El racismo como trasfondo de la política argentina

Un sector determinante de la sociedad argentina sigue articulando su ideología y su propaganda de acuerdo a la grieta fundacional que abrieron la clase comercial porteña y su ala ilustrada, resumida en el lema Civilización y Barbarie.

Por Enrique Lacolla*

La marcha de protesta opositora de la semana pasada y el cacerolazo que la siguió fueron, como hechos concretos, de una nimiedad absoluta. Poquísima gente y poco estrépito en algunos barrios privilegiados de Buenos Aires, a eso se redujo todo. Pero, como expresión del calibre del odio reconcentrado que nutren los sectores más alborotadores de la derecha autóctona, la exhibición y el colgamiento de bolsas para cadáveres en las rejas de la Casa Rosada, supuestamente para representar a quienes fallecieron por carencia de vacunas que se habrían puesto los privilegiados del gobierno que se las aplicaron antes, cuyos nombres figuraban en el envoltorio, reviste unos contornos perversos fuera de lo común.

En primer lugar porque los que recibieron el trato de favor fueron pocos y el responsable del traspié fue inmediatamente alejado del gobierno, y luego porque es evidente que el plan vacunatorio del Estado funciona a todo tren, contradiciendo justamente a las voces de la oposición que hasta hacía poco se habían opuesto a aplicación de la vacuna arguyendo cualquier tipo de insensateces. Ostensiblemente, los nombres que figuraban en las bolsas implicaban una señalización para la guillotina o la horca.

Se trató por lo tanto de una expresión de violencia simbólica extrema que nos pone frente a un tipo de mentalidad que no se termina de comprender. O que se tiene miedo de comprender porque la respuesta a esa clase de resentimiento se puede transformar en un resentimiento similar. Sólo a partir de un esfuerzo de comprensión, que no excluya una severidad extrema en el juicio, se puede comenzar a desandar el camino y llegar a las raíces de un problema que debe ser superado de una buena vez si queremos que este país viva.

Actitudes del tipo de las presenciadas el pasado fin de semana resultan ominosas porque están avaladas por un pasado en muchas ocasiones terrible. Pero sobre todo porque se conectan con un racismo que no por inconfeso está menos vigente y que se remonta a los orígenes de la formación nacional.

¿Acaso Sarmiento no pedía que “no se ahorre sangre de gauchos” y Esteban Echeverría en “El Matadero” no hacía una escalofriante –y literariamente muy eficaz- pintura del horror que a un “cajetilla” le hacían padecer los matarifes por ser de tez blanca y presuntamente unitario?

El asco y la rabia del joven ante la agresión de que es objeto cuando pasa sin querer frente al establecimiento, son retribuidos con torturas salvajes y con burlas que terminan haciéndolo estallar de orgullo ofendido. “Todo su cuerpo parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones”… Y más adelante : “Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmobles y los espectadores estupefactos.

-Reventó de rabia el salvaje unitario –dijo uno.

-Tenía un río de sangre en las venas –articuló otro.

-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio – exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre -. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.”

Recuerdo la impresión que tuve cuando leí el cuento cuando era niño. Junto al deslumbramiento por el relato y la fascinación turbia de sus escenas no dejé de sentir repulsión por el racismo que la pieza denotaba hacia la muchedumbre federal y rosista.

El relato de Echeverría es muy superior, artísticamente, a otro documento a tener en cuenta a la hora de desentrañar el racismo de las élites argentinas: “La fiesta del monstruo”, que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron amparándose en el seudónimo H. Bustos-Domeq.

En “El matadero” la descripción de “lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata” (E.E.) está animada por una perspectiva colorista, impregnada de asco, pero poderosa y surgida probablemente de la visión directa de los escenarios por los que transitan los personajes, mientras que la fábula de Borges y Bioy no puede evitar una distancia que se revela en la absoluta artificialidad del lenguaje popular que los autores recrean y en el rictus canallesco que hay en todos los sujetos que desfilan por la trama, que describe una jornada de festejo popular dedicada a la celebración del Jefe. Es decir, de Perón. Esto dicho, hay que reconocer que se trata de dos piezas utilísimas a la hora de develar los entresijos de una psicología social que viene de lejos.

El cuento de Echeverría proporciona un encuadre político que lo autentifica y que resulta útil a la hora de establecer comparaciones y descubrir continuidades históricas, frente a las cuales los argentinos de hoy pueden sentirse reconocidos. Por ejemplo cuando Echeverría describe el culto a la personalidad de la difunta esposa del Restaurador, doña Encarnación Ezcurra, que se señalara por su militancia federal y por el apoyo que brindara a los carniceros en ocasión de una fiesta en su homenaje, es imposible no evocar a los fastos del peronismo, la CGT y al matrimonio de Perón y Evita.

Es curioso que los primeros movimientos políticos que propiciaron de veras el rol de la mujer en la política hayan sido los más populares, el rosismo y el peronismo. Doña Encarnación, Evita y Cristina Kirchner (no me parece pertinente incluir a Isabelita), fueron las primeras mujeres en ganar peso político por cuenta propia, más allá del hecho de que hayan hecho pie, todas menos una, en hombres que les evitaron el duro trabajo de escalar hasta la cima.

Lo que cuenta, sin embargo, es que los movimientos populares encontraron siempre una oposición de la clase ilustrada mucho más cerril de la que ellos mismos fueron capaces de generar cuando se dispusieron a enfrentar a sus enemigos. La crueldad de las guerras civiles argentinas se ejerció a dos puntas, pero nada iguala al salvajismo de la cacería que Wenceslao Paunero y sus adláteres ejercieron contra el gauchaje en la época posterior a Pavón. Ni con el genocidio a que fue sometido el Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza. Ni con la liquidación de las últimas montoneras. Ni con el furor inmisericorde de los bombardeos del 16 de junio del 55, ni con los fusilamientos del 56, ni con la represión ciega que practicó el golpe del 76, cuya sombra sigue oscureciendo el panorama argentino a 44 años de transcurrida.

El motivo primigenio de este círculo infernal es que la clase dirigente o poseyente del país siempre se ha negado a evolucionar con él. Beneficiaria de una situación de privilegio, una vez consolidada a su favor una organización nacional de carácter dependiente y habiendo extraído un gran provecho de esta, se niega a crecer con el país. Pues es una mentira de tomo y lomo que la oligarquía y el establishment generado a su amparo hayan significado el ápice de la evolución argentina, cumbre de la que la Argentina habría venido cayendo por la operación de los populismos de turno, que habrían degradado a la política hundiéndola en la ciénaga de la “demagogia”.

Al contrario, lo que cabe percibir es que en todos los momentos en los que el país estuvo inmerso o apuntaba a insertarse en una etapa superadora, los estamentos del poder “real”, es decir, la banca, la Sociedad Rural y los medios de comunicación que les responden, ejercieron una oposición inclemente, apoyada, a nivel popular, en esos estratos de clase media de origen predominantemente inmigrante que rechazan a los pobres por “feos, sucios y malos”, y que creen a pies juntillas el discurso meritocrático que les dice que su precaria estabilidad social proviene de su sólo esfuerzo. Sin percatarse de que sin la acción del Estado, cuando este se ha esforzado por consolidar un mercado interno que provea a su propio desarrollo, su situación sería muy distinta y no gozarían de los beneficios de la salud pública, la prevención social y del fomento de sus industrias.

Necesidad de romper el inmovilismo histórico

¿Hasta cuándo estos estamentos podrán seguir engañándose? ¿Y hasta cuándo el establishment seguirá empeñándose en sostener el modelo primitivo y parasitario de la factoría?

A juzgar por lo dicho y por lo que estamos viendo, este segmento privilegiado piensa aferrarse a sus posiciones para siempre. Es por esto que el discurso del presidente Alberto Fernández anunciando la apertura de una causa por el endeudamiento ilegal suscrito por el gobierno de Mauricio Macri y la exposición de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner ante la Cámara de Casación, por la causa del dólar futuro, y el frontal ataque al “lawfare” que hizo en esa ocasión, revisten gran importancia.

Es hora establecer la verdad histórica y de terminar con el aparato de obstruir en que se ha convertido al Poder Judicial y lo torna, en sus niveles más determinantes, en un peso muerto que lastra cualquier política innovadora. Gracias a las nuevas prácticas puestas en marcha a nivel regional, el “lawfare” se ha convertido en un instrumento de guerra.

Sus prácticas han sido responsables del golpe parlamentario que expulsó a la presidenta del Brasil, Dilma Rousseff, que bloqueó la reelección de Lula, dando lugar al ascenso del esperpéntico Jair Bolsonaro, y han fungido como la punta de lanza de la ofensiva neoliberal que hacia el 2015 se llevó puesta a la oleada progresista-populista que se había perfilado a principios de siglo en Suramérica.

Qué grado de decisión, de voluntad política existe detrás de los discursos del presidente y la vicepresidente no es cosa que podamos mensurar desde aquí. Pero de una cosa podemos estar ciertos: la oposición extrema, encarnada en personajes como Patricia Bullrich y Mauricio Macri, tiene un plan desestabilizador que está operando en forma sistemática. Ya nos habíamos referido al asunto en la nota “El asedio a la Rosada”, en junio del año pasado, y hoy podemos corroborar que estamos frente a una escalada de la que se puede esperar que no amengüará a menos que se la combata. Derrotar contundentemente a Todos para el Cambio en las próximas legislativas sería un buen comienzo, pero no se puede aguardar a ello.

Cosa importante de señalar: casi por primera vez en la Argentina la derecha busca la calle. La pandemia ha sido usada irresponsablemente por esa agrupación para sembrar las dudas y la confusión en la opinión pública. Aunque hoy el PRO y los suyos hayan tenido que tragarse sus más grotescas afirmaciones –“la vacuna rusa que envenenará a los argentinos”, etc.- la fricción que inevitablemente se crea a nivel social cuando las políticas sanitarias de emergencia coliden con las necesidades del comercio produce tensiones y espacios para la protesta en los sectores de la población insuficientemente esclarecidos sobre el problema.

Esta tensión va a ser aprovechada por los estamentos más decididos de la reacción, que harán de todo para fabricar choques o incidentes lo más aparatosos que sea posible, a fin de alimentar al engranaje de la prensa encargada de triturar ideas y de inventar noticias truchas. E incluso si eso, la victoria electoral aplastante, sucede, no hay que esperar que ese resultado los persuada: sólo su desarme podrá suministrarnos espacio confortable para respirar y creer de nuevo. Para eso es necesario propulsar la reforma judicial que comience a ventilar los despachos de Comodoro Py, poner en vigencia la ley de medios y entender que, bajo el estandarte de la libertad de expresión, no cabe la libertad de mentir, calumniar o difamar.

Como se ve, el camino que se ofrece al gobierno al comienzo de su segundo año de mandato está lejos de estar despejado. Pero la decepcionante experiencia que supuso el trato con una oposición cerril, incapaz de revisar el desastre que dejó y en absoluto dispuesta a negociar nada, no le deja otro camino al Ejecutivo que tomar al toro por las astas. Antes de que sea tarde.

*Fuente: Perspectivas (http://www.enriquelacolla.com/)| El autor es escritor, periodista y docente.|Imagen ilustrativa: Farco.

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