Lecturas latinoamericanas: “¿Por qué llora esa mujer?”

“¿Por qué llora esa mujer?” es un libro colectivo, coordinado por las escritoras  Ángela Pradelli y Alejandra Correa con prólogo de María Pía López. El texto reúne más de treinta testimonios de mujeres que sufrieron la violencia machista y patriarcal con testimonios a mujeres que padecieron diferentes tipos de violencias, receptados por un  grupo de escritores y escritoras. Trae esas historias silenciadas.

Este 8M nos encuentra según los datos del “Observatorio Ahora que si nos ven”, en la misma situación  que en el 2019, una mujer muere asesinada cada 26 horas en Argentina, y con mayor recrudecimiento en este último mes. Compartimos  el link del libro y el texto  de una de las historias contadas para dejar testimonio. Para, como allí se dice: “No estar solas. Para que otras no estén solas. Para que otres no lo estén”.   

Del libro

¿A dónde van a parar todas las historias sobre las violencias que tallan la vida de las mujeres a sangre y fuego? Algunas aparecen entre los vestigios del discurso de los medios de comunicación, fragmentadas, tamizadas por la ideología del medio en cuestión, las habladurías y la necesidad momentánea de “llenar un espacio”. Otras se pierden en la voraz maquinaria de los relatos judiciales, los testimonios policiales, los sitios donde la historia queda “registrada” por las instituciones. Y finalmente, todas logran atravesar el cerco de la historia propia, para darse a luz como relato en la charla íntima”, dicen las autoras.

“¿ Por qué llora esa mujer?” cuyo título fue inspirado desde aquel poema estremecedor “¿Por qué grita esa mujer?” de la argentina Susana Thénon que en su último verso se pregunta por qué ya no grita esa mujer, víctima de un femicidio.  Las autoras trabajaron tres años junto a un grupo de escritores y escritoras receptando testimonios a mujeres que sufrieron diferentes tipos de violencia -económica, física, psicológica, obstétrica, emocional, jurídica, mediática-. El texto trae en primera persona esas historias que fueron silenciadas y  suceden en las casas, escuelas, familias, ámbitos laborales. “ En el último verso, el poema escribe que la mujer ya no grita. Entonces decidimos ubicarnos antes del grito”, afirman en las Palabras  Iniciales del libro.

El espacio se creó a partir de un grupo en Facebook y un blog que fueron motorizados por una convocatoria a brindar testimonio. “Pensamos en una modalidad colectiva, mediada por las redes sociales, para poder generar un intercambio con una gran cantidad de personas en simultáneo. Un libro que abarcara el compromiso de diferentes personas en pos de un objetivo común: contar la violencia”.

“Queremos hacer de cada libro y de cada red social y de cada muro y cada periódico, sea un conventillo, un espacio para rumorear y para gritar, para saber qué le pasa a nuestras vecinas y decir qué nos pasa, para encontrar auxilio y complicidad, para reirnos juntes, y para darnos la mano cada vez que algo nos da miedo” expresa en el Prólogo  María Pía López

Hubo testimonios de las mismas mujeres que fueron víctimas y ellas quisieron contar, también los hubo las que aparecen con seudónimos para proteger su identidad.  Violaciones, violencia obstétrica, amenazas, golpes, tortura, asesinato, todo entra en este mapa donde la violencia adquiere diferentes formas y nombres, pero circula de una a otra historia. Luego se sumaron los testimonios a los familiares de mujeres asesinadas.

Al libro, de formato digital,   se lo puede descargar dehttp://porquelloraesamujer.blogspot.com/

 

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Labio partido

Por Ana Julio Di Lisio

 

“Me pude enojar mucho después, de más grande.
Ahora, a catorce mil kilómetros, lentamente me
reconstruyo y me acerco sin miedo a ser quien soy, en
otra cultura y en un idioma que no entiendo al cien
por cien, pero está bien así”.

 

Tuve muchas dudas en dar mi testimonio, pero me decidí porque pienso
que puede ser un granito de arena más para poder avanzar en esta lucha.

Nací mujer y primogénita en una familia italiana conservadora. Como eran
los ’80, mis papás no supieron que iban a tener una nena hasta que nací y
desilusioné a muchos familiares sólo al dar el primer respiro. Ni papá ni
su familia pudieron superar el hecho de que yo no hubiera nacido
hombre. “Tuviste una calabaza“, le decían mis abuelos a mi papá.

Cuando yo tenía cuatro años, mi papá me sacó de una reunión familiar
colgando de mi brazo. No me acuerdo bien por qué, sí que me llevó
zamarréandome hasta la barrera de Turdera. Fuimos hasta un lugar en
donde no había nadie y, frente a las vías, ya en el piso, me pegó a
escondidas de todos hasta que me partió el labio.

Las escenas de mis papás discutiendo y las sillas volando para golpearse
eran frecuentes. Luego de esas batallas, se cenaba con toda normalidad
y sin ninguna explicación. Mientras comíamos, veíamos documentales en
silencio. Por esa época yo quería ser astronauta: el espacio se veía
silencioso y tranquilo.

Un verano, cuando yo tenía doce años, estábamos en la casa de mi
abuela paterna y me puse un solero floreado de ella. Para rellenarlo inflé
dos globitos y me los puse adentro del solero como si fueran pechos.
Recuerdo que mi papá vino y me agarró de la cintura para que no me
pudiera escapar. “Qué fuerte que estás“, me decía, y me reventó los
globitos con los dientes. Yo no podía hablar con nadie sobre todo lo que
me estaba pasando, entonces, a esa edad, quise empezar terapia.

La terapia resultó no conveniente para mi papá y al tiempo, amenazó a mi
analista. Tuvimos que tener nuestras sesiones clandestinamente en algún
lugar de Temperley, que mi papá no conociera. Yo le pagaba con los
vueltos que iba recolectando de los mandados. Cuando terminé la
terapia, mi analista me dijo: “Tenés que enojarte, y cuando no haya nadie
más que pueda socorrerte frente a él, andá a la policía“. Pero yo nunca
confié en la policía ya que mi mamá fue varias veces luego de las palizas
que le daba mi papá. Era inútil, nunca pasaba nada.

Yo tenía dieciséis años cuando, una noche en que no podía dormir, me
levanté y fui a la cocina a tomar agua. Allí estaba él, totalmente desnudo.
Ante mi espanto, él actuó con naturalidad y me preguntó qué quería en la
cocina, mientras su pene colgaba laxo y arrugado. Yo volví a mi cuarto,
estaba en shock. Desde la cocina lo oí, “Qué, me preguntó, ¿nunca viste a
un hombre desnudo?

“De chica quería ser astronauta pero cuando terminé la escuela me anoté
en arquitectura.“Esa carrera es para hombres, me dijo mi papá, no seas
estúpida y estudiá una carrera de mujer“.

Por esa época, él estaba saliendo con alguien veinte años menor con
quien tenían relaciones sexuales en nuestra casa sin importar que mi
hermano y yo estuviésemos. Ni siquiera le importaba que escucháramos
todo, inclusive desde nuestro cuarto con la puerta cerrada. Yo le
preguntaba por qué hacía eso. “Para demostrarte lo que es el amor“, me
decía mi papá.

Cuando empecé a estudiar, él se comprometió a pagar mi facultad pero
sólo lo hizo un mes. Tuve que conseguir un trabajo de noche, como
telemarketer, para poder pagar mis estudios.Tuve contacto con él hasta
mis veintitrés años, después de una paliza que me dio en el cuarto del
fondo de su casa donde yo vivía muy precariamente y sin ducha. Me
golpeó porque según él yo era incapaz de invertir mi sueldo
en comprarme una vivienda y “mandarme a mudar”, como lo había
hecho él a mi edad. Eso tenía que hacer yo con mi sueldo, según mi papá,
comprarme una vivienda y no usarlo para pagarme la carrera.

Lo que rescato de este proceso de salvación fueron mis terapias, mis
objetivos firmes de que mis estudios fueran mi conquista personal, mi
mundo, mi salida.

Me pude enojar mucho después, de más grande. Ahora, a catorce mil
kilómetros, lentamente me reconstruyo y me acerco sin miedo a ser
quien soy, en otra cultura y en un idioma que no entiendo al cien por
cien, pero está bien así.

(*) Agradecemos a la escritora Gabriela Bayarri, que nos compartió y sugirió el material para que circule.

Imagen: Ana Correa.

Producción: Centro de Documentación “Juan C. Garat”

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