“Las únicas armas que tenía mi hermana eran sus ideas” 

En la audiencia 11 realizada este martes declararon por videoconferencia Eduardo Andrés Ojeda, Julia Teresa Vergara e Irma Baudracco. En modo presencial lo hizo  María Elizabeth López. El imputado José  Chubi López amplió su declaración. Hoy testimoniarán  cinco testigos  más en la causa Dietrich y su acumulada Herrera.

 Por Katy García*

El Tribunal Oral Federal en lo Criminal N° 1 decidió que a partir de  esta semana se amplié a dos días la recepción de testimonios. Los martes y miércoles. Ayer lo hicieron por videoconferencia Eduardo Andrés Ojeda,  hermano de Aldo Oscar Ojeda; Irma Baudracco, esposa de Edelmiro Cruz Bustos y Julia Teresa Vergara,  esposa  de Ernesto Martín Mora. En modo presencial lo hizo  María Elizabeth López,  hermana de Graciela Haydee Torres. Las víctimas que militaban el el PRT-ERP  fueron secuestradas de modo violento de sus hogares y desaparecidas entre marzo y junio de 1976. Otra característica del modus operandi de los grupos de tareas es la rapiña de dinero y objetos de valor.

Los testigos que son familiares directos, presenciaron los secuestros y vieron por última vez a sus seres queridos reviven historias de dolor que no han podido superar pese al paso del tiempo. Aquí las contadas ayer. (1)

Preside el debate Carolina Prado

“Lo secuestró el ejército y lo vieron en el campo de la Ribera”

Eduardo Andrés Ojeda presenció el secuestro de su hermano Aldo Oscar Ojeda, trabajador del Ferrocarril Mitre y sindicalista. No recuerda bien la fecha pero fue a la noche (según la causa el 30 de junio de 1976) mientras  estaban durmiendo con su madre  golpearon la puerta de su casa en barrio Ferrocarril Mitre. Cuando fue a abrir “nos atropellaron, entraron por todos lados y maniataron a mi hermano”.  Cuando ingresaron les avisó al grupo de civiles armados y de “muy pocas palabras” que él era miembro del ejército y que tenía su arma reglamentaria.

Le dijo al Tribunal que hizo todo lo que pudo para saber dónde estaba pero “mi grado era ínfimo para poder mediar o intervenir en el tema”. Entre lo poco que pudo averiguar fue que había sido secuestrado por el Ejército en Córdoba y cree que estuvo en la prisión militar de San Vicente (Se refiere al campo de la Ribera). Llegó a contactarse con el coronel Fierro y le dijeron que “no estaba implicado en nada y que iba a salir pronto pero no sucedió eso”.

No fue fácil seguir preguntando porque le hicieron saber a través de compañeros de trabajo que “no metiera más la cuchara en ningún lado porque me iba a pasar lo mismo que a mi hermano y que mi madre podía perder dos hijos”.

Entre los amigos que corrieron igual suerte recordó a Albino Acosta y  Graciela Torres.  El testigo prestaba servicio en el Grupo de Artillería de José de la Quintana.

“Las únicas armas que tenía mi hermana eran sus ideas” 

La testigo María Elizabeth López inició su exposición mostrando una foto de los setenta donde están ella que tenía ocho años, su mamá y su hermana Graciela Haydee Torres.  El papá de Graciela había fallecido así que tenía prioridad para ingresar en la empresa estatal ferroviaria.  Consiguió el puesto  y empezó a estudiar medicina que luego cambió por  letras modernas. Vivian en Alta Córdoba y como la situación había mejorado se mudaron a barrio Observatorio.

Contó que en 1976 después del Golpe había controles por todos lados y esa situación las preocupaba. A Graciela la secuestraron dos veces. Una, el  8 de junio (que no presenció porque se encontraba en casa de una prima) y la otra el 29 de junio. Este día  “Sentimos golpes fuertes. Yo dormía en el mismo cuarto con mi mamá. Ella se levanta para abrir la puerta y de golpe entran a mi dormitorio, varios hombres, vestidos de verde, con borcegos y me piden que me tape la cabeza y me ponga boca abajo”, recordó. Mientras, sacaban cosas del ropero y las tiraban encima de la cama.

“Pasaron 10 minutos y siento que se van. Me levanto y veo todo  revuelto y mi mamá estaba en el comedor atada, con las manos en la espalda, con la cara lastimada. La desato y vemos que la puerta estaba rota. Vienen unos vecinos y amigos a ver como estábamos. Nos vestimos y esta gente nos llevan avisarles a su amiga Cristina”, relató.

Un vecino que vivía en la esquina les comentó que había visto tres automóviles Ford Falcon, verdes, y en uno la llevaban atada y vendada. Cuando regresaron se ponen a ordenar y como en todos los casos comprobaron que les robaron dinero y varios objetos.

La habían matado

La madre presentó una denuncia en la seccional décima y luego cinco habeas corpus uno por año y viajó a Buenos Aires a varios penales sin ningún resultado. Hizo todo que estaba a su alcance. Posteriormente regresan a Montecristo a la casa de los abuelos porque estaban deprimidas En 1979 se vuelven a Córdoba siempre esperando que vuelva. Contó el sufrimiento que vivió por la indiferencia y las expresiones “que estaba por ahí, se había ido, o  algo habrá hecho”.

En 2003 se enteró por la prensa que el Equipo Argentino de Antropología Forense estaba investigando los restos encontrados en una fosa común en el cementerio San Vicente. Fueron las dos y le tomaron a la madre una muestra de sangre.

En 2005, les comunicaron que habían identificado los restos de ella y les fueron restituidos.  El 5 de mayo hicieron el trámite aquí en el Tribunales “Y de ahí fuimos a la morgue a buscar sus huesitos. De ahí a la casa donde le hicimos un pequeño velorio y la llevamos a Montecristo junto a su papá”, resumió.

De alguna manera “Esto vino a confirmar lo que yo venía pensando  que no se la tragó el aire, que no estaba paseando, que no estaba en otro país, sino que la habían matado”. El informe daba cuenta que tenía cuatro orificios de bala y su cuerpo estaba  quemado en los miembros inferiores.  “Yo la buscaba, fui a Buenos Aires, y ya me la habían matado”, recordó que dijo su mamá en aquél momento.

Con el tiempo se enteró que militaba en el PRT y que se interesaba por los derechos laborales y que por eso había sido “perseguida políticamente en su trabajo y esa fue la otra pieza que se sumé al  rompecabezas”.

“Las únicas armas que tenía mi hermana eran sus ideas. Con sus compañeros querían armar otra lista en su sindicato como en muchos otros…”. Agregó que su hermana vivió en carne propia las necesidades por la muerte de su padre por eso buscaba igualdad y justicia.

Antes de retirarse agradeció a los Organismos de derechos humanos – Hijos, Familiares,  ex presos políticos, Abuelas y Madres de Plaza de Mayo “porque gracias a ese trabajo yo puedo estar acá y está  la posibilidad de que se haga justicia”.

“Le tiraron dos tiros adentro (de la casa) y lo llevaron” 

Julia Teresa Vergara vivía con su esposo Ernesto Martín Mora, y sus tres hijos un varón y dos mujeres de 3, 6 y 9 años. A la nochecita, fue a la carnicería del barrio y vio tres camiones con militares en esa zona. Regresó y no comentó nada. Se puso a cocinar mientras su esposo y el nene escuchaban un partido de fútbol.

La noche del 27 de marzo de 1976, “A eso de las diez de la noche entraron esta gente con un papel amarillo, preguntando su nombre. Me asusté mucho  y le dije qué hiciste Negro y me dijo “Nada mi amor”. Lo empezaron a golpear y a maltratarlo, la  llevaron al dormitorio y a los chicos y les ponían una almohada en la cara para que no lloren. Y ahí le tiraron dos tiros, y lo llevaron”, contó, desbordada por el llanto y tras revivir tremenda experiencia.

Con una blusa de ella y el alambre que sacaron de la soga lo vendaron y le ataron las manos hacia atrás y  lo sacaron herido, arrastrándolo. El nene salió corriendo por el pasillo y le decía papá, papá, y ella lo fue a buscar. La respuesta fue una ráfaga de balas. Se tiró al piso con el niño y se salvaron de milagro.

“Fue muy duro para mí y para mis hijos. No tenía trabajo. Conseguía algo y me dejaban a fuera cuando se enteraban lo que había pasado”, dijo consternada. Una hermana la ayudó y pudo trabajar en casas de familia y vendiendo ropa en la calle.

“Sufrimos demasiado, hoy puedo decir que los he criado para que sean buenas personas pero siempre está el recuerdo de lo que pasó y no lo pueden asimilar todavía”, dijo, a 44 años de aquella pesadilla.

Los vecinos le contaron que escucharon que le dijeron que corra y le dispararon en un paredón para luego subirlo en un camión y tirarlo por ahí. “No entiendo dónde iba a ir si estaba atado”, rememora.

Al otro día un vecino la acompañó a la morgue del Hospital San Roque. El cuerpo tenía una gran cantidad de orificios de bala. No le informaron nada.

 Menéndez

Semanas después la llamaron desde el Tercer Cuerpo del Ejército y fue con sus hijos y la hermana “para saber qué pasó con mi esposo”. La metieron en un galpón lleno  de  armas donde permaneció por varias horas.

“Ahí lo pude ver al señor (Luciano Benjamín) Menéndez y a otro que no me acuerdo el nombre que le dijo “esta mujer no sabe nada y no tiene nada que ver”. Ella les dijo que quería saber “quién mato a mi marido. Y me dijeron callesé  y no diga nada”. Esta expresión le dio miedo. Lo mismo le pasó cuando fue al banco a averiguar por el seguro de vida.  Todo esto  enfermó física y psicológicamente a la familia.

“Mis hijos sufrieron hambre, frío. Él fue una buena persona. Generoso y en la fábrica Fiat Concord lo querían mucho, un  compañero, un padre ejemplar”, afirmó. Y negó una publicación que salió en los diarios donde afirmaban que estaba  de francotirador porque “Lo sacaron de mi casa”.

Pidió que se haga justicia para la familia que sufren como el primer día.

 “Me quedé sola con mi tres niñas, adentro, sin nada”

 Irma Baudracco le contó al Tribunal que el 23 de abril de 1976, en barrio Alto Alberdi, Edelmiro Cruz Bustos (25), su esposo, fue secuestrado por un grupo de hombres armados. Aquél día, cuando regresó de trabajar le había comentado: “me parece que estoy marcado porque la tarjeta tenía una cruz roja”. Trabajaba en la legislatura provincial, militaba en la Unión Cívica Radical (UCR) en la seccional 11, y fue presidente de la Juventud Radical.

“A la madrugada siento un tropel y escucho que decían ¡abran! ¡abran!; se suben al techo y patean la puerta del departamento” donde vivían, al fondo de la casa de sus suegros. Estaba embarazada de ocho meses y dormía prácticamente sentada.

“Prenden la luz, me tiran un trapo, y me dicen que me tape la cara. Lo hago pero cuando me agacho veo a esta gente con armas y a Gustavo Jaegui –su amigo-, descalzo, con un poncho rojo con vivos negros  que le dice: Negro, nos cagaron. Eso no me lo pude borrar nunca”, recordó.  

Edelmiro intentó llevar un saco y le dijeron que al lugar donde lo llevaban “no te va a hacer falta”.

“Me quede anonadada, no lloraba, no decía nada y tenía una nena de 4 y otra de 3 años que lloraban y nunca más hablamos de lo que pasó”, evoca, la testigo.  Al mes, el doctor Illia (hijo del ex presidente) le adelantó el parto para que no tuviera problemas con la chequera de la obra social provincial y nació su tercera hija. “Y ahí quedé sola con mi tres niñas, adentro. Sin nada”.

Se fue a vivir a la casa de su madre. A los dos o tres días del hecho su hermano le dijo que Gustavo Bazán un vecino del barrio le había dicho que “lo vio al Gordo en el campo de la Ribera” cuando estuvo ahí como soldado.  No intentó preguntar por temor a que lo perjudiquen. Permanece detenido desaparecido.

Antes de finalizar el imputado José López amplió su declaración y respondió preguntas al fiscal y a su abogado defensor. 

Hoy se realizará  la audiencia 12 con  los testimonios de cinco testigos.

Nota

1- Quienes deseen escuchar y ver los testimonios completos  pueden ingresar al canal de Youtube del Tribunal Federal 1.

*Agencia Prensared. Imágenes ilustrativas proporcionadas por Prensa del TOF 1.

 

V: 20 T: 20748