El siguiente texto forma parte del libro «30 años de Rebelión. Información alternativa y emancipadora». La autora da cuenta de esta experiencia nacida en España en 1996 y afirma que “Necesitamos mucha más rebelión, con punto org y sin él”.
Por Olga Rodríguez*
Cuando rebelion.org nació a finales de 1996, solo habían pasado cinco años desde la disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos era la superpotencia hegemónica en el mundo, la OTAN sentaba las bases para impulsar su ampliación hacia el Este y la Unión Europea se preparaba para el euro.
El levantamiento zapatista en Chiapas se había producido dos años antes y el movimiento antiglobalización brotaría tres años después, en las manifestaciones contra la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Seattle. En España acababa de ganar las elecciones el PP de José María Aznar, en el primer triunfo a través de las urnas del partido fundado por herederos del franquismo. Internet todavía era lento y no tenía capacidad de alcance masivo, los teléfonos móviles servían solo para hacer llamadas y no existían las redes sociales.
Rebelion.org surgió como una aldea gala resistente en un mundo de oligopolios mediáticos en el que no era fácil encontrar información y análisis diferentes a los del discurso oficial. Fue una bocanada de aire fresco que pronto se convirtió en lugar de consulta obligada para contrastar datos y entender qué pasaba en el mundo y por qué.
La selección de sus artículos y la capacidad de reunir voces de los cinco continentes contribuyó a romper el muro de los enfoques dominantes occidentales y tuvo efecto en muchas personas de mi generación. Mi primer recuerdo leyendo Rebelión punto org —así lo llamábamos y así sigo llamándolo— es en un día de 1997 o 1998 en la redacción de la radio en la que poco antes había empezado a trabajar como periodista.
Muchas de las firmas que hoy siguen esclareciendo hechos, pensando el mundo e intentando explicarlo nos ayudaron a entender mejor la actualidad en momentos concretos. Por ejemplo, durante los bombardeos de la OTAN sobre Kosovo en 1999, ante el asesinato de Carlo Giuliani en una protesta contra el G8 en Génova en 2001 o en el fallido golpe de Estado contra el Gobierno venezolano en 2002.
Abrí Rebelión punto org desde el desierto afgano posterior a la invasión, desde una Bagdad asediada por los bombardeos estadounidenses de 2003, desde el Beirut atacado por el Ejército israelí en 2006 o en la zona industrial de Mahalla El Kubra durante las revueltas egipcias en 2011. Y así, hasta hoy.
El mundo ha cambiado en muchos aspectos en estos treinta años. El siglo XXI comenzó con invasiones y ocupaciones ilegales —alentadas en nombre de la guerra contra el terror— que acostumbraron a la gente a ver crímenes de guerra en prime time, presentados como necesarios en nombre de la seguridad, de la libertad o de la democracia. Estados Unidos fue perdiendo hegemonía económica en favor de China y ha ido compensándola con más vía militar. La impunidad ha conquistado nuevos espacios y la hipocresía ha dado paso al cinismo, normalizando la ley del más fuerte y del más dispuesto a usar la fuerza bruta.
Las libertades civiles y los derechos políticos han retrocedido de forma alarmante en numerosos puntos del planeta, incluida Europa. La concentración de la riqueza entre los multimillonarios ha alcanzado un récord histórico y la tasa de reducción de la pobreza a nivel global se ha estancado. El crecimiento de la desigualdad es una de las grandes características de nuestro tiempo. Esa tendencia a la concentración también se produce en el sector de la información. Más de la mitad de las grandes empresas de medios del mundo y la totalidad de las principales plataformas de redes sociales están en manos de multimillonarios.
Los avances tecnológicos han permitido que veamos un genocidio en directo desde Gaza, los formatos periodísticos han cambiado e Internet se ha convertido en una herramienta imprescindible para la difusión de información. Lo que no ha cambiado es la importancia del mensaje y el empeño de los grandes poderes por controlarlo, porque el periodismo sigue teniendo una gran capacidad para establecer la agenda del debate público y condicionar la conversación política colectiva.
Todas las preguntas son importantes, pero hay dos obligadas en el ejercicio de este oficio: ¿por qué? y ¿es eso cierto? Tanto en 1996 como hoy, un importante porcentaje del periodismo que se practica suele prescindir de ellas, da completa veracidad a las fuentes oficiales y desprecia al resto.
Fui testigo directo de crímenes de guerra en Irak cometidos por las fuerzas armadas de Estados Unidos y seguí la trayectoria de algunas personas marcadas por la tortura en cárceles secretas estadounidenses como Abu Ghraib o Camp Bucca. Las mentiras de las armas de destrucción masiva esgrimidas por el Gobierno Bush para justificar la invasión ilegal de Irak no provocaron cambios en los métodos de trabajo de la mayoría de los medios de comunicación que las habían difundido.
Aquellos que las dieron por buenas y alentaron la invasión siguieron en sus puestos. La misma propaganda belicista de aquel momento ha vuelto a repetirse posteriormente, con los mismos mecanismos. La confianza en el relato oficial, por muy alejado que estuviera de los hechos, se mantuvo y se mantiene. Es la vida fácil en el periodismo: estar siempre con la posición de los grandes despachos, aunque eso implique legitimar abusos e injusticias.
Escribió Ryszard Kapuściński que las guerras comienzan mucho antes que el primer disparo: comienzan con un cambio de vocabulario en los medios. El uso de las palabras nos define y condiciona nuestra actualidad. El mal uso de las mismas —o su ausencia— nos daña. La capacidad de análisis, la investigación y la difusión de los hechos contrastados con todo tipo de fuentes eran esenciales en 1996 y siguen siéndolo hoy. Ayer y hoy una sociedad mal informada es fácilmente manipulable. Nada de lo ocurrido en estas tres décadas puede entenderse sin tener en cuenta el papel de los grandes medios de comunicación.
Mientras buena parte de los medios optan por no dar espacio a cuestiones claves de nuestro presente y condicionan sus contenidos a su dependencia del gran capital, otros siguen esforzándose por entender, explicar y difundir con honestidad, poniendo el foco en las claves que definen y atraviesan nuestro presente.
Rebelión punto org nació hace treinta años con ese propósito y lo ha logrado con creces. Sus lectores nos hemos conocido e identificado a través de su espacio, hemos aprendido, construido y reflexionado. En un 2026 marcado por grandes retrocesos en derechos y libertades y por el aumento del belicismo y el rearme, necesitamos mucha más rebelión, con punto org y sin él. Felicidades, gracias y a por otros treinta.
*Periodista e investigadora con enfoque centrado en los derechos humanos, especialista universitaria en Oriente Próximo, autora de libros como El hombre mojado no teme la lluvia, coguionista de documentales y de la película de ficción. En los márgenes, ha sido corresponsal o enviada especial en Estados Unidos y en varios países de Oriente Próximo, donde ha trabajado los últimos 25 años cubriendo algunos de los acontecimientos más importantes de la región. Ha sido galardonada con más de 30 de premios, entre ellos el Honoris Causa Pimentel Fonseca, el Memorial Joan Gomis, el Premio Desalambre o el Premio Periodismo y Derechos Humanos de la APDHE.
Fuente: rebelión.org/Artículo publicado mediante una licencia de Creative Commons. Imagen ilustrativa: parte de un anuncio que informa de la presentación del libro en la librería Librouro de Vigo.
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