Niños ricos con tristeza

A horas de cambiar de año elegimos reproducir un texto de la sección  “Cuentos de Año Nuevo” que ha publicado Página 12, durante varios años,  con la firma de notables escritores y escritoras.  Como éste, que aparece en la página  19, cuando terminaba el año 2000 y empezaba el 2001.

Por Juan Forn*

Me lo comentó una amiga que vino de visita a casa ayer a la tarde: esta noche, cuando se termine de extinguir el último minuto del 2000, en un canal de cable, empieza 2001. Fíjense en la cartelera de televisión, si no. Yo estaba cerrando las valijas y ultimando los preparativos para partir de vacaciones (las primeras con nuestra hija: mucho bártulo, para lo que estamos acostumbrados a llevar mi mujer y yo en nuestros viajes), cuando ella me lo dijo. “Contame”, le dije yo, “que tengo que mandar algo sobre Año Nuevo para el diario”. Ella se sentó sobre una valija cerrada y quedó pensando, mientras yo iba y venía a su alrededor.

–Nada. Que la primera reacción que tuve, al leerlo, fue la de cualquiera mínimamente cinéfilo: guau, qué buena idea. Pero después pensé: qué tristeza, ¿no? Estar solo frente a la tele viendo 2001 mientras afuera el resto del mundo festeja el Año Nuevo.
–¿Nada más? No me alcanza. No son ni diez líneas.
Mi amiga se quedó pensando un rato más, antes de decir:
–Lo lamento, pero de Año Nuevo no tengo nada. De lo que tengo, si te sirve de algo, es de Navidad. ¿Te cuento?

Por favor, dije yo.

–Esta chica que pusieron a trabajar conmigo hace dos semanas, ¿te acordás que te conté? No importa, es lo mismo. Chica joven, veintipico, veintidós digamos. Recién “emancipada” de los padres, pero como se emancipan esos chicos de ahora: sin una ayudita de papá, no llegan ni a mitad de mes. Digo esto no de mala sino porque así fue como me lo contó ella: salió el tema de los regalos de Navidad y no sé por qué me pareció que ella se ponía incómoda, hasta que de pronto dijo que el padre hace todos los años lo mismo, con ella y sus dos hermanas, desde que eran adolescentes. Un sobre con plata para cada una en el arbolito de Navidad.

Tipo de guita: el sobre tiene siempre mil mangos adentro. Ya te digo: estos chicos de ahora.

¿Cómo era la frase: niños ricos con tristeza? No me acuerdo. La cuestión es que la cosa está brava adentro de la familia: las otras hijas miran con mala cara a mi compañera, por el enfrentamiento que tiene con el padre en este proceso de emancipación; la madre toma partido por ella tímidamente y trata de meterse lo menos posible y el padre, que ya te podés imaginar el perfil con lo que te conté del sobre, está en guerra con la pobre chica. A tal punto que este año, después de pasarse toda la noche con cara de culo por una discusión que tuvo con ella en la mesa, miró el reloj a las doce y un minuto y anunció que se iba a acostar, sin dignarse a esperar que se repartieran los regalos.

Mi compañera salió al balcón, para descomprimir. Se quedó un rato largo mirando los fuegos artificiales hasta que le agarraron ganas de fumar. Espió cómo estaba la cosa adentro, vio que las hermanas y la madre estaban levantando los platos y llevándolos a la cocina y aprovechó para entrar a buscar su cartera. Saca los cigarrillos, el encendedor, y entonces ve el sobre en el fondo de su cartera y decide abrirlo recién ahí. Los mismos billetes de todos los años: nuevitos, crujientes, recién salidos de Casa de la Moneda. Pero hay cinco, en lugar de los diez habituales.

Mi amiga hizo una pausa, esperando mi reacción. Pero yo estaba luchando con una valija que se negaba a cerrar.

–¿No es maquiavélico? –comentó, cuando vio que yo no decía nada.
Qué cosa, dije yo.
–Pescado, ¿no te das cuenta? La pobre chica nunca supo si el padre les puso cinco billetes a todas este año, o solamente a ella, o alguna de las hermanas aprovechó la situación para birlarle los otros billetes. Y tal como están las cosas, se la tuvo que comer sin decir ni pío.
–¿Eso te lo dijo ella?
–Esas cosas no se dicen: se transmiten. Me extraña, che: un escritor.
–No soy un escritor; soy un tipo que no puede cerrar esta valija de mierda.

–¿Podés dejar eso un minuto y escuchar el final?
Podía, por supuesto: cualquier distracción era bienvenida. Me senté sobre la valija rebelde y acepté un trago de la cerveza que me tendió mi amiga. Soy todo oídos, dije.
–¿Sabés lo que hizo ella entonces? Volvió a poner los billetes en el sobre, se asomó a la cocina y se despidió de su hermanas y su madre. Y, en el camino a la puerta, al pasar frente al arbolito, volvió a colgar el sobre en la misma rama de la que lo había sacado. Fin. ¿Te sirve?
Pueden creer lo que sigue o no; a mí me da igual. Pero en el mismo instante en que mi amiga dijo ¿Te sirve o no?, algo cedió bajo mi peso y la cerradura de la puta valija hizo clic. Feliz Año Nuevo para todos. Nos vemos a la vuelta.

*Periodista, editor, escritor, traductor y asesor literario.(1959-2021). Publicado el 31 de diciembre de 2000  https://www.pagina12.com.ar/Foto del escritor P12.

 

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