Lecturas latinoamericanas/El matrimonio de los peces rojos

Todos los viernes del verano, desde Prensared, compartimos cuentos de autoras latinoamericanas que fueron elegidos por periodistas y comunicadoras de Córdoba. Para leer, disfrutar y extendernos en esa vasta geografía humana y social que cada historia cuenta. En esta entrega, la elección fue realizada por la periodista Jimena Massa (*) quien seleccionó  “El matrimonio de los peces rojos”, un cuento de la escritora mexicana  Guadalupe Nettel .

 

Guadalupe Nettel es doctora en ciencias del lenguaje. Es autora de las novelas “El huésped” (finalista del Premio Herralde 2005) y sus posteriores obras “El cuerpo en que nací” y “Después del invierno”, ganadora del Premio Herralde de Novela en 2014. También ha escrito dos libros de cuentos “Pétalos y otras historias incómodas” y “El matrimonio de los peces rojos” (Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero). Ha sido traducida a diecisiete lenguas. Dirige la revista de la Universidad de México de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

***

Ayer por la tarde murió  Oblomov, nuestro último pez rojo. Lo intuí hace varios días en los que apenas lo vi moverse dentro de su pecera redonda. Tampoco saltaba como antes para recibir la comida o para perseguir los rayos del sol que  alegraban su hábitat. Parecía víctima de una depresión o el equivalente en su vida de pez en cautiverio. Llegué a saber muy pocas cosas acerca de este animal. Muy pocas veces me asomé al cristal de su pecera y lo miré a los ojos y, cuando eso sucedió, no me quedé mucho tiempo. Me daba pena verlo ahí, solo, en su recipiente de vidrio. Dudo mucho que haya sido feliz. Eso fue lo que más tristeza me dio al verlo ayer por la tarde, flotando como un pétalo de amapola en la superficie de un estanque. Él, en cambio, tuvo más tiempo, más serenidad para observarnos a Vincent y a mí. Y estoy segura de que, a su manera, también sintió pena por nosotros. En general, se aprende mucho de los animales con los que convivimos, incluidos los peces. Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver.

Oblomov no fue el primer pez que tuvimos en casa, sino el tercero. Antes de él, hubo otros dos del mismo color a los que sí observé y sobre los cuales llegué a informarme con gran interés. Aparecieron un sábado por la mañana, dos meses antes de que naciera Lila. Nos los trajo Pauline, una amiga común, en el mismo recipiente donde murió su sucesor. Vincent y yo recibimos el obsequio con mucha alegría. Un gato o un perrito habría sido un tercero en discordia y un estorbo en nuestro apartamento. En cambio, nos gustaba la idea de compartir la casa con otra pareja. Además, habíamos oído decir que los peces rojos dan buena suerte y en esa época buscábamos todo tipo de amuletos, ya fueran cosas o animales, para paliar la incertidumbre que nos causaba el embarazo.

Al principio, colocamos los peces en una mesita esquinera del salón en donde pegaba el sol de la tarde. Nos parecía que alegraban esa pieza, orientada hacia el patio trasero de nuestro edificio, con los movimientos veloces de sus colas y sus aletas. No sé cuántas horas habré pasado observándolos.

Un mes antes había pedido la licencia de maternidad en el despacho de abogados donde trabajaba, para preparar el nacimiento de mi hija. Nada definitivo ni fuera de lo habitual pero que, para mí, resultaba desconcertante. No sabía qué hacer en casa. El exceso de tiempo libre me llenaba de preguntas sobre mi futuro. Estábamos en la peor parte del invierno y sólo pensar en vestirme para salir a enfrentar el viento gélido, me disuadía de cualquier paseo. Prefería quedarme en casa, leyendo el periódico o acomodando las cosas para recibir a Lila, en esa habitación diminuta que antes había sido el estudio y ahora sería su cuarto. Vincent  en cambio pasaba muchas más horas que antes en la oficina. Quería aprovechar estos últimos meses para avanzar en los proyectos que el nacimiento de la niña iba a retrasar. Me parecía razonable pero lo echaba de menos, incluso cuando estábamos juntos. Lo sentía distante, perdido en su agenda y en sus preocupaciones laborales en las que yo no tenía cabida. Muchas tardes, mientras esperaba a que volviera del trabajo, me senté a observar el ir y venir, a veces lento y acompasado, a veces frenético o persecutorio, de los peces.

Aprendí a distinguirlos claramente, no sólo por los colores tan parecidos de sus escamas, sino por sus actitudes y su forma de moverse, de buscar el alimento. No había nada más en la pecera. Ninguna piedra, ninguna cavidad donde esconderse. Los peces se veían todo el tiempo y cada uno de sus actos, como subir a la superficie del agua o girar alrededor del vidrio, afectaba inevitablemente al otro. De ahí la impresión de diálogo que me producían al verlos.

A diferencia de Oblomov, estos peces nunca tuvieron un nombre. Nos referíamos a ellos como el macho y la hembra. A pesar de su gran parecido, era posible reconocerlos por la complexión robusta del primero y porque sus escamas brillaban más que las de su compañera. Vincent los observaba mucho menos pero también le inspiraban curiosidad.Yo le contaba las cosas que creía haber descubierto acerca de ellos y él las escuchaba complacido, como los aconteceres de la familia extendida que ahora teníamos en casa. Recuerdo que una mañana, mientras preparaba café en la barra de la cocina, me hizo notar que uno de ellos, posiblemente el macho, había abierto sus aletas, que ahora lucían más grandes, como duplicadas, y llenas de colores.

–¿Y la hembra? –pregunté yo, con la cafetera en la mano–. ¿También está más bonita?

–No. Ella sigue igual pero casi no se mueve –dijo Vincent, con la cara pegada al vidrio de la pecera–. Quizás la esté cortejando.

Ese día salimos al mercado callejero que se pone en el bulevar Richard-Lenoir. Una actividad de fin de semana que disfrutábamos mucho. La nieve había desaparecido y, en vez de la lluvia sempiterna, el cielo dejaba intuir la presencia del sol. Lo pasamos bien haciendo la compra pero la mañana no terminó de la misma manera. Cuando ya volvíamos a casa, cargados con bolsas de comida, se me ocurrió pedir que compráramos naranjas y Vincent se negó tan rotundamente que me sentí ofendida.

–Son carísimas en esta época del año –argumentó falazmente–. No podemos permitírnoslo. Parece que no supieras la cantidad de gastos que tendremos cuando nazca la niña. Ya no puedes despilfarrar el dinero como has hecho siempre.

No sé si fueron las hormonas. Las mujeres embarazadas suelen ponerse mal por nimiedades. Lo cierto es que, en menos de cinco minutos, sentí cómo mi vida se cubría de nubes oscuras y amenazadoras. Todos los hombres cumplen los antojos de sus esposas cuando están encintas, me dije a mí misma. Hay quienes piensan que estos caprichos inexplicables reflejan en realidad las necesidades alimenticias del bebé. ¿Qué le pasaba a Vincent? ¿Cómo era posible que se negara así a comprar unas simples naranjas? Intenté volver a casa sin enredarme en una discusión. Sin embargo, después de unos cuantos pasos, tuve que sentarme a descansar en un banco. El abrigo no me cerraba ya y, por sus orillas negras, asomaba un suéter que me pareció viejo, espantoso. Sentí que mis ojos se cubrían de lágrimas. Vincent también lo notó pero no estaba dispuesto a claudicar.

–Nunca es posible darte gusto –dijo–. Hemos venido al mercado para que estuvieras contenta y te pones así por una tontería. Me cuesta creerlo.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no levantarme y comprar las naranjas con mi propio dinero y lo conseguí, pero la alegría ya no volvió en todo el fin de semana. Al regresar a casa, el macho de la pecera seguía con los opérculos erguidos. Su actitud de seducción me pareció arrogante. La hembra en cambio nadaba con las aletas gachas y sus movimientos pausados, en comparación con los de él, me causaron cierta pena.

El lunes salí de casa temprano. Me metí al bar de la esquina y ordené un jugo doble de naranja. También pedí un café crème y un croissant. Pagué todo con la tarjeta común. Después entré en la librería y compré una novela. Estuve una hora probándome ropa en la tienda de tallas grandes que hay en la Rue des Pyrenées, donde encontré un suéter adecuado para remplazar el mío. Volví a casa a mediodía, justo a la hora del almuerzo. Al entrar, fui directa al salón y me asomé a la pecera como quien consulta un oráculo: el macho seguía con las aletas desplegadas pero ahora su compañera acusaba también un cambio físico: a lo largo del cuerpo le habían salido dos rayas horizontales de color pardo. Me preparé una pasta con berenjenas y la comí de pie, mirando por la ventana de la cocina a dos obreros que reparaban el edificio de enfrente. Al terminar, lavé aplicadamente la olla y los trastes que había ensuciado. Después, salí a dar un paseo por el barrio y llegué hasta la biblioteca.

Sentí deseos de entrar pero cerraban los lunes por la tarde, así que volví a casa y esperé a Vincent leyendo mi nueva novela. Cuando llegó, le mostré, algo asustada, las líneas en el cuerpo de la hembra pero a él le parecieron intrascendentes.

Esas rayas son apenas perceptibles y no creo que signifiquen nada. Ni siquiera estoy seguro de que no las tuviera antes dijo.

Cenamos en silencio, un arroz recalentado que llevaba  meses en el congelador. Vincent lavó los platos y al terminar se instaló en el salón donde estuvo trabajando hasta la madrugada. Sin decirle nada, me dediqué a colocar las cenefas con ositos en las paredes del cuarto de la niña, una tarea que teníamos pendiente desde hacía varias semanas y que ninguno de los dos había llevado a cabo. Sólo quería anular uno de nuestros innumerables pendientes. Es verdad que el resultado no fue tan prolijo como hubiera deseado pero tampoco era un desastre. Sin embargo, Vincent se lo tomó como una provocación. Según él, las había colocado disparejas con el único objetivo de hacerlo sentir culpable.

Me lo podías haber pedido. No sé por qué te ha dado últimamente por hacerte la víctima.

La mañana del martes desayunamos en casa un té y una tostada como dos desconocidos que se tratan cordialmente pero, en cuanto él se fue al trabajo, bajé al bar llena de resentimiento y tomé otro jugo de naranja. Después caminé bajo la llovizna hasta la biblioteca. En mis años de estudiante la había frecuentado muchas veces, pero hacía tiempo que no me asomaba por ahí. El despacho estaba situado en la rivera izquierda y, cuando surgía alguna consulta que no pudiera resolver en Internet, iba a la Biblioteca Nacional. A diferencia de esta, en la que casi nunca veía a nadie, la de mi barrio estaba llena de adolescentes, como lo había sido yo misma cuando cursaba el liceo; chicos un poco mayores que se interpelaban a gritos y reían a carcajadas, comían en restaurantes universitarios; gente cuya principal preocupación era pasar los exámenes y estirar el subsidio de sus padres, o del gobierno, hasta el final del mes. Por lo general, las personas de esa edad me despertaban, al menos desde hacia un par de años, cierta condescendencia y por eso me sorprendió sentir envidia aquella mañana. Estaba por empujar la puerta de la entrada cuando uno de ellos, que llevaba un pañuelo rojo y blanco alrededor del cuello, tropezó con mi barriga.

-Disculpe, señora -dijo disminuyendo apenas el paso. Más que mi estado de preñez, su tono falsamente compungido subrayo -o eso me pareció- la diferencia de edad entre nosotros.

Una vez dentro, me dirigí a la sección de Ciencias Naturales hasta dar con el Diccionario enciclopédico de animales marinos, y busque nuestros peces. Descubrí que pertenecían a la especie de los Betta Splendens, conocidos también como «luchadores de Siam», y que eran originarios del continente asiático, donde suelen poblar las aguas estancadas. Los especialistas los clasifican entre los laberínticos por un bronquio en forma de rizoma, situado en su cabeza, que les permite respirar un poco de aire sobre la superficie del agua. Según el artículo, una de sus características más notorias era su dificultad para la convivencia. El diccionario no abundaba en detalles sobre ello ni tampoco sobre el mantenimiento de los peces. Si quería consejos para su cuidado debía buscar otra fuente. Tampoco hablaba de las rayas que habían aparecido en el lomo de la hembra.

 

Estuve mirando otros libros sobre peces y seleccione un par para llevármelos. Llené las hojas para la inscripción y para el préstamo. Por ingenuo que parezca, me ilusionó volver a ser usuaria de esa biblioteca. Estaba lloviendo mucho cuando intenté salir para volver a casa. Así que me entretuve un momento en la estantería de la entrada, donde se ponen a disposición del público los suplementos y revistas del mes. Las revise por encima, sin decidirme a leer ninguna. Estaban todas, desde Magazine Litteraire hasta Marie-Claire. Esta última anunciaba en la portada un artículo que parecía dirigido a mí: Embarazo. ¿Por qué nos abandonan justo en este momento? Pensé que la lluvia podía durar horas y que quizás debía regresar a casa a pesar de ella. En esas estaba, cuando sonó mi móvil. Era Vincent pidiendo disculpas por su actitud egoísta. Había ido al apartamento con la intención de que comiéramos juntos. «Pasé por el italiano que te gusta y compre lasaña. También te traje naranjas». Cuando supo dónde estaba, propuso ir a buscarme a la biblioteca. Volvimos abrazados a casa, debajo de su gran paraguas azul con nubes blancas. Los restos del desayuno seguían sobre la barra de la cocina. Vincent saco los manjares de su bolsa y los calentó en el microondas. Mientras comíamos y se servía dos copas de vino, le conté mis descubrimientos sobre nuestras mascotas. Nos reímos de la pareja que nos había traído Pauline, tan estrafalaria y compleja como ella. Al terminar de comer, hicimos el amor. Una de las pocas veces que nos sucedió durante el embarazo. Fue un polvo breve y tierno pero no exento de deseo. Vincent se despidió de mí en la cama con un beso y regresó a la oficina. Minutos más tarde, mientras me vestía frente al espejo de mi cuarto, noté una línea marrón situada exactamente en la mitad de mi vientre.

Pase la tarde leyendo en el sofá y observando la pecera. Aunque no eran tratados científicos, los libros que había sacado de la biblioteca proporcionaban una información más práctica que el Diccionario Enciclopédico. Ambos se dirigían a un público joven o por lo menos no muy versado en el tema. En uno de ellos, encontré información sobre los Betta splendens. El autor del libro explicaba detalles de su cuidado y reproducción. Decía, por ejemplo, que el despliegue del opérculo implica en los machos la voluntad de aparearse, y lo violentos que pueden ponerse de no ser correspondidos. Pero eso no era lo peor. Los describían como peces sumamente combativos. De ahí que se les denominara comúnmente como «luchadores». En algunos países, se usan incluso como animales de pelea y se les sube al ring, de la misma forma en que, en occidente, se utiliza a los gallos para ganar apuestas. Mientras leía aquello, sentí algo semejante al rubor. La sensación que produce enterarse de las facetas oscuras de nuestros conocidos sin su consentimiento. ¿De verdad deseaba saber todo eso acerca de nuestros peces? Concluí que sí. Más valía estar advertido y, en lo posible, evitar cualquier accidente. El libro desaconsejaba tener a dos machos en una misma pecera por grande que fuese. Un macho y una hembra tenían, en cambio, más posibilidades de sobrevivir juntos, a condición de contar con suficiente espacio, por lo menos cinco litros. Mire nuestra pecera, la cantidad de agua era ridícula. «En situaciones de estrés o de peligro», seguía diciendo el autor, los betta desarrollan rayas horizontales contrastantes con el color de su cuerpo.

Cuando llegó mi marido, hacía más de una hora que dormía en el sofá. Vincent cerró los libros, cuidando de señalar las páginas que yo había dejado abiertas, y me despertó con mimos para que me fuera a la cama. Sin embargo, antes de acostarme, quise enseñarle lo que había leído acerca de nuestros peces.

-Es muy peligroso dejarlos en ese recipiente -le dije-. Pueden hacerse mucho daño. ¿Te imaginas que llegaran a matarse? Le hice prometer que los cambiaríamos a un acuario, con oxígeno y algunas piedras donde ocultarse cuando no tuvieran ganas de verse las caras. El accedió divertido.

-Ahora te has obsesionado con esto -dijo-. Cuando te reincorpores al despacho, debes especializarte en derechos de los animales. Pasaron varios días antes de que sacáramos a los peces de su recipiente. Días tensos para ellos pero también para nosotros, pues a Vincent no acababa de agradarle la idea de reducir el salón con un acuario.

-¡Esto va a parecer un restaurante chino! -soltó una vez, resignado, a sabiendas de que no había negociación posible en ese terreno.

Mientras estaba en casa, yo no podía dejar de vigilarlos, como si con aquella mirada, severa y quisquillosa, hubiera podido evitar una inminente confrontación. Toda mi solidaridad, por supuesto, la tenía ella. Podía sentir su miedo y su angustia de verse acorralada, su necesidad de esconderse. Los peces son quizás los únicos animales domésticos que no hacen ruido. Pero estos me enseñaron que los gritos también pueden ser silenciosos. Vincent adoptaba una posición más neutra en apariencia, traicionada sin embargo por comentarios humorísticos que soltaba de cuando en cuando: «¿Qué le pasa a esa hembra? ¿Esta en contra de la reproduccion?» o «Mantén la calma, hermano, aunque te impaciente. Recuerda que las leyes de ahora están hechas por y para las mujeres».

Mientras, la bebé flotaba en el líquido amniótico dentro de mi vientre. En la última visita al ginecólogo nos habían dicho que estaba «encajada» y era exactamente eso lo que yo sentía en las caderas. En ocasiones, en medio del silencio de la tarde, escuchaba crujir mis huesos del sacro. Había pasado la semana treinta y cinco. Era cuestión de días. Cuanto más lo pensaba, mayor era también mi necesidad de que las cosas estuvieran en orden dentro del apartamento y la verdad es que todo estaba listo, excepto la relación entre nuestras mascotas. Por eso me empeñé en comprar la pecera ese fin de semana. El hogar que conseguimos para nuestros betta fue un acuario verdadero, con capacidad para diez litros de agua, como recomendaba el libro, estrecho en la base pero alto para que cupiera en la biblioteca. Fue idea de Vincent que lo colocáramos ahí, donde ocupaba un estante entero pero sin reducir ni un centímetro la superficie del salón. Tuve que desplazar al sótano varias versiones del Código Civil a favor de los luchadores de Siam que hasta entonces, quizás informados de nuestras gestiones pacifistas, se habían mantenido tranquilos. Lo cierto es que descansé cuando, después de varios intentos fallidos y la visita de un técnico, los peces quedaron instalados y la hembra tuvo, por fin, una cueva donde esconderse.

Lila nació esa misma semana, en la Clinique des Bleuets, situada a unas cuadras de la casa, una de las pocas materni­dades públicas donde se practican partos en agua. Recuerdo la cara de horror que puso Vincent cuando nos lo propusie­ron. «Sólo faltaba eso», dijo haciendo alusión a nuestras mascotas. A mí, en cambio, no me pareció un despropósito. Muchas veces, había oído decir que para los niños nacer bajo el agua es menos traumático que venir al mundo en una cama de hospital. Me habría gustado probar. Sin embargo, lo último que quería en ese momento era contrariar a Vincent. Lila vino al mundo a las nueve de la noche, después de ocho horas de trabajo de parto, siete de las cuales ocurrieron den­tro del hospital, en una habitación impersonal con olor a des­infectante. Mientras padecía el dolor de las contracciones, trataba de imaginar que, en vez de estar ahí, me encontraba en el mar de Bretaña, sacudida por unas olas inmensas. Más tarde, cuando se llevaron a la niña para hacerle los análisis y me dejaron descansar en la sala de recuperación, escuché los comentarios entre los enfermeros que nos habían atendido. Uno de ellos dijo:

-El parto de la pequeña Chaix estuvo bien pero hay que ver lo tensos que estaban sus padres. Sólo de estar con ellos, todos acabamos exhaustos.

Me molestó que se expresaran de esa forma acerca de nosotros mientras yacía en la camilla, desnuda bajo la sá­bana, separada apenas por una cortina blanca. Sin embargo, más allá de su falta de tacto, me interesó la lectura distan­ciada que hacían del evento. Me dije que, después de todo, quizás no les faltaba razón.

Durante el embarazo, y creo que a lo largo de toda mi vida, había imaginado los primeros días en casa, después del nacimiento de un hijo, como los más románticos y ma­ravillosos que podía vivir una pareja. No sé exactamente cómo son en general esos días para el resto de la gente, sólo puedo decir que en mi caso no lo fueron en absoluto. Adap­tarnos a la falta de sueño y a la delicada tarea de ocuparse de un bebé implicó un esfuerzo casi sobrehumano. Nunca antes había comprendido con tanta claridad la importancia del descanso ni por qué a los prisioneros que van a ser in­terrogados a menudo se les tortura impidiéndoles dormir. Me costaba imaginar que, generación tras generación, las personas pasaran por eso, como si ser padre de alguien fuera la cosa más elemental y lógica del mundo. Tanto mi marido como yo teníamos miedo de dañar a la niña. Bañarla, vestirla, limpiarle la herida del cordón umbilical eran proezas que nos llenaban de inseguridad.  A mí me parecía cruel que, después de haber pasado nueve meses pegada a mi cuerpo, durmiera fuera de nuestra cama desde el primer momento. En cambio para Vincent se trataba de una regla elemental de supervivencia. Intentamos las dos cosas pero, de todas maneras, los desvelos cada dos horas -esa era la frecuencia con la que había que darle de comer y cambiarle el pañal- nos resultaron insoportables. Parecíamos dos zombies irascibles a quienes hubieran en­cerrado con llave en un apartamento. Casi no hablamos durante esos días. Nos turnábamos para dormir y siempre sentíamos que era el otro quien lo hacía más. Yo me es­forzaba hasta el máximo de mis posibilidades, pero nada parecía suficiente. Mi marido me acusaba con indirectas de no ocuparme de la niña como una madre ejemplar y yo le reprochaba sus recriminaciones. En todo ese tiempo, fue él quien se encargó de cuidar el acuario.

Las cosas mejoraron cuando Vincent regresó a la oficina. Es verdad que debía ocuparme de la niña a jornada completa pero ya no discutíamos sobre si lloraba por hambre o por frío. No tardé mucho tiempo en encontrar un ritmo, una rutina que empezaba con darle el pecho por las mañanas, cambiarle el pañal y con frecuencia la ropa, un breve paseo en cochecito cuando no estaba lloviendo, más pecho, alguna actividad de desarrollo motriz, baño, etc. Es verdad que a veces Lila dormía bien y entonces aprovechaba para prepa­rar la comida, lavar la ropa y los trastes, ordenar un mínimo el apartamento. Sin embargo, la mayoría de las veces no sucedía así. Según el pediatra, sufría cólicos terribles, aun­que normales para su edad, y había que consolarla de alguna manera: mecerla, cantarle, ayudarle a conciliar el sueño.

Generalmente, mi marido volvía de la oficina a la hora del baño. Se ocupaba de secarla, ponerle el piyama y prepararla para la noche. Después de la última toma, él intentaba dormirla. Pasaba horas en eso. Cenábamos tarde, casi siem­pre agotados. Ninguno tenía ánimo para conversar. A veces me empeñaba en hacer preguntas acerca de su trabajo o de contarle alguna cosa entretenida que hubiera visto en la calle mientras paseaba el cochecito de Lila, pero era inútil. Vincent sonreía y en eso quedaba todo. Del sexo mejor ni hablar. Desde el nacimiento, nos había sucedido apenas un par de veces y en estado de sonambulismo. Como todo el mundo, Vincent tenía sus inseguridades y entre ellas estaba el ser un mal padre. Recuerdo que en una ocasión en que arrullaba a la niña sin éxito, le ofrecí remplazado. Mi propósito era simplemente que cenáramos temprano y que, por una vez, no se enfriara la comida. Sin embargo, lo recibió como un insulto.

-¿Vas a decir ahora que esto también lo hago mal? De­berías aprender a callarte la boca. Yo no me paso la vida señalando tu torpeza y tus incontables errores.

Traté de explicarle mi punto de vista pero fue inútil. La discusión fue aumentando velozmente de tono y no se detuvo hasta que mi marido salió de la casa con un portazo. Yo me quedé meciendo a Lila, que esa noche tardó un poco más en quedarse dormida.

Muchas personas vinieron a visitarnos durante ese pri­mer mes. Algunas amigas y familiares míos se ofrecieron para acompañarme unas horas en ausencia de Vincent. La mayoría, sin embargo, aparecía los fines de semana para en­contrarnos a ambos. Fue un periodo extraño durante el cual volvimos a ver gente que no frecuentábamos. Todos traían regalos para nuestra hija, ropa, juguetes, utensilios nuevos o de segunda mano que ellos mismos habían comprado y que ya no les servían. Ni mi marido ni yo nos atrevíamos a rechazarlos, ninguno de los dos sabía tampoco dónde meterlos. El armario de Lila era muy estrecho. Un domingo por la mañana, Vincent anunció que ese día no íbamos a recibir a nadie. Aunque la idea me parecía comprensible y la apoyaba en mi fuero interno, me molestó que decidiera por ambos, y se lo hice saber. Pasamos la mañana entera sin dirigirnos la palabra. Por la tarde, Vincent se entretuvo separando todos los regalos que según él no eran útiles, con la misma arbitrariedad de antes. Yo permanecí encerrada con la niña en mi habitación, pretextando dormirla y, en los momentos de calma, me dediqué a mirar los peces. ¿Cómo la estarían pasando?, ¿qué acontecimientos habían tenido lugar en su vida subacuática mientras nosotros nos ocu­pábamos de los nuestros? Se habían mantenido tranquilos todo ese tiempo o, al menos, esa era mi sensación. Si hubo algún roce entre ellos o alguna pelea, pasaron inadvertidos. Me pregunté si la hembra había tenido otro periodo de celo. Cuánta sabiduría vi entonces en la naturaleza: ese animal era consciente, vaya a saber cómo, de que no era buena idea quedar encinta, ni siquiera contando con un espacio tan amplio y bien acondicionado como el suyo. Me pregunté también si lo que la disuadía era el espécimen con quien cohabitaba o si bajo ninguna circunstancia, ni siquiera con otro, hubiera aceptado reproducirse.

Ese mismo domingo, mi madre llamó de Burdeos para anunciar que venía a conocer a su nieta. Pensaba pasar una semana en París y quería saber si podía quedarse en casa o si, por el contrario, preferíamos que se hospedara en un hotel. Le dije que iba a consultarlo y que le llamaría por la mañana para darle una respuesta. Después le pasé el auricular a Vincent para que la saludara. Sin embargo, él no quiso esperar al lunes antes de dar su opinión: «Lo siento, querida suegra, pero esta vez tendrá que quedarse en otra parte». El tono de irritación con el que se dirigió a mi ma­dre me hizo estallar.

-¿Con quién crees que estabas hablando, especie de gou-jat? -le grité, apenas colgó el teléfono, mientras le arrojaba a la cara uno de los regalos que había decidido guardar. Los gritos despertaron a Lila y esta se puso a llorar escan­dalosamente, enrareciendo la atmósfera aún más. Cuando por fin conseguí calmarla, me fui a la cama con la certeza de haber violado una frontera infranqueable. Vincent pasó aquella noche en el sofá y yo dormí en nuestra cama, abra­zada a la niña.

Mamá se hospedó en el Hotel de la Paix, situado a pocas cuadras de nuestro edificio. Una vez que Vincent se mar­chaba a la oficina, llegaba a nuestro apartamento y se que­daba conmigo todo el día, ayudándome con la ropa, con la limpieza y con el cuidado de Lila. Pocas veces estuvimos tan cercanas. Antes de las siete, dormíamos a la niña y nos tomábamos un té, conversando acerca del matrimonio y sus dificultades o de los grandes retos que habían tenido los diferentes miembros de mi familia. Mi madre había tenido tres hijos y sobrevivido a eso. Por una vez me sentía completamente abierta a recibir sus consejos. Ninguna de esas tardes aceptó quedarse hasta la llegada de Vincent. Es más, noté que hacía lo imposible por borrar cualquier evidencia de su paso por el apartamento. Él por su parte aprovechó la visita para volver un poco más tarde y así avanzar en su trabajo. En cuanto mamá se iba, me ponía a cenar frente al televisor. Ya casi no observaba a los peces. Mirar mucho tiempo el acuario me ponía mal. La vida de esos dos seres conflictivos me entristecía. A su llegada, mi marido me encontraba en la cama con algún libro en la mano o recién dormida. Sé que no era la situación ideal para una pareja, pero al menos así estábamos tranquilos y habría dado lo que fuera para que ese periodo se prolongara indefinidamente. El sábado como a las diez, mi madre y yo fuimos a buscar a papá a la estación. Venía a pasar unos días con nosotras y, por supuesto, a conocer a su nieta. Ese fin de semana hizo en París un clima inusitado para el mes de marzo. Estuvimos mucho tiempo en la calle, caminando por el Marais y por la Place des Vosges. El domingo lleva­mos a Lila a conocer el jardín de Luxemburgo. A ninguno de esos paseos nos acompañó Vincent. Ni siquiera se dignó a despedir a mis padres. Luego de su partida, nuestra rela­ción no mejoró. Siguió llegando después de la cena y aquel horario, al principio excepcional, terminó por convertirse en el de siempre.

Justo por esos días, mi licencia en el despacho llegó a su término. Llamé para negociar mi reincorporación y, des­pués de varias evasivas, me explicaron que las cosas se habían complicado tras la llegada de mi sustituta temporal, al parecer una joven eficaz y muy capacitada. No lo expre­saron claramente, pero entendí que no querían una abogada que tuviera otra clase de prioridades. Pedí una cita con el director pero se encontraba de viaje. A partir de entonces, la vida doméstica comenzó a parecerme insoportable. Ya no veía mi estancia en casa como un periodo transitorio hacia la condición de madre trabajadora, sino como una suerte de cárcel domiciliaria que podía prolongarse indefinidamen­te. Me sentía infeliz y sobre todo sola. Las vacaciones de pascua se acercaban y en las paradas de autobús, así como en los anuncios de la calle y de la televisión, las agencias de viaje bombardeaban a los espectadores con imágenes de familias felices, vacacionando en playas del caribe o del océano índico. Vincent tenía libre una semana y le propuse salir de París. Cuando terminé de hablar, me miró como si hubiera dicho una insensatez.

-Las arcas están vacías -dijo-. Ni siquiera sabemos si volverás a trabajar.

Le sugerí entonces viajar al suroeste y hospedarnos en la casa de mis padres.

-Ve tú sola con la niña. Les vendrá muy bien tomar un poco de sol y a mí quedarme a dormir en casa.

No escuché ni una pizca de ironía en ese comentario y por eso acepté su propuesta. La semana que Lila y yo pasamos en Burdeos fue un verdadero oasis. Desde la mañana hasta la hora de la cena, mis padres se ocupaban de absolutamente todo. Dormí como no había hecho en meses y me recuperé en gran medida del cansancio acumulado. También mis hermanos viajaron a la casa familiar con sus numerosos hijos. Nadamos en la piscina y el domingo de pascua buscamos los huevos de chocolate según la tradición inglesa. Casi todas las tardes, Vincent llamaba preguntando por su hija. En el teléfono, su voz era cariñosa y atenta como en los años anteriores a su nacimiento. Me dije que habíamos hecho bien en descansar el uno del otro. En ese ambiente idílico, conseguí olvidarme del despacho y me sentí verdaderamente alegre. Muy pronto, sin embargo, llegó el momento de volver. No tenía ninguna obligación de hacerlo, ni siquiera deseos de recuperar mi trabajo o mi vida cotidiana. Mis padres estaban encantados con nuestra presencia. Si regresé a casa fue para estar con Vincent. Él tenía muchas ganas de abrazar a su mujer y a su hija -al menos eso me dijo- y yo de estar bien con él. Cuan­do el tren emprendió su marcha y vi a mis padres despedirse por la ventanilla, me costó no echarme a llorar.

Vincent fue a buscarnos en el coche. A pesar de sus con­tinuas sonrisas, lo noté nervioso. Debían de ser alrededor de las nueve. Estaba lloviendo, por supuesto. Recuerdo las luces de los faros reflejadas en el pavimento. Lila iba dormida en su sillita. Después de hacer las preguntas de rigor: «¿Cómo han estado?, ¿qué tal el trayecto?», anunció que tenía algo que contarme antes de llegar a casa.

-Se trata de los peces -dijo-. Hace dos días tuvieron una pelea y ambos están bastante lastimados.

Después me explicó los detalles: la mañana del viernes los había encontrado flotando en el acuario.

-No sé bien qué hacer con ellos. Lo único que se me ocurrió fue separarlos. Saqué al macho con la redecilla y lo puse en la pecera de vidrio que nos regaló Pauline. Mañana vendrá el experto.

-¿Sabes si ella estaba en celo? -pregunté yo, tratando de adivinar los motivos-. ¿Viste alguna raya oscura en su cuerpo?

Pero Vincent negó cualquier despliegue de aletas colo­ridas como el de la vez pasada.

Nunca en todos los años que llevaba viviendo en aquel piso, lo había encontrado tan desolado. Me pareció que el acuario despedía un olor a podredumbre. Es verdad que los peces se veían heridos pero mucho menos de lo que había imaginado en el camino, mientras escuchaba el relato de Vincent.

Lo que más me entristeció esa noche y los días siguien­tes fue ver a nuestros peces separados. Tenía la sensación de que también a ellos les afectaba la distancia y que se echaban de menos.

-¿Cómo es posible que teniendo un acuario tan grande y tan bonito no logren mantenerse en paz? -le pregunté a mi marido una tarde, mientras mirábamos al pez dando vueltas como un loco en el viejo recipiente, situado ahora sobre la barra de la cocina.

-Tal vez no sea cuestión de espacio -contestó él-, sino de su propia naturaleza. Recuerda que son peces betta.

Me di cuenta de que había estado reflexionando bastante acerca del asunto.

-Otros peces -siguió diciendo- se sienten libres en pe­ceras muy estrechas. Las ven como universos claros y lle­nos de color. Cada rayo de sol representa para ellos un mundo de posibilidades. Los peces betta, en cambio, pueden ver estrecha la pecera más amplia. Siempre les falta espacio y se sienten amenazados incluso por su pareja. Con toda esa presión encima interpretan la existencia del otro. No me lo estoy inventando, lo leí en uno de los libros que sacaste de la biblioteca y que por cierto aún no has devuelto. ¿Sabes a cuánto asciende la multa por cada día de retraso?

-Es un drama -dije yo, totalmente en serio-. Estoy con­vencida de que nuestros peces se aman, aunque no puedan vivir juntos.

¿De dónde sacaba esa conclusión? Yo misma no tenía ninguna idea. Pensé un poco en nuestra pareja de peces. Me pregunté con qué criterio los habían elegido en la tienda de mascotas para compartir el recipiente que le habían dado a Pauline. Probablemente ninguno más que el azar o la dife­rencia de sexos. Quizás habían nacido en el mismo acuario y entonces se conocían desde antes. O, por el contrario, tal vez no se habían visto jamás, antes de entrar en aquella pecera redonda que habían compartido tan estrechamente. ¿Podía hablarse de destino en el mundo de los peces?

Ya sé que dicho así suena como un disparate pero mis peces sufrían al estar separados y de eso estoy completamente segura. Podía sentirlo con la misma claridad con que en otras ocasiones había sentido el miedo de ella y la arrogancia de su compañero. Me dije que lo más probable era que, viviendo juntos, y a pesar de la negativa de la hembra a reproducirse, hubiesen desarrollado algún tipo de cariño o dependencia afectiva. De ahí el decaimiento que manifestaban desde el día de la pelea.

Nuestro macho permaneció castigado varios días en menos de cinco litros de agua y sin una sola piedra detrás de la cual esconderse. Habíamos acordado mantenerlo ahí mientras decidiéramos qué hacer con ellos. Sin embargo, mi marido siguió llegando tarde de la oficina y, en toda la semana, no encontramos ningún momento para discutir el destino de los peces. El jueves planteé el asunto a la hora de la cena. Vincent me dejó desconcertada con su respuesta:

-A mí, en realidad, me parece una aberración que sea­mos nosotros quienes decidamos por ellos. Es como insti­tuirse en juzgado de lo familiar.

Más que una broma, consideré su comentario una eva­siva. En el fondo no era extraño. Llevaba meses escabulléndose.

El viernes no pude más y actué arbitrariamente. Con ambas manos cogí el cuenco de Pauline y, de un chapuzón, devolví el pez al acuario matrimonial. Después, acerqué mi cara al vidrio para ver lo que sucedía: pasado el torbellino, el macho nadó hacia abajo, a unos pocos centímetros del librero y, al llegar ahí, dejó de moverse. Ella, en cambio, siguió actuando de la misma manera que antes. Ni se acer­có a él ni cambió sus movimientos. Poco a poco, este fue recobrando la movilidad y también sus hábitos de antes. Pasaba mucho tiempo entre las algas del fondo hasta que, en la superficie, aparecía la comida. Entonces subía como un torpedo, mucho más rápido que su compañera y devo­raba todo cuanto su estómago le permitía.

La solución que el director del despacho encontró para mi caso fue prolongar la licencia de maternidad gracias a un nuevo permiso, con goce de sueldo. Para eso yo debía firmar una carta en la que declaraba sufrir depresión postparto. El diagnóstico médico lo consiguieron ellos. No puedo des­cribir la inseguridad que el asunto me produjo. El arreglo mostraba buena voluntad por parte del director pero ningún aprecio por mi desempeño profesional. Si lo pensaba un poco, era obvio que no habría trabajado ahí durante cuatro años de ser una mala abogada. Sin embargo, saber esto no era suficiente. No me libraba de la sensación de haber sido tratada con injusticia. En algún momento pensé en la posi­bilidad de demandarlos por sexismo pero no me sentía con ánimos de entrar en un combate tan largo e incierto como ese. A Vincent el acuerdo no le pareció tan malo: la cantidad que ofrecían era apenas inferior a mi sueldo.

-Tómalo como unas vacaciones de seis meses -dijo, tra­tando de convencerme- Mientras tanto, puedes buscar otra cosa. Ya verás que encontrarás un trabajo mejor.

El diagnóstico del médico terminó convirtiéndose en una realidad o casi. Yo no sufría, por supuesto, de depre­sión postparto pero sí de un abatimiento profundo y de un mal humor permanente. Lo extraño es que Vincent mos­trara los mismos síntomas, aunque no hubiese parido ni tampoco perdido el empleo. Quizás si hubiera ocurrido una desgracia mayor -la muerte de algún padre, una en­fermedad grave, nuestra o de la niña, la pérdida verdadera de nuestros recursos financieros- la sacudida habría sido suficiente como para unirnos estrechamente o, al menos, para mirar las cosas desde otra perspectiva. Sin embargo, en esas aguas estancadas en las que Vincent y yo nos mo­víamos, nuestra relación siguió su curso paulatino hacia la putrefacción. Ya nunca reíamos juntos, tampoco nos la pasábamos bien de ninguna manera. El sentimiento más positivo que llegué a tener hacia él en varias semanas fue de agradecimiento cada vez que preparaba la cena o que se quedaba en casa cuidando a Lila para que yo pudiera ir al cine con alguna amiga. Era una bendición contar con su relevo. Adoraba a mi hija y, en general, disfrutaba mu­chísimo su compañía. Sin embargo, también necesitaba pasar momentos sola y en silencio, momentos de libertad y recreo en los que recuperaba, así fuera durante un par de horas, mi individualidad. El mundo se había acomodado de otra manera desde que éramos tres y, en esta nueva con­figuración, resultaba impresionante cómo la paternidad se había comido lo que quedaba de nuestra pareja. Comparado con un río, incluso con un estanque pequeño, un acuario, por grande que sea, es un lugar muy reducido para seres insatisfechos y proclives a la infelicidad como los betta. Las mentes de algunas personas son semejantes. No hay espacio en ellas para los pensamientos alegres ni para las versiones hermosas de la realidad. Así estuvimos nosotros durante los meses que siguieron, viendo siempre el lado más sombrío de la vida, sin apreciar o regocijarnos lo su­ficiente con nuestro bebé y la maravilla de su existencia, por no hablar de una infinidad de acontecimientos nimios como la salida del sol, nuestra salud, la suerte de tenernos el uno al otro.

A finales de mayo, cuando el calor empezaba a sentirse incluso por las noches, Lila sufrió una infección intestinal que le subió la fiebre a casi cuarenta. Vincent había llama­do varias veces desde la oficina preguntando por su hija. Estaba enfrascado con una auditoría que le imposibilitaba regresar a casa.

-Tendré que quedarme hasta tarde esta noche -había dicho- pero no te preocupes, en cuanto llegue me ocuparé de ella y podrás dormir.

Yo tenía el auricular en una mano, mientras con la otra sumergía a la niña en la bañera de plástico intentando evitar el uso de los antipiréticos. No tenía cabeza para analizar su tono de voz ni tampoco el entorno sonoro desde el cual me estaba hablando. Lo cierto es que, a pesar de mis nu­merosos intentos por comunicarme con él, mi marido no volvió a hacer ninguna otra llamada. Ni siquiera mandó un mensaje para decir que estaba vivo. Su silencio se prolongó hasta las seis de la mañana. Mientras tanto, conseguí bajar la fiebre de Lila y esta se durmió definitivamente a partir de las doce. Yo esperé desconcertada, dando vueltas en el apartamento hasta que en la cerradura de la puerta escuché por fin la presencia de la llave.

-Estaba muy preocupada por ti -le dije sinceramente-. ¿Dónde te habías metido?

Vincent explicó que después de la auditoría, los com­pañeros de su oficina habían ido a celebrar a un after el final de aquella semana espantosa. Según él, había pensado quedarse sólo media hora y volver a casa a la una pero las copas habían conseguido mermar su fuerza de voluntad.

-No escuché ninguna de tus llamadas. No hay señal ahí dentro.

Una vez pasada la angustia de que algo malo le hubiera sucedido, se despertó en mí una ira incontenible, cargada de toda la frustración que había estado acumulando en esos meses. Sin decir más, empecé a destruir uno por uno los platos y el florero que había sobre la mesa.

-¡Estás enferma! -gritaba él, intentando inútilmente que recapacitara-. ¡Deja de hacer eso!

Sus insultos y reprimendas no consiguieron sino enco­lerizarme más. Al día siguiente, Vincent se instaló en el cuarto de Lila y la niña empezó a dormir conmigo todas las noches. Diría incluso que a partir de ese momento dejamos de ser marido y mujer y nos convertimos en compañeros de casa. Vincent volvió a llegar de madrugada varias veces en la misma quincena. Una mañana ni siquiera regresó para cambiarse de ropa. No seguí rompiendo platos pero adquirí la cos­tumbre de insultarlo. Mi estado de ánimo oscilaba entre el resentimiento y una tristeza insondable. No dejaba de preguntarme si íbamos a salir de eso y, en caso de no con­seguirlo, qué alternativas teníamos. Al menos para mí, no imaginaba ninguna.

A diferencia de nosotros, los peces se mantuvieron tran­quilos en todo ese tiempo, sin un conato de pleito. Aquellos días era yo quien me ocupaba del acuario. Tanto el calor como las preocupaciones me sacaban muy temprano de la cama, antes de que Lila o Vincent se despertaran, y em­pezaba a dar vueltas en mi propio recipiente. Un día, sin ningún aviso previo, ni siquiera una señal, la hembra apa­reció flotando en el acuario. Tenía las aletas rotas y un ojo desorbitado. Su aspecto no dejaba la menor duda: estaba muerta. El macho también estaba herido pero aún conse­guía moverse entre las algas del fondo. Sin decir nada, me acerqué a la ventana abierta y levanté las persianas de metal para recibir el aire fresco de la calle. El patio interior de nuestro edificio me pareció una ratonera. Abajo, una pareja de estudiantes trasladaba su mudanza en una camioneta. No sé cuánto tiempo estuve ahí, mirando sus movimientos y sus caras ilusionadas. No oí la ducha ni la cafetera que había puesto Vincent. Supe que estaba despierto porque pasó frente a mí, camino a la puerta. Cuando vio que estaba llo­rando se acercó a la ventana y me dio un beso en la mejilla.

-Me voy -dijo-, se me hace tarde. Ya hablaremos des­pués de todo esto.

Cuando Lila cumplió tres meses, la aceptaron en la guar­dería de la Rué Saint Ambroise. El horario era de ocho a cuatro y media. Una verdadera liberación. Fuimos los dos a dejarla en su primera mañana. De regreso pasamos frente a la tienda de mascotas que hay en République. Le pedí a Vincent que nos detuviéramos y compráramos otro betta.

-Tendrá que ser un macho -dijo él-, no me gusta nada la idea de reemplazar tan pronto a la hembra. Además, no estaría nada mal que alguien le diera un escarmiento a esa bestia.

-Mejor que sea uno flemático y no uno combativo -dije yo-. Un pez sin iniciativa al que todo le sea indiferente.

Buscamos entre los ejemplares de la tienda y elegimos uno rojo con las aletas azules. Lo llamamos Oblomov es­perando que su nombre tuviera alguna influencia positiva en su comportamiento. Me pregunto por qué ese empeño, mío y de Vincent, en seguir comprando bettas. ¿Por qué después de aquella mala experiencia no buscamos otra especie más amigable? Lo que en realidad queríamos, su­pongo, era un compañero para nuestro pez viudo, no a otro animal que le estuviera señalando sus errores, todo lo que él no era ni podría ser jamás de acuerdo con su naturale­za. Decidimos dejar al nuevo en otra pecera. Habíamos oído decir que dos machos betta que viven en entornos separados, desde los cuales alcanzan a verse, compiten desplegando toda la variedad de colores que sus genes les permiten desarrollar. Oblomov parecía florecer en su pequeño recipiente pero no era el caso del pez viudo. Este declinaba cada día y, después de dos semanas, acabó flo­tando en la superficie del acuario como su antigua com­pañera. Después de su muerte, desmontamos el acuario y lo llevamos al sótano. Para llenar el vacío, reacomodamos el librero como había estado al principio, con mis diversas ediciones del Código Civil.

Oblomov siguió habitando su cuenco de vidrio, coloca­do, como antes, sobre la mesita esquinera del salón. Prác­ticamente nos olvidamos de él. Ni a Vincent ni a mí nos interesaba ya observar su desarrollo o su comportamiento. Le dábamos de comer de cuando en cuando y sin ningún sistema. Fue alrededor de esos días cuando tomé la decisión de marcharme a Burdeos. Buscaría trabajo ahí y cuando lo consiguiera me mudaría a vivir con Lila a un apartamento que imaginaba amplio y no muy lejos del centro. Mientras tanto viviría con mis padres. Hablé con Vincent al respecto. Podría ir a ver a la niña cada vez que quisiera. Tal vez, con la distancia, las cosas terminarían componiéndose entre no­sotros y también él decidiera mudarse. Eso dijimos entre otras falsedades que ya no recuerdo. Mientras hablábamos, miré varias veces al pez rojo que daba vueltas dentro de su recipiente en el sentido contrario al del reloj.

Ayer por la mañana terminé de empacar mis libros en las cajas. Atolondrada como estaba, incluí los de la biblioteca. Metí mi ropa de invierno en el baúl metálico que, durante muchos años, sirvió de mesa en un apartamento aún más pequeño. Por la tarde, antes de ir por Lila a la guardería, revisé los libros que iba a dejar aquí ya que nunca ha sido clara su pertenencia. Estuve dando una infinidad de vueltas de la biblioteca a mi cuarto. Antes de que terminara, Oblomov había muerto. A nadie sorprende que Vincent y yo nos estemos separando. Me doy cuenta de que es una catás­trofe que la gente esperaba, como el derrumbe económico de algún pequeño país o la muerte de un enfermo terminal. Sólo nosotros habíamos seguido aferrados durante meses a la posibilidad de un cambio que ni sabíamos propiciar ni estaba en nuestra naturaleza llevar a cabo. Nadie nos obligó a casarnos. Ninguna mano desconocida nos sacó de nuestro acuario familiar y nos metió en esta casa sin nues­tro consentimiento. Nosotros nos elegimos y por razones que, al menos en aquel tiempo, nos parecieron de peso. Los motivos por los cuales nos dejamos son mucho más difusos pero igual de irrevocables.

(*) Jimena Massa es periodista y docente de la FCC. Integrante de la Red PAR ( Periodistas Argentinas en Red por una comunicación no sexista).

Ilustración: “Peces rojos” de Manuel Cuellar.

Producción: Myriam Mohaded para el Centro de Documentación “Juan C. Garat”.

 

V: 144 T: 94907