El 17 de octubre y una nueva Edad de la historia

Procesos históricos. Nadie puede dudar que el 17 de octubre de 1945  “fue el punto de partida de la Revolución del Tercer Mundo. El inicio de un ciclo histórico que comienza a cerrarse, más allá de las turbulencias que necesariamente habrá que atravesar”, dice Alcira Argumedo y arriesga que “estamos ante el cierre de la Edad Contemporánea y el comienzo de una nueva Edad histórica”.

Por Alcira Argumedo*

El ciclo de la Edad Contemporánea

Si se permiten hipótesis audaces, sería posible afirmar que estamos ante el cierre de la Edad Contemporánea y el comienzo de una nueva Edad histórica. Tiempos en los que es posible señalar, en grandes rasgos, similitudes y profundas diferencias entre los procesos históricos que dieron inicio a ese ciclo y el nuevo ciclo que, para nosotros, comienza en nuestros tiempos.

La historia oficial de Occidente, reivindica como la fecha inicial de cierre de la Edad Moderna el 14 de Julio de 1789, con la toma de la Bastilla y el comienzo del Revolución Francesa. Una revolución que plantea nuevos valores de construcción política y socio-económica y la reivindicación de protagonistas sociales hasta entonces considerados seres inferiores por las aristocracias de sangre con sus monarquías absolutas. Una década antes, el 4 de julio de 1776, los colonos de América del Norte habían triunfado sobre los ejércitos de Inglaterra y declaraban su independencia. Se instaura a partir de entonces un gobierno provisional conformado por unafederación de Estados; en 1787 se reúne la Convención de Filadelfia para promulgar la primera Constitución de los Estados Unidos de América y en 1789 George Washington es elegido primer presidente de los Estados Unidos.

Un rasgo común de estos dos acontecimientos será, sin embargo, el carácter restrictivo de los valores que promueven los nuevos protagonistas de la historia: la Libertad, Igualdad y Fraternidad se restringen a los europeos y eventualmente a los americanos blancos. Los revolucionarios franceses no conciben que los esclavos negros de su colonia de Haití tengan los mismos derechos. Por su parte, los revolucionarios de América del Norte reafirman la esclavitud de los negros y la necesidad de eliminar a los indígenas originarios que ocupaban valiosos territorios.

En contraste, en los procesos de independencia de América Latina a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, se formulan las ideas humanistas más avanzadas del mundo, con el reconocimiento del carácter integralmente humano de todos los seres humanos y su derecho a ser considerados ciudadanos plenos. Luego de derrotar a los ejércitos enviados por Napoleón, en enero de 1804 los antiguos esclavos crean en Haití la primera República independiente de América Latina: una democracia integral e igualitaria, obviamente sin esclavitud, con redistribución de las tierras y reconocimiento del papel de las mujeres como jefas guerreras e integrantes del nuevo gobierno. A partir de 1808, el presidente haitiano Alexander Pétion tendrá un papel decisivo en la independencia de la Gran Colombia por su apoyo a Simón Bolívar, quien lo considera “el verdadero libertador de América”.

A su vez, sin tener contactos entre sí, en 1810 Hidalgo y Morelos en México; Bolívar y Simón Rodríguez en la Gran Colombia; San Martín y Artigas en el Río de la Plata; proclaman la abolición de la esclavitud y la servidumbre indígena y el reconocimiento como ciudadanos plenos de esas castas consideradas inferiores de negros, mulatos, indios y mestizos. Mientras Hidalgo y Morelos declaraban “somos todos americanos”, en la Constitución proclamada por Artigas en 1815, se eliminan la esclavitud y la servidumbre, se establece que “la tierra es para quien la trabaja” y se garantiza su participación como ciudadanos de las nuevas democracias.

En contraste, Rivadavia afirmará años después, que en la democracia solamente debía participar “la parte sana y decente de la población”. Cabe mencionar que en Estados Unidos la esclavitud se abolió en 1865; pero los afroamericanos recién fueron reconocidos como ciudadanos en 1965, 150 años más tarde: hasta entonces, ni ellos ni los perros podían entrar a determinados locales; no se los aceptaba en numerosos colegios o universidades y sufrían -sufren- represión y un sistemático desprecio.

Al igual que los protagonistas de la Revolución Francesa, los líderes de esta primera etapa de la Independencia y sus ideas de avanzada fueron derrotados. Hidalgo y Morelos mueren fusilados; San Martín y Artigas deben exiliarse; Bolívar muere poco antes de partir para su exilio. Haití será hostigado por las potencias occidentales -Francia, Inglaterra, Estados Unidos- que no podían permitir ese ejemplo demasiado peligroso. Al recorrer esas tierras y ese mar, Cristóbal Colón afirmaba en su libro de bitácora, estar seguro de que había llegado al Paraíso Terrenal; las potencias las transformaron en un infierno.

La derrota de Napoleón en 1815 y la restauración conservadora de la Santa Alianza en Europa, alimentaron la euforia del antiguo régimen. Se afirmó por entonces que la verdad de la historia eran las aristocracias de sangre y las monarquías absolutas; mientras los ideales proclamados por la Revolución Francesa, que anunciaban un nuevo tiempo histórico, fueron solamente un equívoco de la historia.

Pasadas una décadas, las turbulencias sociales de 1848-1852 en Europa serán los primeros anuncios del fin del Antiguo Régimen. Con avances y retrocesos, incluyendo el comienzo de la expansión colonial francesa con la conquista de Argelia, donde fueron deportados los obreros rebeldes de las barricadas de París -una represión denunciada por Marx en “La lucha de clases en Francia”, sin considerar que allí se convirtieron en los brutales colonos pieds noires- hacia 1870 la Tercera República marcará el fin de la restauración conservadora. Se confirma entonces que las monarquías absolutas y las aristocracias de sangre conformaban regímenes anacrónicos, profundamente injustos y destinados a ser superados por el devenir de la historia; y que los valores de la Revolución Francesa no eran un equívoco, sino el anuncio de una nueva edad histórica: la Edad Contemporánea, que ahora comienza a cerrarse.

La Revolución del Tercer Mundo

Un dato no menor es que la Tercera República de 1870 coincide con la Paz Armada, que daría inicio a una nueva etapa de expansión imperial de las potencias occidentales. Al respecto, es preciso recordar que la consolidación de las repúblicas democráticas o las monarquías constitucionales que proclamaban libertad e igualdad, de ninguna manera consideraban legítimo extender estos valores a los cientos de millones de chinos; hindúes; vietnamitas; indonesios; árabes; africanos; indígenas, negros y mestizos o mulatos pobres; que por entonces conformaban el 80% de la población del mundo en las áreas periféricas de Asia, África, Medio Oriente y América Latina, sometidas a dominios coloniales o neocoloniales.

El racismo característico de la cultura occidental dominante -la cultura de las clases dominantes del Occidente central- tiene raíces ancestrales que se remontan por milenios; y a partir del siglo XIII, cuando se inicia el período de apertura, después de ocho siglos de oscuridad, descubren en las bibliotecas de Córdoba y Sevilla, gracias al filósofo árabe Averroes (1126-1198) y al judío Maimónides (1135-1204), que existía alguien que se llamaba Aristóteles. Además de otros aportes al despliegue de la Filosofía en Europa desde entonces, tomaron del griego la idea de “siervos por naturaleza”; la existencia de seres humanos superiores e inferiores y la ventaja que para ambos tiene la relación amo-esclavo. Tomaron además la consigna de Civilización y Barbarie que, junto a la convicción que su cultura era la cultura universal por excelencia, les otorgarían las bases de legitimación de sus posteriores políticas de dominación colonial de los pueblos periféricos a partir de los siglos XV y XVI.

La Revolución del Tercer Mundo, que se despliega entre el fin de la Segunda Guerra y comienzos de la década de 1970, va a estar protagonizada por esos Condenados de la Tierra; por ese 80% de la población del mundo que durante siglos, con diferencias según las regiones, estuvieran sometidos a dominios coloniales o neocoloniales por parte de las potencias occidentales y desde fines del siglo XIX por Japón en áreas asiáticas. Una revolución que, por la magnitud de la población comprometida y el movimiento intelectual que la acompañara, puede ser considerada aún más importante que la Revolución Francesa.

Al finalizar la Segunda Guerra, se producen cambios significativos en las relaciones de poder del escenario internacional. En el marco de un esquema bipolar hegemonizado respectivamente por Estados Unidos y la Unión Soviética -los verdaderos triunfadores del conflicto- se irán desintegrando los imperios coloniales de Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica y Japón, mientras crecen las rebeliones en Asia, África y América Latina.

En ese contexto, la movilización popular del 17 de octubre de 1945, protagonizada por “el subsuelo de la Patria”, por los “Condenados de la Tierra”, marcará el primer triunfo de la Revolución del Tercer Mundo. Entre otros y en grandes rasgos, Gandhi alcanza la independencia de la India en 1947; Ho Chi Mihn vence a los franceses en Indochina-Vietnam y Sukarno a los holandeses en Indonesia en 1948; Mao Tsé Tung proclama “China se ha puesto de pie” en 1949. Nasser llega al poder en Egipto, Mossadeq en Irán y la revolución nacionalista boliviana en 1952. En 1959 triunfa Fidel Castro en Cuba y se aceleran los procesos de descolonización del África Subsahariana, liderados entre otros por Patrice Lumumba en Congo, Kwane N´Krumah en Ghana, Mandela en Sudáfrica, Jomo Kennyata en Kenya, Leopold Senghor en Senegal- y en 1962 triunfa la Revolución de Argelia. Procesos que influyen en los países centrales de Occidente, con las movilizaciones juveniles en Europa o el movimiento negro y las resistencias a la guerra de Vietnam en Estados Unidos.

Con avances y retrocesos, triunfos y derrotas, golpes de Estado y asesinatos o exilios de sus líderes, esta revolución conmociona al mundo y va a afectar núcleos decisivos del poder de las potencias occidentales, en especial con la nacionalización de los yacimientos de petróleo y la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo-OPEP. Los países centrales de Occidente pierden así el control de este recurso estratégico y se debilitan ante la URSS, que es productora y exportadora de hidrocarburos. En distintas experiencias de las periferias, se promueve la nacionalización de la producción minera, del sector financiero, de las industrias existentes, de los transportes y otros servicios, desplazando a los capitales coloniales que hasta entonces los explotaban.

En este contexto, se alimenta una paradoja del movimiento peronista nacido ese 17 de octubre. El general Perón ha definido la Tercera Posición, que en el campo internacional propugna la independencia soberana ante los dos bloques de poder y en lo nacional propone la construcción de una democracia social, distante tanto del liberalismo económico dominante hasta entonces, como del colectivismo autoritario de la URSS de Stalin. En octubre de 1945, a pocos meses de la Conferencia de Yalta, no se había declarado aún la Guerra Fría entre los bloques y el único tercero en discordia era el derrotado nazi-fascismo.

Winston Churchill había iniciado la denuncia de Perón como nazi-fascista, furioso por las políticas de ese Secretario de Trabajo, que desde 1943 decretaba aumento de salarios, aguinaldos, vacaciones pagas y otros beneficios a los trabajadores, afectando los ingresos de su inversiones en bancos, frigoríficos, puertos, trenes y otros rubros, que poco después serían nacionalizados. A su vez, el Partido Comunista, al igual que el Socialista, sufrían un duro drenaje de cuadros obreros que comenzaban a seguir al Coronel.

Sensibilizados por los alcances de ese proceso, tanto los grandes aparatos de prensa de Occidente, como los de la URSS y el Partido Comunista, lanzaron una sistemática campaña denunciando a Perón como un vástago del nazi-fascismo. Campaña que tendrá como resultante una dura descalificación del movimiento en varios países del mundo, incluso latinoamericanos. Por el contrario, líderes y militantes del Tercer Mundo -con una capacidad de difusión significativamente más pobre- tomarán a Perón y al peronismo como una valiosa referencia para sus propios procesos. Entre otros, en América Latina, el Partido Ortodoxo de Cuba, donde militaba el joven Fidel Castro; el movimiento nacionalista de Arévalo en Guatemala; Jorge Eliezer Gaitán de la izquierda del Partido Liberal de Colombia; los líderes y gran parte de las bases del MNR boliviano. También Mosadeq en Irán; Nasser en Egipto; Ben Bella en Argelia; Lumumba y Kwane N´krumah en África, o Enver Hoxha en Albania.

Líderes que lo consideran una referencia y precursor del Movimiento de Países No Alineados, con sus inicios en la Conferencia de Bandung en abril de 1955, meses antes de que los bombardeos a Plaza de Mayo iniciaran el golpe de Estado que lo derroca. No obstante, continuará siendo una referencia para muchos de ellos desde su exilio; y en 1979 el Ayatolla Jomeini utilizará el método de dirigir la estrategia de la revolución islámica desde París, donde también estaba exiliado, enviando cassettes grabados a sus seguidores, como le enseñara su amigo que pocos años antes había regresado para morir en Argentina.

La restauración conservadora iniciada en la década de 1970

Ante el retroceso del poder de las naciones europeas y Estados Unidos en esas décadas, durante los gobiernos de Richard Nixon (1969-1974) y Gerald Ford (1974-1977), Henry Kissinger, el más lúcido y siniestro estratega de Estados Unidos, promueve una estrategia de restauración conservadora destinada a recomponer su hegemonía. La aceptación de la derrota y el retiro de las tropas de Vietnam, junto al viaje de Nixon a China, que había roto relaciones con la URSS en 1960, se combinan con el lanzamiento de una ola sincrónica de golpes militares dispuestos a ejercer una represión sin límites morales, imponiendo el terrorismo de Estado. Militares previamente adoctrinados en la Escuela de las Américas, que en pocos años lideran asaltos al poder en países menores de Asia, en África y en América Latina. Salvo China, la India, Cuba y otros gobiernos que mantienen alianzas con la URSS, en los tres continentes la Revolución del Tercer Mundo es devastada por procesos represivos.

La restauración conservadora será la condición para eliminar las experiencias socialistas o los modelos keynesianos de los “treinta años de oro” e instaurar políticas neoliberales con predominio de los intereses del mercado. Siguiendo las directivas de los nuevos gurúes Friedrich von Hayek, Milton Friedman y sus Chicago Boys, la dictadura de Pinochet en Chile va a ser su prueba piloto; y años después se imponen con Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en Estados Unidos. A partir de entonces, comienza a extenderse como una mancha de aceite por las áreas bajo su predominio; y se consolida tras la caída del Muro con la dinámica de la globalización neoliberal. Al igual que las monarquías absolutas y las aristocracias de sangre, proclaman que son la verdad de la historia; y esos valores y aspiraciones de los desheredados del Tercer Mundo, un lamentable equívoco histórico.

Argentina será un ejemplo más de la devastación neoliberal que se inicia con la dictadura militar y una deuda fraudulenta e ilegítima; y sigue con el saqueo las privatizaciones; el crecimiento del desempleo, la precarización laboral y los niveles de pobreza; la degradación del sistema de educación pública; el cierre de los canales de ascenso social por la educación y un trabajo digno. La destrucción de sus polos productivos -el polo ferroviario, el naviero el aeronáutico, el petrolero, el metalúrgico- sumados a la destrucción del sistema nacional de ferrocarriles y la flota mercante y fluvial. A ello se suma el pago de 540.000 millones de dólares por esa deuda fraudulenta; la pérdida de 420.000 millones en concepto de renta petrolera; y 200.000 millones más por pago de fletes al carecer de flota mercante.

En términos sociales, hasta 1976 Argentina era el país más igualitario de América, incluyendo a Estados Unidos, con un 6% de pobreza, un 3% de desempleo y más del 90% de los trabajadores en blanco y cubiertos por derechos sociales. Pasadas cuatro décadas, la pobreza ha crecido a más del 45%; el desempleo al 14% y si se suman los inactivos, supera largamente el 20%; mientras el 46% de los trabajadores están en negro, precarizados o desempleados. Del mismo modo, la globalización neoliberal ha generado en todo Occidente un crecimiento exponencial del desempleo y la pobreza y un crecimiento igualmente exponencial de la concentración y polarización de la riqueza. Una devastación neoliberal que no solamente ha golpeado a la Argentina: el 20% más rico del mundo concentra el 96% de la riqueza; y el 80% restante, uno 6.500 millones de habitantes, de los cuales 4.500 están en pobreza o indigencia, solamente cuenta con el 4%. Se crean así las condiciones para una crisis irreversible de sobreproducción por carencia de demanda.

La crisis de la restauración conservadora en Occidente y una nueva edad de la historia

La pandemia hizo estallar y agravó la crisis de las políticas socio-económicas y la globalización neoliberal en Occidente. En Inglaterra, en Francia, en Italia, en Alemania, la crisis se anunciaba con rasgos propios; Estados Unidos debió volcarse al proteccionismo; y en América Latina golpeaba a Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Argentina. Una crisis económico-social y una pandemia que se profundizan por las amenazas del calentamiento global que, en palabras del Secretario General de la ONU, son aún más graves que la pandemia. De este modo, las crisis adquieren un carácter civilizatorio, en tanto demandan transformaciones en profundidad, que no pueden superarse con los patrones de la cultura occidental dominantes: para permanecer, deben eliminar a unos 4.500 millones de personas que consideran población descartable -no les sirven como mano de obra barata que reemplazan por robots, ni como consumidores por su pobreza e indigencia- mientras los intereses y las modalidades productivas dominantes, tienden a agravar dramáticamente el calentamiento global.

Si antes de cuatro o cinco décadas no se revierten la emisión de dióxido de carbono de los combustibles fósiles y la deforestación, múltiples informes científicos y de organismos internacionales advierten que la Tierra puede entrar en un proceso acelerado e irreversible de calentamiento, hasta llegar a 200ºC: es el fin de la vida en el planeta. Por su parte, esa población condenada de 4.500 millones de personas no va a aceptar dócilmente su genocidio. La única alternativa a una catástrofe humanitaria de gran magnitud, es construir nuevos modelos de sociedad y Estado de alta integración y bienestar social, con redistribución de la riqueza entre las grandes mayorías, equivalentes a aquéllos de 1945. En este contexto de transformaciones civilizatorias, la disputa hegemónica y el debilitamiento de Estados Unidos frente al bloque China-Rusia, nos advierte acerca de la conveniencia de plantear nuevamente una Tercera Posición.

Tal vez sea demasiado pretencioso; pero en términos históricos nadie puede dudar de que ese 17 de octubre de 1945, que protagonizaran reivindicando su dignidad y sus derechos, nuestras mayorías populares hasta entonces agobiadas y despreciadas, fue el punto de partida de la Revolución del Tercer Mundo. El inicio de un ciclo histórico que comienza a cerrarse, más allá de las turbulencias que necesariamente habrá que atravesar.

*Politóloga,  socióloga.

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