El cuerpo de mamá

Esta historia cálida y conmovedora contada en primera persona expone el sufrimiento de una mujer  que a los 70 años se animó a contar que se hizo un aborto clandestino y al final de su vida también fuera de la ley utilizó  cannabis medicinal para calmar los dolores de una enfermedad terminal.  Dos derechos que Bea no tuvo.

Por Agustín Mango*

Alrededor de los treinta años empecé a creer mucho en esa idea de que en la vida todo pasa por una cuestión de timing. Que la decisión correcta lo es porque fue tomada en el momento oportuno. Que uno se enamora de alguien porque esa persona se cruza en nuestra vida en una etapa en la que todo está dado para que suceda. Y al revés también: las cosas que no se dan porque no es el momento. Beatriz, mi vieja, también creía bastante en eso. “Bueno, tranquilo, no tenía que ser ahora”, me decía si algo no salía bien. “¿Viste? Había que hacerlo ya, si no por ahí no se daba”, cuando las fichas caían en su lugar y algo –una decisión, un cambio– avanzaba.

En estos días se anunció el envío del proyecto de la IVE y el decreto que legaliza el cannabis medicinal, y yo pensé en el cuerpo de Bea. La última imagen que tengo del cuerpo de mi mamá es de hace un año, en su cama, después de que su boca dejara ir una exhalación profunda que, pensé, había sido su último respiro, apenas unos minutos antes de que su vida finalmente se apagara. Con la ayuda de una enfermera, la movimos un poco para acostarla boca arriba y que Graciela, nuestra médica, pudiera auscultarla. Ahí fue cuando me di cuenta de que mamá ya no estaba. Sus ojos abiertos ya no miraban a ningún lado, y creo que fue en ese momento, recostado al lado de ella y sosteniendo su mano, que arrancó mi llanto de despedida.

– Queda un hilito de pulso –dijo Graciela.

Unos minutos después, anunció:

– Ya está, se fue.

El 28 de septiembre de 2019 se la llevó un cáncer de páncreas que le habían detectado dos años atrás y que intentó frenar con quimioterapia, rayos, y un tratamiento antroposófico con un médico muy reconocido que –el universo puede ser muy cínico– murió de cáncer antes que ella. Mamá atravesó esos años de tratamiento y de una tenue esperanza de ganar tiempo junto a un gato neurótico que dormía en su cama, un único hijo que tapaba su miedo retándola por su desorden con los medicamentos, y un grupo de amigas de fierro que la acompañaron a todas las sesiones de quimio.

En teoría, la curva del efecto de la quimioterapia duraba una semana: después de cada aplicación Bea atravesaba una semana de náuseas y malestar y a la siguiente repuntaba un poco para luego volver a la aplicación y retomar el ciclo. En realidad, Bea convivió todos los días con el dolor y el malestar. A veces más, a veces menos fuerte. A veces insoportable.

A veces aliviado con un régimen constante de Ketorolac, Paracetamol, Buscapina, Reliverán para la náusea, quince comprimidos de enzimas pancreáticas por día, Zoloft para la depresión, Maltodextrina para engordar, inyecciones de Clexane para las trombosis, y varios medicamentos más que Bea tomaba muchas veces mal o tarde, mezclando las indicaciones, un poco por confusión y otro poco a propósito, porque no soportaba tantas pastillas y parte de su mecanismo de negación del cáncer era adjudicar su malestar justamente a todas esas pastillas que tenía que tragar casi a la fuerza a pesar de la náusea y el dolor.

Lo que mejor funcionaba era el cannabis. Como el humo de la combustión la hacía toser mucho, dejé de armarle porros con papeles orgánicos y le compré un vaporizador que me trajeron de afuera porque acá prácticamente no se conseguían. Con la ayuda de amigos y familiares con sus plantitas caseras, mamá tenía al lado de los brillantes blisters farmacéuticos su propio frasco de flores. Fue lo que mejor anduvo. O, al menos, lo más efectivo, porque los analgésicos en algún momento dejaban de funcionar del todo.

La visitaba casi todos los días, un poco para controlar que tome bien las medicaciones, y cuando me iba de su casa a la tarde-noche, le insistía con que le diera “unos besos al chirimbolo ese” y, si lo hacía, en general la dejaba viendo alguna de las series que le llevaba en un pendrive. La dejaba sin dolor y con una sonrisa picarona.

– Bueno, me voy a casa, Ma. ¿Todo bien? ¿Te sentís mejor?

– Bárbaro, hijito.

Al principio de la enfermedad, cuando nos confirmaron que el tumor era inoperable y que la única opción era un tratamiento, empezamos a ver al que sería su primer y último oncólogo. Las consultas eran largas y exhaustivas, con preguntas precisas, anotaciones, explicaciones y atención a los detalles de cada síntoma. Enrique, el oncólogo, era de esos ejemplos hermosos de médicos tan serios como cálidos, atentos y presentes, que se toman dos horas para escuchar y revisar a su paciente y después se van a la trinchera de la salud pública en el Udaondo. Y encima, según Bea, era “muy buenmozo”. Esas largas conversaciones eran, también, una forma de conocer mejor a su paciente. En una de esas primeras consultas, mamá le estaba relatando al doctor su historia clínica y, en un momento, paró de hablar y me pidió que saliera por un segundo del consultorio.

No fue hasta pocos meses antes de su muerte que me enteré por qué: lo que mamá no quiso contar enfrente mío es que cuando era joven se había hecho un aborto. La revelación no fue nada espectacular. Ella misma, al año siguiente, en una de sus tantas consultas con la hematóloga, dudó un segundo, me miró, y se lo contó a la médica. No se explayó mucho. Un aborto a los 18 o 19 años, no recuerdo exactamente. Bea ya tenía 70, y recién ese día lo dijo por primera vez en voz alta enfrente de su hijo, un poco porque no tuvo mucha chance de decirme que me vaya del consultorio, un poco por cansancio, un poco porque su cabeza le habrá dicho que ya no valía la pena mantener el secreto. Salimos de la clínica como si nada. Mamá era muy discreta y no volvimos a hablar del tema.

Nunca le pregunté cómo había sido, si la había acompañado alguien, de quién se había embarazado. Al día de hoy no sé quiénes lo sabían. Conociéndola a Bea, sospecho que casi nadie. ¿Cómo habrá sido mantener ese secreto tanto tiempo? ¿Se lo habrá contado a su mamá, la esposa de un general que llevaba a sus amigas a abortar porque era la única que sabía manejar? ¿Por qué nunca me lo habrá contado a mí? ¿Qué habrá sentido cuando finalmente lo dijo en voz alta enfrente de su hijo?.

El universo quiso que en estos días de diciembre en este país estemos discutiendo sobre la legalización de dos derechos que ella no tuvo. Que su cuerpo no tuvo. El derecho de interrumpir su embarazo no deseado y el de usar una planta para calmar el dolor de una enfermedad horrenda. Y yo me puse a pensar en el cuerpo de mi vieja.

Mamá no tuvo esos derechos. Pero lo hizo igual, claro.

Bea siempre fue una mujer libre.

*Fuente https: www.eldiarioar.com/| Original https://agustinmango.medium.com/|

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