Fuego sobre el Kremlin

En la noche del 2 al 3 de mayo dos drones fueron destruidos por las defensas rusas cuando estaban a punto de impactar en las oficinas del presidente ruso Vladimir Putin, en el Kremlin. El ataque contra un objetivo como Putin se erige por lo tanto en un peligroso antecedente.

Por Enrique Lacolla*

El gobierno ruso culpó a la OTAN y al régimen del presidente ucraniano Volodímir Zelensky por el atentado, reservándose el derecho de ejercer represalias dónde y cuándo le parezca conveniente, mientras que los ucranianos rechazaban la acusación y la prensa occidental no le otorgaba mucho relieve.

Sin embargo el asunto reviste gravedad y en cualquier otro momento hubiera levantado tempestades de indignación o al menos de interés que hubieran reclamado el esclarecimiento del asunto a la mayor brevedad posible. ¿Será que el mundo, intoxicado por las fake news y habituado a codearse con lo inverosímil o lo monstruoso ha renunciado a informarse y se abandona a los vaivenes con que los medios, los servicios de inteligencia y las redes sociales se dignan mecerlo?

Puede haber algo de verdad en ello, pero esto no excusa de la tarea de intentar entender lo que pasa, poniéndolo al menos en relación a hechos parecidos producidos en tiempos recientes, así como con un examen de lo que está pasando en el escenario del conflicto ucraniano propiamente dicho.

En primer lugar es preciso comprender que el gobierno de Volodímir Zelenzky sobrevive simplemente por el apoyo masivo que recibe de la OTAN y por el dato –nada desdeñable- de que hasta aquí Rusia no ha puesto en juego la que se presume aplastante superioridad militar, probablemente para evitar inferir heridas insanables en el organismo de dos pueblos consanguíneos. Y también, seguramente, porque Moscú no quiere comprometer a sus propias tropas en la guerra de desgaste que le proponen los occidentales.

Luego está el tema de cómo es posible que los drones “ucranianos” hayan podido recorrer la distancia que los separaba de su blanco moscovita sin ser detectados y derribados sino hasta el último momento. Esto sugiere que los vehículos no tripulados fueron lanzados desde las vecindades de la capital rusa, lo que a su vez sugiere: 1º) la posibilidad de una conspiración interna que busque eliminar al presidente; 2º) una acción intimidatoria que buscaba empardar o anular la fiesta de la Victoria en la segunda guerra mundial, el 9 de mayo, o, 3º) lo más probable, el hecho de que agentes de los servicios ucranianos, respaldados por occidente, se muevan con facilidad en el territorio ruso y estén en condiciones de producir ataques contra blancos sensibles, de los que ya ha habido varios ejemplos.[i]

Hay otra posibilidad, la de que se trate de un autoatentado urdido por el FSB para preparar el terreno para una represalia que termine el negocio liquidando a las cabezas del gobierno de Kiev y a su aparato de inteligencia. Pero uno tendería a no sobrestimar esta alternativa: aunque suene paradójico, el deseo de querer intervenir “quirúrgicamente “ para modificar las tendencias de los hechos suele ser más frecuente en los movimientos reaccionarios, es decir, de los que se encuentran a la retranca de la historia, que en los que sienten que se mueven en el sentido de su corriente. “Ganar tiempo” es más típico de los que sienten que el tiempo trabaja en su contra, que de los que perciben que se encuentran dentro del sentido en que van las cosas. Y los que preconizan la multipolaridad en las relaciones de poder internacionales están sin duda más avanzados que los que pretenden mantener la hegemonía de un bloque atlántico capitaneado prepotentemente por  Estados Unidos.

Es bastante impresionante observar cómo, desde el fin de la segunda guerra mundial, los magnicidios han crecido en forma notable. Pero hasta aquí contra personajes vinculados a la resistencia antimperialista, sobre todo, o cartas en un juego de poder donde son las grandes potencias las que distribuyen las barajas. Incluso durante la guerra mundial no hubo casi atentados derivados de una acción exterior contra los mandatarios involucrados en el conflicto. Hitler estuvo a punto de ser eliminado al principio de la guerra por la acción individual del relojero Georg Elser, quien plantó una bomba en la Burgerbraukeller de Munich, que explotó minutos después de que Hitler abandonara el local. Y también escapó por poco del atentado perpetrado por altos oficiales de la Wehrmacht en julio de 1944. Pero fueron actos de terrorismo doméstico. Poco antes de terminar la guerra los ingleses por fin planearon su eliminación por un comando que hubiera debido emboscarlo en Berchtesgaden, pero lo pensaron mejor y se abstuvieron de hacerlo. En cuanto a los alemanes se sabe que intentaron montar, sin éxito, una conspiración para atentar contra los 3 Grandes –Churchill, Roosevelt, Stalin-durante la conferencia de Teherán en 1943.

Desde entonces las operaciones de terrorismo contra dirigentes políticos incómodos al sistema, planeadas desde la sede de los servicios de inteligencia, han proliferado; pero nunca, hasta aquí, contra figuras que puedan ser consideradas de primer plano en las grandes potencias enfrentadas.

El ataque contra un objetivo como Putin se erige por lo tanto en un peligroso antecedente. Pues por primera vez en tiempos recientes se estaría disparando contra el mandatario de una gran potencia en una operación que sólo podría tener sentido en el marco de una guerra abierta. Atentados contra grandes figuras en funciones los ha habido después de la guerra, pero siempre en el marco de problemas domésticos, sin intervención de potencias extranjeras. Basta señalar el asesinato de John Kennedy o el atentado del Petit Clamart contra el general De Gaulle, producido en el marco del caos militar que acompañó a la retirada de Argelia.

Esperemos que los drones contra el Kremlin no hayan sido otra cosa que una demostración de las aptitudes tecnológicas y las habilidades de infiltración y sabotaje de los agentes de la OTAN y que no haya existido una deliberada intención de matar al presidente ruso. De lo contrario estaríamos asomándonos a una dimensión desconocida y a un juego de represalias y contra represalias que podría llevar al mundo a cualquier lado.

Nota 

[i] Vladimir Tatarski, un bloguero conocido por su intransigente defensa del carácter ruso del Donbas, pereció en atentado con bomba en un café de San Petersbrgo, y Darya Duguina, otra periodista hija del conocido politólogo Alexander Dugin, ex asesor de Putin, murió al explotar el coche que manejaba, en un atentado que aparentemente estaba dirigido contra su padre.

* Escritor y periodista, profesor universitario. Fuente: Perspectivas el sitio de enriquelacolla.com/ Imagen ilustrativa Página 12.

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