Jueces en busca del lenguaje claro y un pibe encerrado escribiendo de amor. El problema de la justicia no es la claridad, sino la escucha. La novela comienza diciendo que el ruiseñor no siempre fue un ruiseñor. Que antes tuvo un nombre, sueños, otra manera de mirar el mundo. Después vinieron la calle, los códigos, las motos, los fierros, las decisiones rápidas. El encierro.
Por Julián Axat*
El jueves 1° de octubre ocurrieron dos cosas en La Plata. En la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires comenzó la III Convención de la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible. Había más de mil inscriptos, más de 250 ponencias, académicos, magistrados, funcionarios y especialistas. Llegó desde España el director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, a quien el día anterior habían declarado “Visitante Ilustre y Huésped de Honor de la ciudad”. Junto al presidente de la Corte, participaron de la apertura autoridades judiciales y de las academias de la lengua.
El encuentro tenía un título que conviene leer completo: “Diálogo iberoamericano sobre Lenguaje Claro y Accesible e Inteligencia Artificial”. Entre los ejes figuraban el lenguaje de los poderes públicos, la terminología, la accesibilidad cognitiva y, explícitamente, la inteligencia artificial y las tecnologías del lenguaje. Ver más en Instagram
Ese mismo jueves, la Corte Suprema de Justicia de la Nación tuvo que salir a aclarar su propia sentencia del día anterior, en la que revocaba una cautelar por la que un juez federal había suspendido la venta de tierras a extranjeros, impulsada por el CECIM (Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas). Haciendo poco honor al lenguaje claro, el máximo tribunal del país sale a aclarar oscureciendo aún más el entuerto y causando mayor indignación popular.
La segunda cuestión es que tuve mi primer encuentro con S.
S está encerrado en un Centro de encierro de la provincia. Su defensora me había hablado de él unos días antes. Me dijo que el pibe había escrito una novela y que quería publicarla. Que la había escrito casi en secreto, ayudándose con inteligencia artificial. Me preguntó si yo podía leerla, darle una mano, hacer una especie de ida y vuelta con él, ayudarlo a corregir sin quitarle lo que tenía de propio. Claro que acepté.
Matar a un ruiseñor
Dos lenguajes claros
En mayo escribí en este mismo medio Poder Judicial y poesía. Allí trataba de discutir cierta fascinación contemporánea de los tribunales por el lenguaje claro. No porque considere virtuoso el lenguaje oscuro. El Poder Judicial argentino produjo durante décadas toneladas de prosa innecesariamente incomprensible. La opacidad de la que hablaba Carlos Cárcova: tecnicismos, latinismos, frases interminables y doctrinas utilizadas –muchas veces– para marcar una distancia entre quien sabe y quien debe obedecer.
El problema empieza cuando se supone que esa distancia puede resolverse mediante un manual a la moda. Frases cortas. Sujeto, verbo, predicado. Tipografía amable. Menos subordinadas. Más títulos. Más blancos. Todo perfectamente legible.
En aquel artículo, que titulé, no casualmente, Poder Judicial y poesía, sugería que la verdadera cuestión era otra: no cómo conseguir que las personas comprendieran el lenguaje del Poder Judicial, sino cómo lograr que el Poder Judicial aprendiera a comprender los lenguajes de las personas de a pie, pero en especial el de las personas más vulnerables. Y con ello las lenguas de los barrios. Las migrantes. Las indígenas. Las de los trabajadores. Las de las cárceles. Los argots de los adolescentes. Las lenguas que aparecen rotas, contradictorias, exageradas, plebeyas, sentimentales o llenas de silencios.
Porque la lengua no nace en los manuales de una Corte. Nace en esos lugares marginales. Por eso me llamó la atención que pocos meses después la discusión sobre lenguaje claro desembarcara en La Plata abrazada explícitamente a la IA (inteligencia artificial).
No hay que inventar ninguna teoría conspirativa. Está escrito en el programa. “Inteligencia artificial y tecnología del lenguaje” es uno de los ejes centrales de la Convención del jueves.
Pero mi sospecha es otra. El lenguaje normalizado es un lenguaje particularmente hospitalario para las máquinas. Cuanto más previsibles son las estructuras, cuanto menos ambigüedad contienen las frases, cuanto más homogénea resulta la información, más sencillo es clasificarla, resumirla, procesarla y eventualmente producirla mediante sistemas automáticos. La claridad es entonces claridad para unos pocos que saben gestionarla a su manera. Esa idea de claridad también oscurece, como le pasó el mismo día a la Corte de Nación, que tuvo que aclarar lo ya aclarado, y así salió a oscurecer el panorama.

Pero volviendo a la IA, el contenido del Congreso tampoco convierte a la inteligencia artificial en un demonio. S., de hecho, utilizó inteligencia artificial para escribir su novela romántica. Y esa es la paradoja que aquí más me interesa.
La máquina de S.
No sé todavía exactamente cuánto escribió S. y cuánto apareció durante su diálogo con una máquina. Es una de las cosas sobre las que tendríamos que conversar. Pero un pibe encerrado en una celda, escribe su novela y usa la IA para hacer literatura, la que mixtura con sus formas de lenguaje; y eso suena mejor que muchas de las sentencias copy-paste o hechas con IA en los sistemas penales de la provincia de Buenos Aires. Lo digo también en honor a la claridad.
Hay frases en la novela de S. que tienen una cadencia reconocible de las inteligencias generativas: períodos breves, suspensivos, oposiciones reiteradas, cierta emocionalidad cinematográfica. “Él se quedó”. “Ella no respondió”. “Silencio”. “Pero esta vez era distinto”. “Más real”. La estructura se repite hasta volverse una respiración.
Sería muy fácil despreciarla. También sería un error. Porque una herramienta nunca explica por completo el deseo que lleva a alguien a utilizarla. En cambio, en el Poder Judicial la inteligencia artificial promete eficiencia lingüística, simplificaciones, rapidez de lectura. Es la “McDonalización” del servicio de justicia de la que nos habló alguna vez Gabriel Ganón en un artículo imperdible.

La IA puede resumir expedientes, ordenar documentos, encontrar jurisprudencia, elaborar borradores. Eso hace o hará un juez, seguramente, con la claridad de un lenguaje que le provea la informática. Pero en cambio, desde bien abajo, S. la utiliza para escribir una historia de amor. Y la máquina es la misma. Pero la posición desde la que se habla, no. Un juez arriba, el pibe bien abajo.
El Poder Judicial quiere enseñarle a la máquina el idioma de sus resoluciones. Vuelvo a la novela de S. En la ficción, el ruiseñor había visto varias veces a la princesa recorriendo los pasillos de la unidad. Nunca se había atrevido a hablarle. Un día le hace llegar un papel: “Aunque no sepas quién soy… te pienso.” Ella lo guarda. Él no sabe que lo guardó. Mucho después vuelven a encontrarse afuera. La historia deriva entonces hacia otra fantasía. El ruiseñor empieza a escribir canciones, entra en un estudio, graba un tema, las canciones circulan, consigue seguidores, enfrenta a productores que quieren transformar su historia en mercancía y termina eligiendo preservar aquello que considera verdadero. La novela se vuelve entonces una especie de Bildungsroman carcelaria escrita al revés. El joven no se “resocializa” siguiendo el programa institucional. Se reconstruye escribiendo. El delito, que los operadores esperaban encontrar en el centro de la narración, va quedando atrás.
Seguramente tendremos que cortar algunas partes, mejorar otras. Habrá que discutir personajes, escenas, diálogos. Habrá que preguntarle dónde termina su experiencia y dónde comienza la ficción. Habrá que sacarle frases que la inteligencia artificial vuelve demasiado parecidas entre sí. Porque lo mejor es que siga escrita como habla S., no con la supuesta claridad de la IA. Y esa es la dificultad.
La Real Academia y el pibe S.
Mientras escribo esto, académicos de la lengua, jueces y funcionarios circulan por edificios de La Plata hablando sobre el derecho a comprender. Eso me parece bien. Sería mejor que las sentencias fueran comprensibles para todos. Sería mejor desterrar buena parte de la jerga inútil que durante siglos permitió confundir oscuridad con conocimiento. Pero sigue faltando la mitad del problema.
¿Quién comprende a S.? ¿Quién se toma el trabajo de escuchar la lengua en la que decidió contarse su novela?
La cuestión adquiere un tono casi cómico. Una enorme estructura institucional discute durante dos días cómo escribir para que los ciudadanos entiendan a los jueces. En un centro de encierro un pibe escribió sesenta capítulos para intentar ser entendido por alguien.
Y algunos de los primeros lectores que tuvo le explicaron que estaba hablando del tema equivocado. Él hablaba de amor. Ellos esperaban que hablara del delito.
Vuelvo a Poder Judicial y poesía: el problema fundamental de la justicia no es la claridad, sino la escucha. Una sentencia puede estar escrita con frases cortas y seguir sin comprender nada de la persona sobre la que decide. S. probablemente no sepa quién es Santiago Muñoz Machado. Ni un poeta como Rafael Oteriño. Tal vez tampoco sepa que mientras terminaba o corregía su novela, la Real Academia Española visitaba La Plata. O que ese mismo día La Corte Nacional salió a aclarar su sus sentencias.
La lengua sigue haciendo lo que siempre hizo. Aparece donde puede. No necesariamente en un encuentro de la RAE dirigido a jueces; sino en otros lados más extraños y marginales, sin reglas de claridad precisas. Fluye. Pues como decía Borges: “la lengua no es, como el diccionario nos dice, un invento de los académicos y filósofos; sino que ha sido desarrollada a través del tiempo, por campesinos, pescadores, cazadores y caballeros. No surge de las bibliotecas, sino de los campos, del mar, de los ríos, de la noche, del alba…” . El lenguaje claro está en una esquina. En un barrio. En una canción. En una celda donde un pibe pobre escribe como poseso su novela.
*Abogado y poeta. Fuente: El Cohete a la luna https://www.elcohetealaluna.com/ Portal dirigido por Horacio Verbitsky.

