Despedida a un imprescindible

A los 74 años, murió en Rosario, el pasado jueves,  el militante político y sindical Victorio Paulón. Protagonista de grandes luchas por la democracia sindical  junto  a Alberto Piccinini  y los obreros metalúrgicos de Villa Constitución para recuperar la UOM. Fue cofundador de la  CTA y formaba parte de la comisión dirección del Cels.

Por Jorge Hoffmann*

Resulta difícil escribir sobre Victorio Paulón. Por el peso de su historia, por la admiración de su vida, por el profundo afecto. Fue uno de los mayores protagonistas de aquella lucha del proletariado metalúrgico de Villa Constitución para recuperar la UOM: no solo para tener el poder de la estructura sindical, sino para transformarla en quizás la mayor experiencia de democracia sindical del último medio siglo. Y para llevar adelante, desde la clase obrera, la lucha para enfrentar la voracidad del capital concentrado.

Esa conducción de la que formó parte junto a Alberto Piccinini, que supo amalgamar la lucha obrera junto a la lucha de todo el pueblo de Villa Constitución, allá por la década del ’70.

Pero situar a Victorio solo en el recuerdo sería decir sólo una verdad (hermosa verdad) a medias. Transitó durante la dictadura la cárcel y el exilio. Y desde el exilio siguió militando aún lejos de su patria. Porque Victorio no ha sido solo parte de esa historia hoy lejana: jamás abandonó ese camino, que llega hasta nuestros días, hasta el día de su muerte.

Con el regreso de la democracia volvió a dar la lucha por la recuperación del sindicato y volvió la UOM de Villa a ser un sindicato democrático, combativo, enarbolando siempre las banderas de los derechos humanos.

Como emblema de las luchas obreras, en la gestión que encabezaba, se construyó el nuevo edificio en cuyo “Salón de reuniones de delegados” incluyó un verdadero museo de los obreros mártires de la dictadura.

Entrar a ese auditorio, ver las fotos de los héroes asesinados por sus luchas, provoca un profundo sentimiento que interpela e impide olvidar que esas luchas fueron quizá las más cruentas de las últimas décadas. Da la sensación de entrar a un lugar casi sagrado.

Resulta una interpelación que nos compromete a seguir la lucha siempre, también en honor a esos compañeros y compañeras. Nos alienta para que no abandonemos esas luchas que no son otras que las luchas que expresan la continuidad de la historia de la clase trabajadora argentina.

Qué profunda visión de la historia, qué humanismo y qué sentimiento hacia los viejos luchadores (que eran en su mayoría jóvenes) por parte de quien las continuó hasta su último día. Un verdadero museo de la memoria que no vi en ningún sindicato del país.

Me tocó acompañarlo como dirigente de la CTA en varias reuniones en la UOM: no podré olvidar nunca el cariño y el respeto de los jóvenes delegados hacia Victorio. No muchas veces se ve en la vida esa devoción, ese respeto me trae a la memoria a otro grande, a quien le tocó morir joven: Germán Abdala.

En los últimos años trabajó en sus escritos para mantener la memoria de las luchas a través de varios libros. Fue parte de su militancia el relato de los conflictos obreros del país a través de El Cohete a la Luna, con el mismo encuadre ideológico que en los ’70 pero reconociendo una sociedad distinta. No era un cronista de los conflictos.

De sus escritos surgía, siempre, no solo la necesidad de visibilizarlos, sino también la de bregar por la unidad de todas las luchas. En ese sentido fue uno de los impulsores e inspiradores del MOS, Movimiento Obrero Santafesino, máxima expresión de unidad de la clase trabajadora en esta provincia, y de la Intersindical de Derechos Humanos, poderosa impulsora de la unidad, a partir del reconocimiento de las luchas pasadas y de la represión que sufrieron.

De la misma forma que a principios de los ’90 fue uno de los fundadores de la CTA, cuando la cúpula de la tradicional central de trabajadores se negaba a dar pelea al neoliberalismo, y hasta su muerte integró la Comisión Directiva del CELS.

Rodolfo Walsh decía: “Han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Victorio siempre supo que era así, tal como lo relata Rodolfo Walsh. Y durante su militancia de más de 50 años dio todas las batallas para hilvanarlas como la misma y única lucha que desde su nacimiento llevó adelante el movimiento obrero. Así lo hizo durante décadas. Fue quien supo hilvanar la historia en su devenir para impulsar la fortaleza de la clase obrera.

Lo escuché decir que en la década del ’70 los jóvenes sentían un verdadero sentido de la construcción colectiva, que pensar sólo en el éxito personal era casi una mala palabra. Desde ese entonces, y sin cambiar un solo día, vivió y actuó pensando exactamente lo mismo.

Se abrazó con todos los líderes populares de América Latina. Nadie desconocía su historia. Estoy seguro de que cada abrazo de Victorio a sus compañeros de clase, a los militantes populares, a los militantes de derechos humanos, lo hacía con el mismo sentimiento. El sentimiento de que estamos construyendo la historia colectiva, la misma, pero en otro contexto de cuando éramos jóvenes.

Parafraseando a Bertolt Brecht podríamos decir que era un “imprescindible”. Pero, resignificando, podríamos agregar que los imprescindibles siguen viviendo en la memoria y en las lecciones de su vida, que deben inspirarnos siempre para la construcción de los viejos pero vigentes sueños de construir un mundo sin explotados ni explotadores.

* Secretario General del Consejo Directivo Provincial ATE Santa Fe. Abogado. 

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