por la dura represión del aparato policial, ni por la violencia nihilista de los casseurs, los alborotadores.

Ante los enfrentamientos violentos, son necesarias tres cosas. En primer lugar, el movimiento de protesta debe distanciarse expresamente de la violencia indiscriminada, los incendios provocados y los saqueos que empañan las manifestaciones.

En segundo lugar, es necesario que el movimiento refuerce sus propios servicios de orden para prevenir la violencia y evitar que los casseurs se «apropien» de las protestas. Las manifestaciones masivas pacíficas siguen siendo la principal baza de la izquierda.

En tercer lugar, es necesario examinar detenidamente el papel de la policía. Tanto el uso de violencia innecesaria y excesiva contra manifestantes pacíficos como el hecho de dejar actuar libremente a elementos violentos merecen una investigación exhaustiva.

Si las autoridades quieren poner fin a la violencia indiscriminada de los alborotadores, tendrán que ir más allá de la represión, porque esta no es más que un tratamiento de los síntomas. Será necesario restablecer el contrato social y la confianza en la clase política.

Pero con las actuales políticas de recortes en la mayoría de los países europeos, amenaza con ocurrir precisamente lo contrario: la desigualdad social y la frustración siguen aumentando, mientras que la confianza en la política continúa desmoronándose. Mientras no se aborden esas causas de fondo, la violencia también corre el riesgo de estallar una y otra vez. Pero quizás eso sea precisamente lo que le conviene a la derecha.

*Economista, periodista y escritor. Colaborador de Rebelión https://rebelion.org/ Publicación mediante una licencia de Creative Commons. Foto: Teresa Suárez para EFE.

www.prensared.org.ar