Como el mercado cooptó una celebración religiosa y cómo las religiones monoteístas apartan a las mujeres de todo lugar de poder. Una genealogía de la semana santa en clave filosófica y feminista. La cruz evoca el suplicio del hijo de un Dios que entregó a su propio hijo al sacrificio por amor, ¿a quién?, a hijos ajenos. Haría falta un psicoanálisis de la historia para superar -o comprender- semejante tipo de amor. (Sebastián Freire)
Por Esther Díaz*
Los Manuscritos del Mar Muerto -descubiertos por casualidad en las cuevas de Qumrán, a mediados del siglo XX- revelan historias político religiosas de esa región a comienzos del primer milenio. Narraciones cruciales para nuestro imaginario. Ejemplo de ello es el devenir de la celebración de la pasión y muerte de Cristo: de ser acicate propagandístico religioso de los primeros cristianos a ser fetichismo de la mercancía. El poder capitalista no busca satisfacer necesidades reales, busca vender una supuesta realidad.
No importa, entonces, que esa tortura y muerte de un muchacho judío -colono del Imperio Romano- haya ocurrido para bien de la humanidad, según las escrituras. Importa consumir su representación, su imagen, su espectáculo. Como en todos los monoteísmos, se relega a segundo plano a las mujeres. Por ejemplo, santo Tomás de Aquino las considera inferiores y libidinosas, indignas de ejercer el sacerdocio o ser dueñas de su propio cuerpo, por no hablar de las quemas masivas de mujeres -de todas las edades y condición social- acusadas de brujería por monjes célibes de braguetas calientes.
Se conmemora la pasión de Cristo incluso en el reino de lo kitsch y la frivolidad: Las Vegas. Donde el turismo “religioso” vende juegos que reemplazan al Vía Crucis, tales como búsquedas de tesoros (huevos de Pascua escondidos por aquí y por allá), desfile de mascotas, comidas alegóricas y brillante cotillón.
Semana Santa como fetichismo
Se difumina el sentido religioso y se instala una representación para beneficio del mercado. El capitalismo amplía constantemente sus propios límites y los supera. Arremetió sobre Semana Santa -un espacio que se supone religioso- y lo dominó. En parte sigue siendo una evocación consagrada por la fe, pero con el agregado que, desde la Modernidad, es funcional asimismo a la sociedad de consumo.
La celebración cristiana de Semana Santa comenzó en el siglo IV a. C. para difundir valores religiosos mediante un dispositivo seductor. Es la única de las sectas de Judea y Galilea que promete una vida eterna, quizás ese es el motivo de su éxito que atraviesa milenios. La comunidad cristiana -que se constituyó en el siglo I- padeció persecuciones, torturas, asesinatos individuales y matanzas colectivas. Resistió y, con sabia prudencia, trató de sobrevivir hasta escondiéndose en cuevas. Justamente en algunas de ellas se descubrieron los rollos del mar Muerto. Ampliando, así, conocimientos que tenemos sobre el pasado.
Pero, ¿por qué se inventó la Semana Santa? Porque el cristianismo primitivo y, más adelante, su expresión católica, heredaron y modificaron la costumbre romana del espectáculo. La mayoría de la población era iletrada y solo de vez en cuando veía representaciones a cargo de saltimbanquis o vates nómades. El cristianismo, cada vez más fortalecido, comenzó a ocupar el volumen simbólico que otrora perteneciera a los romanos, inventó sus propios espectáculos, como la representación de la muerte y resurrección de Cristo que culmina en la alegría del Domingo de Resurrección.
El cristianismo nos legó como símbolo un elemento de tortura, ¿una guillotina?, ¿una horca?, ¿una piqueta? No, una cruz. Un madero donde se clavan cuerpos humanos vivos y se los deja desangrar hasta morir. Desde antiguo esa tecnología del horror se utiliza como adorno y como objeto de veneración. Evoca el suplicio del hijo de un Dios que entregó a su propio hijo al sacrificio por amor, ¿a quién?, a hijos ajenos. Haría falta un psicoanálisis de la historia para superar -o comprender- semejante tipo de amor. Pero a falta de esa figura, quienes tienen fe (y sé de qué hablo porque fui postulante a monja de clausura) le ofrecen a la divinidad sus propios sufrimientos masoquistas.
La discriminación católica de la mujer
Para fines del medioevo se instauró oficialmente el Vía Crucis, con sus catorces paradas que remiten a los últimos días de Jesús. Ese ritual colectivo, religioso y teatral le otorgaba poder y adherentes a la religión que llegó a ser hegemónica en Occidente y que sigue excluyendo a las mujeres de sus ministerios.
Ni siquiera en Semana Santa logran poder real las mujeres. Cuando mucho (y hace poco) ocupan lugares secundarios en las cofradías que protagonizan los rituales más fascinantes, como las cerebraciones religiosas en España. Donde existen más de tres millones de cófrades, pero no hay registro de las (pocas) mujeres que lograron formar parte de ellos desde espacios sin mucha relevancia.
Sevilla sigue repitiendo cada año las manifestaciones más representativas, numerosas, apasionadas, coloridas y conmovidas por el fervor religioso o la fuerza de la tradición o la atracción turística de un acontecimiento deslumbrante. En los primeros tiempos de la cristiandad, era un imperativo espiritual viajar para esas fechas a Tierra Santa. Pero no mucha gente podía lanzarse a esa aventura. Finalmente fue reemplazada por la celebración de Semana Santa con sus respectivas representaciones locales mediante la teatralidad del Vía Crucis o dramatización del derrotero de Cristo hacía la cruz.
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“Hay una cultura en la que no se contempla a las mujeres como igual al varón, sino como subordinadas, y eso tiene consecuencias en la toma de decisiones”, dice Mercedes López, de la Asociación Mujeres y Teología de Sevilla. En varios grupos religiosos, hay luchas emancipatorias de mujeres que militan por la inclusión. Tienen fe y militancia feminista -como las Católicas por el Derecho a Decidir (CDD)- y bregan por la independencia sexual y reproductiva de las mujeres, por la despenalización del aborto y por la equidad de género. Surgieron en Brasil en el siglo XX y se expanden por Latinoamérica. Luchan por sus derechos y saben que donde crece el veneno puede crecer también la salvación. Pero no para acceder a una vida que trascienda a la vida (hay que tener mucha fe para imaginar ese salto metafísico) sino para invertir los términos y movilizarnos en pos de una vida plena. No sabemos si existe vida trans mundana, pero sabemos que son millones las personas que sufren exclusión y que el “felices los pobres porque de ellos será el reino de los cielos” no es funcional precisamente para los sectores vulnerables, sino que es -y fue- utilizada para domesticarnos mejor.
*Epistemóloga, filósofa y académica. Escribe en Las12. Fuente https://www.pagina12.com.ar/Foto de la columnista.
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