El proyecto de redistribución regresiva de Milei muestra sus límites económicos, pero no encontró hasta ahora límites sociales. Académicos suizos ubicaron la calidad de la elite argentina en el puesto 104 entre 151 países. El papel de los empresarios.
Por Ricardo Aronskind*
La economía de la mayoría hace agua. Según CAME, en julio las ventas minoristas pymes registraron una caída del 3,8% interanual y de 2,1% con respecto a junio. El ingreso disponible de unos 15 millones de argentinos es 17% inferior al promedio del año 2023, según el Centro de análisis económico Equilibra.
La informalidad laboral llegó al 44% en los primeros tres meses del año, según un informe del Observatorio Económico Social de la Universidad de Rosario. Más de cuatro de cada diez trabajadores tienen empleos sin aportes jubilatorios, carecen de cobertura de salud vinculada al trabajo y de otros derechos laborales. El 34,3% de los trabajadores informales vive en hogares pobres y el 5,2% está en situación de indigencia.
En un informe de la Fundación Encuentro, a partir de datos de la Consultora W se muestra cómo es la distribución actual del ingreso en la Argentina: el 78% de los hogares gana menos de 2.800.000 pesos, lo que los coloca en una situación de consumos mínimos para cubrir elevadísimos gastos en alimentación, alquiler, transporte, etc.
Esa situación es el trasfondo del endeudamiento personal insostenible que está estallando en estas últimas semanas. Mientras el gobierno persiste en sostener que es un “tema entre privados”, crecen las voces que reclaman una solución pública, colectiva al problema. No es sólo un tema “micro”, sino que asfixia a la demanda, y pone en creciente riesgo al sistema crediticio, al multiplicarse los impagos.
Pero además hay impactos graves en el tejido social. Alejandro Gramajo, secretario general de la UTEP (Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular), sostuvo lo siguiente en el periódico Tiempo Argentino: “Los prestamistas en los barrios populares están asociados a bandas del narcotráfico, del narcomenudeo, del crimen organizado, que hace que los niveles de dependencia y de complejidad de las familias que tienen que recaer en ese tipo de sistemas informales de endeudamiento sea de alta gravedad y muy crítico”.

Entre diciembre de 2023 y junio de 2026, el sistema científico-tecnológico perdió 6.400 puestos de trabajo, según el Grupo de Economía, Política y Ciencia y el Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación. De 75.121 trabajadores se pasó a 68.721, lo que equivale a siete puestos científicos menos por día.
El economista Jorge Carrera, haciendo un balance de la coyuntura económica, sostuvo que “objetivamente, hasta ahora ha sido un gobierno con bastante suerte: buenos términos de intercambio, un clima favorable que permitió una cosecha récord, un prestamista de última instancia (Estados Unidos) dispuesto a jugarse por la Argentina y un FMI extraordinariamente laxo, tanto en términos cuantitativos como cualitativos”.
Es importante tener presente lo señalado por Carrera porque la avalancha de datos y testimonios sobre una situación económica interna crecientemente deteriorada resaltan aún más con el trasfondo de un entorno externo relativamente benigno.
Lo que estamos viviendo, con toda claridad, son los límites económicos que tiene un proyecto de redistribución regresiva del ingreso que no encontró hasta ahora límites sociales. Todos los datos sobresalientes de la coyuntura, el endeudamiento, el aumento del desempleo y la pobreza, el estancamiento de la economía, las quiebras que se acumulan, indican al unísono que el arrasamiento de los ingresos populares está llevando a que se agrieten todos los sectores de la economía mínimamente vinculados al mercado interno, incluido el propio Estado nacional.
El disparate de la política económica mileísta consiste en no reconocer algunas verdades básicas del funcionamiento de la sociedad, que no son “keynesianas”, no son una formulación económica ideologizada, sino simplemente verdades que tienen que ver con cómo funcionan las estructuras productivas y distributivas, cómo funcionan las economías modernas basadas en el consumo de masas, un mecanismo de circulación de la demanda que motoriza a toda la estructura productiva y de empleo.
Si eso se ataca, si la política pública utiliza todos los instrumentos disponibles para dañar al consumo, a la inversión y al gasto público, si los ingresos masivos son podados salvajemente, la recesión y luego la depresión son los fenómenos económicos a esperar. Es lo que pasa y lo que tenía que pasar.
El rol teórico del empresario en el capitalismo
En los textos de economía convencional, es decir, textos escritos para fundamentar teóricamente la economía capitalista, se considera que el papel de los empresarios, llamados en jerga técnica “el factor capital”, es realizar la inversión reproductiva, la que permite que toda la estructura productiva cuente cada vez con más maquinarias, equipos y capacidades tecnológicas para incrementar la producción y por lo tanto la riqueza disponible.
En términos de la propia teoría económica neoclásica, el rol social del empresario no se valida por ser bueno, noble o justo, ni benefactor de la humanidad, sino por ser un motor central de la reproducción de la sociedad. En este esquema ideal el empresario es el que apropia el excedente que se crea en el proceso de producción, para inyectarlo nuevamente en el circuito económico bajo la forma de más capital dedicado a producir.
En términos del “contrato social económico”, el trabajador tiene que trabajar para obtener un salario, y el empresario tiene que invertir para reproducir su capital. Si no invierte no cumple su función específica en el capitalismo, dado que la teoría clásica supone un Estado que no participa en la esfera de la producción. Si no hay inversión privada, la economía no crece, y el nivel de vida de buena parte de la sociedad desciende.
Hasta acá la teoría convencional, la teoría hegemónica. Veamos el caso argentino.
¿Por qué no invierten?
Durante la gestión de Javier Milei, la inversión productiva registra niveles muy bajos, insólitamente bajos de acuerdo al relato dominante de buena parte de la derecha económica local. Este sector sostiene, hace décadas, que con reducir el Estado al mínimo –para minimizar el pago de impuestos– y pulverizar a los sindicatos, se eliminan los obstáculos para arribar al verdadero capitalismo. Eliminar la molestia estatal y sindical es una condición necesaria, y queda “solamente” neutralizar cualquier desafío político alternativo, para despejar un largo horizonte de alta rentabilidad. En ese caso, la inversión se volvería indetenible.
Casi todas estas condiciones se han cumplido desde 2023: destrucción sistemática del Estado, debilitamiento de la resistencia del mundo del trabajo y una oposición fragmentada e impotente, en estado de derrota psicológica. Sin embargo, la inversión productiva de los grandes empresarios locales es bajísima.
¿Cómo se explica?
Por supuesto que existen razones económicas claras, y además muy obvias: el gasto público ha sido históricamente un gran motor de crecimiento, que tracciona a numerosos sectores productivos en todo el territorio nacional. No solo aquí. En todo el mundo. La demanda interna, como ya se viene observando, está en declive, lo que genera una dialéctica de contracción infinita. Si los mercados, que son los empresarios, no ven negocios, no van a invertir aunque gobiernen Milton Friedman y Friedrich Hayek.
En un ambiente sombrío y contractivo, en el que están quebrando empresas importantes, muchas están al borde y otras tienen sin utilizar el 50% de sus máquinas, no tiene sentido ampliar la capacidad instalada ni tomar personal.
Las inversiones que se registran lo hacen en actividades muy circunscriptas sectorial y geográficamente, como minería, energía e hidrocarburos, sin impactos relevantes en la industria manufacturera o el comercio minorista. Son enclaves de crecimiento, que no dinamizan ni menos aún desarrollan a la estructura productiva del país.
El espacio de análisis y propuestas Misión Productiva ha señalado recientemente: “La inversión es una variable particularmente sensible a las expectativas. Las empresas invierten cuando perciben oportunidades de crecimiento futuro, demanda creciente, acceso al financiamiento y reglas previsibles. Hoy, buena parte de esas condiciones sigue ausente”. Señalan que “la masa de ingresos formales se encuentra cerca de un 10% por debajo de los niveles de noviembre de 2023 y permanece estancada en niveles históricamente bajos. Esto implica una menor capacidad de consumo para amplios sectores de la población y reduce los incentivos para ampliar la capacidad productiva”.
Al mismo tiempo, “la inversión pública constituye históricamente una parte relevante de la inversión total de la economía. En la Argentina, dependiendo del período analizado, suele representar entre 2% y 3% del PIB y alrededor del 10% al 15% de la inversión total… La decisión del gobierno nacional de paralizar prácticamente la totalidad de la obra pública generó un impacto directo sobre la inversión agregada. No se trata solamente de rutas, viviendas o infraestructura energética que dejaron de construirse. También se frenaron compras de maquinaria, servicios profesionales, transporte, insumos industriales y múltiples cadenas proveedoras”. Aclaran que la construcción privada no ha compensado el hundimiento de la construcción pública.
Agregamos nosotros que el hundimiento de los niveles salariales ha alejado completamente la opción de acudir al crédito hipotecario para la mayoría de los trabajadores.
Misión Productiva sostiene que “el sistema financiero todavía no logró transformarse en una fuente relevante de financiamiento para proyectos de inversión de largo plazo”, situación a la que se agrega “la ausencia de programas específicos de promoción de inversiones, líneas subsidiadas, garantías, esquemas de financiamiento sectorial o instrumentos de banca de desarrollo que acompañen procesos de modernización productiva”.
Si se juntan todos estos elementos explicativos, queda clarísimo que no hay inversiones por parte de los grandes empresarios privados, debido precisamente a las políticas públicas que apoyan y alientan los grandes empresarios privados.
De más está decir que el deporte principal del alto empresariado es echar la culpa a otros actores de la inversión que ellos no hacen. Dirán que la inflación aún persiste, que Milei tiene feos modales, que el kirchnerismo acecha, mentirán que la presión impositiva es abrumadora como en ningún otro lugar del mundo y finalmente se justificarán con la existencia de un extraño y metafísico gen argentino del cual desconfían y del que no se consideran parte.
La calidad de la elite argentina
Hace pocas semanas, la Universidad de St. Gallen, de Suiza, con el respaldo de la Embajada de Suiza y el apoyo de los diarios Clarín y La Nación, presentó en Buenos Aires el capítulo sobre la Argentina del “Índice de Calidad de Élites”. Según consignan los medios, los principales empresarios del país asistieron a este particular evento, convocado bajo el título “Repensar Argentina: El Desafío del Desarrollo Argentino”.
El “Índice de Calidad de Élites”, que la universidad suiza elabora desde 2020, se prepara con una metodología de análisis que se basa en una amplia cantidad de datos contrastables (148 indicadores), recopilados por Saint Gallen de diversas fuentes e instituciones internacionales.
Los académicos responsables del estudio definen a las elites como “grupos reducidos y coordinados que gestionan los modelos de negocio que generan mayores ingresos de una economía”. Y explican: “La forma más intuitiva de entender la calidad de las élites es imaginar la economía como un pastel. Las élites de baja calidad aumentan su porción del pastel a costa de quienes no pertenecen a la élite; las élites de alta calidad hacen crecer el pastel en su totalidad para beneficio de todos”.
El criterio central del índice es el de evaluar a las elites según sean capaces de promover la innovación y la inversión productiva y aquellas que sólo se ocupan de buscar y capturar rentas, sin generar valor.
La hipótesis que guía a la investigación de St. Gallen es que “los modelos de negocio de las elites moldean el destino de las naciones”. El intento de los investigadores suizos de evaluar la calidad de las elites es muy interesante, y presenta tanto fortalezas como debilidades.
Entre estas últimas, cabe señalar que el marco ideológico del estudio es totalmente liberal, absolutamente mainstream, y por lo tanto insospechable de algún tipo de sesgo popular o izquierdista. Por ejemplo, valoran muy positivamente las reformas orientadas a la “integración internacional” –reformas que no son en sí valorables, sino que hay que ver cómo se hacen y qué efectos producen–. También ven muy favorablemente el ajuste (reducción) del gasto público. Nosotros conocemos muy bien qué desastre se está haciendo al aplicar esa consigna ideológica en la Argentina.
Entre las fortalezas del estudio, cabe valorar que en la elaboración del Índice deja de lado el economicismo, e incorpora elementos de análisis político-institucional, como la relación de la elite con el sector público, o la utilización que hacen de su poder las elites.
También es valorable que, a pesar de su marco teórico ortodoxo, son capaces de distinguir entre comportamientos empresariales abiertamente rentísticos y especulativos, y aquellos que promueven algún progreso colectivo más allá de sus propios beneficios.
Este criterio elemental rara vez es utilizado en la discusión pública en la Argentina, donde el bloque del gran empresariado niega que esta diferencia exista. Por el contrario, es habitual que califiquen como anti-empresario a quien formule políticas para promover comportamientos productivos, o tenga en cuenta al conjunto social.
En la actualidad, el índice abarca a 151 países del mundo.
En el ranking publicado este año, Singapur ocupa el primer puesto, seguido por Estados Unidos y por Japón. Recordemos que estamos hablando de la calidad de la elite, no del estado de la economía del país, aunque por supuesto están relacionadas.
Suiza ocupa el cuarto puesto del ranking y Suecia el quinto. China se ubica el puesto número once y es el país que más subió en el último año. Chile es el primer país latinoamericano que aparece en el ranking, en el puesto 37. Vietnam está en el puesto 40. Uruguay en el 49. Perú en el 50. Senegal en el puesto 52. Brasil y México, puestos 54 y 55. Cuba, puesto 69. La República Democrática Popular de Laos en el puesto 78. Ruanda, puesto 83. Bangladesh puesto 89. La detestada por parte de los europeos Rusia figura en el puesto número 90.
La calidad de la elite de Argentina es evaluada por los académicos suizos por detrás de todos estos países, y colocada en el puesto 104, entre Tayikistán y Honduras.

Las pésimas notas de la elite argentina no terminan allí: el indicador de creación de valor económico está en el puesto 128 (recordemos, sobre 151 países) y en la creación de valor del capital, en el catastrófico puesto 142. Esa ubicación contrasta con la evaluación de su poder político: en ese ranking figuran en el puesto 39, y en el de poder económico, en el puesto 60. Es decir, hay una importante divergencia entre el poder que detenta la elite local y lo que aporta a la economía argentina, según la evaluación suiza.
En la presentación pública de ese informe participaron el diplomático Rafael Grossi, director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y candidato de la Argentina para la Secretaría General de las Naciones Unidas (ONU), el sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga, rector del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS); y la bioquímica Raquel Chan, investigadora del Conicet.
En su alocución, Rafael Grossi señaló que el país posee “islas de excelencia” en sectores como el nuclear, espacial, biotecnológico y la agroindustria, que exportan conocimiento al mundo. Citó como ejemplo el Instituto Balseiro y la capacidad de exportar reactores a Australia. Y se preguntó por qué estas islas no han logrado transformarse en un “continente de desarrollo”. Es notable que en las islas de excelencia que señaló Grossi haya tenido un rol fundamental el Estado, salvo en la agroindustria, asentada en especiales ventajas naturales. La respuesta a Grossi es sencilla: las islas de excelencia no se transforman en archipiélagos porque los gobiernos argentinos apoyados masivamente por los grandes empresarios (Menem, Macri, Milei) se dedican prolijamente a bombardearlas, en nombre de los intereses del “mercado”.

Rodrigo Zarazaga fue muy claro cuando planteó que las instituciones argentinas son el reflejo de una “coalición extractivista” que se beneficia de privilegios y reglas de juego que bloquean el desarrollo. Insistió en que “las reglas del juego estarían modeladas por las elites extractivistas” y que “las instituciones terminan siendo un reflejo del poder de esas elites”. Esa observación es sumamente desafiante, porque hay toneladas de literatura, incluso autopercibida progresista, dedicadas a des-responsabilizar a las elites locales, que serían siempre las “víctimas” de las instituciones, o de los vaivenes de la política, o de la corrupción estatal.
Raquel Chan se refirió a la destrucción del sistema científico y tecnológico nacional, a la pérdida de investigadores –provocada ex profeso por el actual gobierno– y recordó que países como Israel o Corea invierten hasta el 5% de su PBI en ciencia, mientras que la Argentina –en la actual gestión– ha retrocedido a niveles del 0,14%.
Es interesante pensar que el mismo público que estuvo sentado escuchando esta presentación sumamente crítica, auspiciada por los grandes medios que han promovido desde sus páginas este estado de cosas calamitoso, son los que aplauden a manos llenas las acciones de demolición nacional que realiza el gobierno de Milei.
Muchos valiosos académicos argentinos (Sábato-Schvarzer, Azpiazu-Khavisse-Basualdo, Nochteff, por citar algunos) lo han señalado desde hace tiempo, sin saber en qué investigaciones andaban los suizos: en nuestro país existe una cúpula empresarial a la cual no le interesa la inversión productiva salvo que la subsidie generosamente el Estado, ni la producción local de tecnología, ni la calidad de sus productos ni de la mano de obra, ni la eficiencia del Estado. Le interesa la baja de impuestos, la destrucción de los sindicatos y los derechos de los trabajadores, y la eliminación de las regulaciones que limitan en algo su rentabilidad.
Milei es exactamente eso. Dijo esta semana ante un auditorio empresario: “Si yo dije que voy a achicar el Estado, ¿qué tendría que pasar con los salarios públicos? Caer. ¿Alguno de ustedes está en contra de que caigan los salarios del sector público? Vamos, si son menos impuestos. Ey, menos hipocresía”.
La historia nacional de las últimas décadas nos enseña que cuando se derrumban sus modelos de negocios por las inconsistencias macroeconómicas y sociales que contienen, siempre cuentan con grandes megáfonos con los cuales aturden a la sociedad con “el riesgo cuca”, “el riesgo enano soviético”, “el riesgo Myriam Bregman” o, si hace falta, “el riesgo Lali Espósito”. No son ellos, sos vos.
Terminar con la anomia económica
Evergrande Group fue el segundo grupo promotor inmobiliario de China. Llegó a tener 200.000 empleados directos y generó más de 3 millones de empleos indirectos. Vendió 12 millones de casas. En 2024 el grupo se presentó en quiebra.
Hace cuatro días Xu Jiayin, el fundador de Evergrande y ex hombre más rico de China, fue condenado a cadena perpetua por un tribunal de Shenzhen. Todos sus bienes personales han sido confiscados.

Fue acusado por fraude en la captación ilegal de fondos, fraude al fisco, malversación de recursos y sobornos corporativos.
Evergrande Group fue multado por un monto de 1.250 millones de dólares y Evergrande Real Estate con aproximadamente 1.000 millones de dólares.
Esto ocurre no porque gobierne el Partido Comunista Chino, que es sumamente amistoso con los exitosos empresarios chinos (ubicados en el puesto 11 en el ranking mundial de calidad de las elites), sino porque hay separación entre el poder político –que conserva su poder punitivo– y el poder económico, que no logró colonizarlo hasta ahora.
De esa forma, se garantiza que haya leyes vigentes para todos, y que cualquier tropelía económica no sea posible. El sistema político envía un mensaje a los “mercados”: se gana plata de cierta forma, pero no de cualquier forma.
Ese es un estadio civilizatorio básico al que deberíamos aspirar a volver en nuestro país.
Porque Milei y su seleccionado empresarial rentista y depredador nos está llevando a la edad de piedra de la economía y de la sociedad.
*Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Fuentes: El Cohete a la luna, portal dirigido por Horacio Verbitsky https://www.elcohetealaluna.com/
www.prensared.org.ar

