Testimonio en primera persona. Tenía 20 años. Cumplía el servicio militar obligatorio cuando fue secuestrado por un grupo de tareas del ejército. Mirando hacia atrás, a 50 años de los hechos, dice que “el golpe no solo destruyó vidas: destruyó una generación. Se llevó a los mejores. A los más comprometidos, a quienes soñaban con un país más justo”.
Por Álvaro Ruiz Moreno*
A 50 años del Golpe del ’76, una memoria que sigue hablando desde la herida abierta y desde la esperanza obstinada. Un testimonio que no se entrega al olvido.
Hay fechas que no pasan. Se quedan incrustadas para siempre en la piel del país, latiendo como una cicatriz que arde cada vez que el calendario la nombra. El 24 de marzo es una de ellas. No es un feriado: es un temblor. Es un luto. Es una verdad que todavía duele.
Y para quienes vivimos el infierno en primera persona, es un viaje inevitable hacia adentro.

En 1976 yo tenía veinte años. Estaba cumpliendo con el Servicio Militar Obligatorio cuando un grupo armado del III Cuerpo de Ejército me secuestró. Veinte días en un calabozo militar. Siete meses vendado, esposado, torturado en el Campo de la Ribera. Un año y medio preso en Sierra Chica. Dos años de exilio forzado en Brasil. Mi familia, mientras tanto, vivía otro calvario del que nunca hablo porque todavía no encuentro palabras que puedan contener tanto dolor.
Hoy, después de tantos años, lo que más me preocupa no es solo el pasado, sino el presente que ese pasado deformó. Porque el golpe no solo destruyó vidas: destruyó una generación. Se llevó a los mejores. A los más comprometidos, a quienes soñaban con un país más justo y estaban dispuestos a darlo todo por la libertad y la igualdad.
Ese vacío —ese hueco irremplazable— todavía condiciona a la Argentina. La crisis actual de representatividad política, la falta de credibilidad, la desilusión social… todo eso también es herencia de la dictadura. El terrorismo de Estado no solo mató: desarticuló el tejido que sostenía la esperanza colectiva.
Hoy veo partidos políticos absorbidos por internas mezquinas, por la obsesión de ocupar espacios sin proyectos, sin principios, sin grandeza. Y mientras tanto, la gente más valiosa se refugia en cooperativas, centros vecinales, clubes, ONG, fundaciones y Foros. Allí donde todavía hay comunidad. Donde todavía hay humanidad.
Durante años sentí que el 24 de marzo debía ser un día de recogimiento íntimo, casi sagrado, no un feriado. Pero algo cambió. Empecé a escuchar a los pibes preguntar. A ver a las maestras explicar. A notar que mucha gente, por fin, se animaba a hablar sin miedo.
Y entendí que tal vez sí: tal vez era necesario transformar el dolor en un acto público de memoria. No para recordarnos el espanto, sino para impedir su regreso. Para que el “Nunca Más” no sea un eslogan, sino una conducta colectiva.
En Córdoba —lo sabemos todos— no hay una sola familia que no haya sido tocada por el espanto. Todos conocemos a alguien. Todos tenemos un nombre en la boca o en el corazón. Es hora de decirlo sin rencor pero sin silencios: la verdad es la única forma de honrar a los que no volvieron.
Que esta fecha nos encuentre lúcidos. Que nos encuentre sensibles. Que nos encuentre responsables del país que les debemos a los que ya no están.
🌹Porque son 30.000.
🌹Porque fue genocidio.
🌹Porque la memoria no se negocia.
🌹Y porque la democracia —con todas sus fallas, con todas sus deudas— sigue siendo la única casa que tenemos para vivir sin miedo.
🌹Nunca Más.
*Abogado y jardinero. Agencia Prensared. En la imagen los jerarcas Luciano Benjamín Menéndez y Jorge Rafael Videla (Foto tomada de Anfibia).
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