“La biblioteca es el reflejo de nuestra vida”

Historias de bibliotecas reúne 23 relatos de escritores compilados por Mario Bomheker.  Entrevistado por Caras y Caretas, revela las preguntas que guiaron este trabajo. “En una biblioteca se acumulan no solo libros, sino también recuerdos, afectos, pérdidas y momentos de una vida”, expresa el autor, que es cineasta, guionista,   docente universitario y cordobés.

Por Claudia Ainchil*

Dice María Teresa Andruetto: “Ordenadas o caóticas, anárquicas o empecinadas obsesivamente en algunos asuntos, con libros comprados, heredados, prestados, acumulados durante años, consultados con frecuencia u olvidados, con subrayados, comentarios al margen, con hojas dobladas o señaladores o boletos de ómnibus entre sus páginas, la biblioteca es un camino de admiraciones, reacciones, rechazos, discusiones entre los autores y nosotros. Testimonio de una memoria de lecturas que ha expandido nuestra experiencia, la biblioteca personal registra nuestra pasión, con la certeza de haber vivido además de la propia, otras vidas”.

Caras y Caretas conversó con Mario Bomheker, compilador del libro Historias de bibliotecas, que incluye relatos de 23 escritores: Gabriel Abalos, Mónica Ambort, María Teresa Andruetto, Silvia Barei, Homero Bilbao, Mario Bomheker, Elena Bossi, Miguel Campercholi, Pablo Carrizo, Alejandro De La O, Candelaria de Olmos, Hugo Echagüe, Enrique Foffani, Livia Hidalgo, María Ledesma, Fernando López, Laura López Morales, Gustavo Mariani, Mario Polacov, Susana Romano, Carolina Rossi, Nelson Specchia y Luisa Valenzuela.

–¿Cómo nació la idea de hacer este libro?

–Nació de una manera bastante inesperada. Un día descubrí que una tela de araña cubría una parte de los estantes de mi biblioteca. Esa visión me produjo una sensación inquietante, diría hasta desagradable. Y, como una forma de conjurar esa sensación, o de tramitarla, decidí escribir un texto sobre esa experiencia. Era un texto que también trataba sobre mi relación con los libros y con mi biblioteca en esta etapa de la vida. Ese texto quedó ahí durante un tiempo. No sabía muy bien qué hacer con él, hasta que uno de mis hijos me propuso enviárselo a algunos escritores amigos y proponerles que ellos también escribieran un texto sobre su relación con las bibliotecas, pensando en una futura publicación, en un futuro libro.

Al principio dudé. No estaba muy seguro de hacerlo, de enviárselo a otros escritores, porque pensé que cada uno estaría ocupado con sus cosas, con sus proyectos. Pero finalmente lo envié y, sorprendentemente, la respuesta fue muy entusiasta. Todos estaban dispuestos a escribir y escribieron algo sobre su relación con las bibliotecas. Eso, de alguna manera, empezó a darle forma al proyecto. Incluso estos escritores amigos, a quienes yo se lo había enviado en primer lugar, me propusieron incorporar a otros escritores, algunos de ellos más jóvenes. Eso me parecía muy bueno porque aportaban otra mirada generacional y, además, bajaban el promedio de edad del futuro libro. Así, un poco por contagio, el grupo se fue ampliando. Un escritor convocó a otro escritor, y así sucesivamente. De ese modo nació Historias de bibliotecas. Llevamos el proyecto y se lo propusimos a la editorial El Emporio Ediciones, una editorial bastante importante y antigua de Córdoba.

–¿Y la elección de las y los 23 autores que lo integran?

–Envié la propuesta a escritores que conocía y ellos, a su vez, me fueron proponiendo nuevos escritores. De ese modo se fueron sumando autores no solamente de Córdoba, aunque el núcleo principal, o el mayor número de participantes, está integrado por cordobeses. También hay escritores de Buenos Aires, Santa Fe y Jujuy. Algo más que podría agregar la diversidad de autores hace que también sean muy diversas las experiencias, los recuerdos y las miradas que aparecen en el libro. Diría que el libro tiene, en algún sentido, un carácter coral.

–¿Qué representa para usted una biblioteca, es solo un lugar físico?

–Para mí una biblioteca, en primer lugar, es un lugar físico. Eso lo pude constatar a lo largo de mi vida en muchas ocasiones, porque tuve que mudarme varias veces de domicilio e incluso vivir en otro país. En cada una de esas mudanzas, trasladar los libros se transformó en un verdadero problema. Pero, obviamente, una biblioteca es mucho más que eso. Es, de alguna manera, un reflejo de nuestra vida, de nuestra biografía. Tiene, por lo tanto, esas dos características. Es, por un lado, algo físico y material, que pesa –y que pesa en muchos sentidos–. Y es también un reflejo de nuestra vida. Posee, si queremos llamarla así, una dimensión espiritual.

–¿Cuáles son los ejes del libro y qué quiere provocar en el lector?

–Los ejes del libro son muchos. Por un lado, está el tema de la memoria, que creo que se repite en todos, o en casi todos, los autores: la memoria personal, la memoria histórica, la memoria familiar, etcétera. Es decir, en una biblioteca se acumulan no solo libros, sino también recuerdos, afectos, pérdidas y momentos de una vida. Otro de los ejes es la biblioteca como lugar de formación de la identidad. Muchos de los autores afirman que, cuando hablan de sus libros, están hablando también de sí mismos. Otro eje es la biblioteca como lugar de resistencia y de experiencia política. Algunos autores cuentan que, en determinados momentos de sus vidas, tuvieron que esconder los libros, enterrarlos o incluso hacerlos desaparecer, porque implicaban un verdadero peligro para ellos mismos. Otro aspecto es la pasión bibliófila, casi una obsesión por encontrar determinados libros: la búsqueda de un libro de manera obsesiva hasta finalmente hallarlo. También aparece el tema del orden de la biblioteca. ¿Es posible tener una biblioteca personal ordenada? Muchos lo ponen en duda. Una biblioteca nunca se termina de ordenar. Alguien habla también de la biblioteca como un organismo vivo, un organismo que va creciendo como si fuera algo orgánico. En cuanto a si el libro se propone provocar algo en el lector, yo preferiría decir que lo invita a reconocerse a sí mismo y a interrogarse. Porque, al leer las historias de las bibliotecas de otras personas, inevitablemente uno vuelve la mirada hacia la propia biblioteca, si es que la tiene, y hacia los libros que lo han acompañado. En definitiva, uno termina preguntándose qué parte de su historia personal ha quedado guardada entre los libros.

–¿Qué sucede cuando los libros dejan de formar parte de nuestra biblioteca, cuando ya no están en ella?

–Pienso que los libros no necesariamente desaparecen de nuestra vida, aun cuando desaparezcan de nuestra biblioteca. Uno de los autores escribió un texto que se llama “Los libros siempre vuelven”. Allí cuenta que un día reunió la mayor parte de los libros de su biblioteca y los envió como donación a una biblioteca del Chaco. Con el tiempo, sin embargo, advirtió que había comenzado a construir nuevamente su propia biblioteca y que había llegado a reunir una cantidad similar de libros. Lo interesante es que muchos de los libros que integraban la nueva biblioteca eran los mismos que él había donado: nuevas ediciones o nuevos ejemplares de aquellos títulos que había enviado al Chaco. Ese es uno de los relatos del libro. Pero yo diría que los libros que salen de nuestra biblioteca siguen formando parte de nosotros, porque los hemos leído y los hemos integrado a nuestra experiencia. Por eso cuesta mucho desprenderse de los libros, o al menos de ciertos libros. Incluso de muchos que sabemos con certeza que no volveremos a leer. Esto sucede porque en los libros conservamos algo de nosotros mismos. Recuerdo un texto de Walter Benjamin que se llama “Desempaco mi biblioteca”, un texto muy hermoso de 1931, que también cito en el prólogo de Historias de bibliotecas. Allí Benjamin dice que a los libros se adhieren recuerdos nuestros: el lugar donde los compramos, la ocasión en que lo hicimos, un viaje en el que los llevamos y los leímos, o una relación que manteníamos en el momento en que leíamos determinado libro. Es decir, a los libros se les adhieren recuerdos. Por eso, cuando uno se desprende de un objeto al que están ligados los afectos, el desprendimiento resulta costoso.

–¿Qué diferencia la biblioteca física de la virtual?

–Esa pregunta alude a algo que se discute mucho actualmente y que también se debate bastante en nuestro libro. El tema apareció, además, en varias de las presentaciones que hicimos de Historias de bibliotecas: las ventajas y desventajas de los libros electrónicos y de los libros tradicionales. Están las posiciones que podríamos llamar luditas: las de quienes se oponen a que los libros electrónicos sustituyan a los libros tradicionales. Se oponen directamente a esa posibilidad. El término “luditas” es un poco exagerado, porque estas personas no pretenden destruir los libros electrónicos, pero sí expresan una posición extrema frente a ellos. Después están las posiciones que podríamos llamar anfibias: las de quienes alternan entre los libros materiales, tradicionales, de papel y los libros electrónicos. Leen unos y otros indistintamente y no tienen problemas con ninguno de los dos formatos. Los llamo “anfibios” porque caminan por la tierra y navegan por el agua, por decirlo de alguna manera. Finalmente, están los que podríamos llamar tecnooptimistas. Son una especie de evangelistas que anuncian el futuro: sostienen que el porvenir les pertenece a los libros electrónicos y que es inútil resistirse a lo que aparece como un destino ineludible. Muchos de los tecnooptimistas no solo consideran ese futuro inevitable, sino que además lo celebran y destacan todas las ventajas de la biblioteca virtual y de los libros electrónicos frente a los libros materiales, físicos y tradicionales. En Historias de bibliotecas hay un texto que plantea este tema de una manera muy concreta e interesante. Se titula “Cuánto pesa una biblioteca”.

Biblioteca y memoria

–En lo que se refiere a la relación entre biblioteca y memoria, considero que toda biblioteca es también un lugar de memoria. En una biblioteca personal, los libros van quedando asociados a distintos momentos de nuestra vida. Ya mencioné a Walter Benjamin, que alude a esto en su ensayo: dónde compramos un libro, quién nos lo regaló, cuándo lo leímos, qué buscábamos en él, etcétera. Incluso los libros que no hemos leído forman parte de nuestra historia. Yo tengo muchos libros que compré con la intención de leer y que nunca llegué a leer. Están depositados en algún lugar de mi biblioteca, pero también hablan de deseos, proyectos, curiosidades o preguntas que alguna vez nos formulamos. Una biblioteca conserva huellas. Cuando uno la recorre –a mí me sucede mucho actualmente–, puede encontrarse de manera inesperada con distintas épocas de su vida. En relación con la biblioteca y la comunidad, creo que una biblioteca no es solamente un espacio privado. Tiene, de alguna manera, una dimensión colectiva. Uno va construyendo su biblioteca a partir de consejos, sugerencias, conversaciones con libreros, datos que le llegan o cosas que ha leído. En ese sentido, una biblioteca personal es también bastante comunitaria.

Biblioteca, infancia y familia

–Muchas bibliotecas comienzan en la infancia y dentro de la familia, incluso antes de que uno se convierta verdaderamente en lector. Hay varios textos del libro en los que se menciona esto. Antes de que uno supiera leer, la biblioteca podía ser un lugar destinado a los juegos, pero también un espacio misterioso, porque allí se encerraban los mayores. Los muebles se percibían como algo muy grande, majestuoso. Por otra parte, muchas bibliotecas se heredan. Son libros que se transmiten de generación en generación. Primero pertenecieron a los padres, luego pasan a los hijos y, quizá más tarde, a los nietos. Eso les otorga un valor muy importante. Las bibliotecas familiares son un territorio que se empieza a explorar desde la niñez. A partir de allí se va constituyendo una relación particular con esos libros.

–¿Hay una relación particular entre la forma de ser de una persona y su biblioteca?

–Creo que sí. Aunque también creo que una biblioteca no es un retrato fiel de quien la posee. Ofrece indicios, eso sí. La elección de los libros, la manera en que uno los ordena o los desordena, los libros que conserva y aquellos de los que se desprende dicen, por supuesto, algo de una persona. Uno de los autores del libro, parafraseando la frase que se atribuye a Flaubert –”Madame Bovary, c’est moi“–, escribe: “Mi biblioteca soy yo”. Pero una biblioteca también contiene contradicciones. Hay libros que representan lo que somos; otros, lo que fuimos; otros, lo que hemos dejado de ser y otros, aquello que alguna vez quisimos ser, pero no conseguimos.

Hay libros que uno compra por curiosidad y que, como ya dije, finalmente nunca se leen. Hay libros que ya no nos interesan, pero que seguimos conservando. Hay libros que escondemos porque nos avergüenzan, y los colocamos en la parte de atrás. Y hay otros que queremos tener siempre a la vista, porque los consultamos mucho o porque nos permiten pensar en algo que ha sido muy importante para nosotros. Me gusta pensar en una biblioteca no tanto como un retrato, sino como una especie de mapa incompleto de una persona. Un mapa hecho de elecciones, azares, entusiasmos repentinos, abandonos y zonas que quizá uno no podría explicar. De pronto aparece un libro que no sabemos de dónde salió ni cómo llegó a nuestra biblioteca. Un verdadero misterio. Es decir, una biblioteca revela algo personal, pero, al mismo tiempo, también oculta algo de nosotros.

–¿Qué punto en común tienen los textos o relatos del libro?

 

–Si tuviera que mencionar un rasgo que aparece en todos, o en casi todos los textos, diría que es la memoria. No se trata, sin embargo, de una memoria ordenada. Es una memoria caótica, como lo es la vida misma. O, quizá, más que caótica, podríamos llamarla contingente e inesperada. Ese es el tipo de memoria del que se habla en los textos: una memoria que no sigue un orden establecido, sino que avanza por asociaciones, recuerdos imprevistos, encuentros y pérdidas. Quizá ese sea el punto en común más fuerte entre los relatos.

“Tal vez me ha quedado el habito de dejar que los libros se presenten, haga falta o no haga falta, y, entretanto, prosigo mi diálogo mayormente con el pasado, con bibliotecas acaso impalpables, con ejemplares que yacen digitalizados” (Gabriel Abalos).

“Volúmenes que durante décadas atesoré con adoración fui reduciéndolos en sucesivas limpiezas” (Mónica Ambort).

“La biblioteca es la voz ya lejana de mi padre, el jardín son las manos de mi madre. Bajo esa sombra, esa luz, ese cobijo, esa frescura, esa generosidad sin vueltas, puedo estar acompañada, puedo entender otras vidas, puedo estar en silencio, puedo sentarme a escribir” (Silvia Barei).

“Mi biblioteca, dispersa y entusiasta, vive poblada de sonidos” (Homero Bilbao).

“Comprendí que la biblioteca, al igual que muchas de mis otras pertenencias, era en realidad un testigo del paso del tiempo, una rotunda constatación de aquello que no se puede detener” (Mario Bomheker).

“Me piden que escriba acerca de mi biblioteca y me recorre un escozor, una incomodidad: es que somos nuestra biblioteca, somos ese desorden, esos ejemplares traspapelados, esas pérdidas, esos libros ocultos, y produce pudor hablar de modo despojado de una misma, develar secretos y oscuridades” (Elena Bossi).

“Comienzo por contarles que mi biblioteca actual está almacenada en una tablet que pesa más o menos medio kilo” (Miguel Campercholi).

“Libros reunidos que me habitan. A veces, creo que los llevo adonde voy: al trabajo, al almacén, al dentista, al regreso, al pájaro de la noche” (Pablo Carrizo).

“Construí mi biblioteca o mi amor por los libros desde pequeño, siempre con alguien que me acompañaba y funcionaba como un motor; algunas veces me leían y otras, simplemente, fomentaban mi placer por la lectura” (Alejandro De La O).

“La biblioteca es siempre el lugar por el que empiezan las mudanzas. Los libros son lo primero que se mete en cajas (…) La biblioteca es un poco donde comienza la casa. Es la casa” (Candelaria de Olmos).

“Habrá muchas lecturas: las bibliotecas cambian… de día en día. Una biblioteca es como un universo: el mío, abierto a quien me escuche, en clase o en conversaciones. Es una forma de la felicidad” (Hugo Echagüe).

“Todos sabemos lo que ocurre cuando tomamos un libro del anaquel y lo abrimos para comenzar a leerlo. Se produce una implosión acústica de voces que excede la mera oralidad. Es la sonoridad del mundo lo que acontece en ese instante. A esta irrupción la llamamos, desde hace siglos, lectura. Y todo eso está latente en las bibliotecas. Digámoslo así: una biblioteca es un volcán en erupción permanente” (Enrique Foffani).

“Pronto empecé a visitar librería de usados, y lo sigo haciendo, para comprar libros y no tener la urgencia de devolverlos. Mi biblioteca está formada por multitud de libros de segunda mano” (Livia Hidalgo).

“Descubro un segundo modo de organizar la biblioteca. Esta que no puede ser exhibida se forma debajo de las camas, en los estantes de los roperos, en las profundidades de cajas selladas, en las bocas de los aljibes. Crece al ritmo de la revolución. Que no fue” (María Ledesma).

“Sigo convencido de que las historias y los personajes que están en los libros de mi biblioteca permanecen ahí a la espera de que volvamos a visitarlos y los acompañemos en el camino de la vida como compañeros de aventuras” (Fernando López).

“Me da tranquilidad y anclaje la proximidad de los libros, como ese cajón ignorado por tanto tiempo, pero que estaba como un alfiler en la trama de los días” (Laura López Morales).

“Busqué ese libro incansablemente y sin éxito en librerías de nuevo y viejo. También en bibliotecas: estaba catalogado, pero el ejemplar había desaparecido, seguramente robado por algún lector que conocía su valor” (Gustavo Mariani).

“Mis libros son testimonios de mi tránsito por distintos momentos, y cada uno evoca recuerdos entrañables. Por eso digo que mis libros hablan” (Mario Polacov).

“Donde hospeda la voz inquietante, MEMORIA / Son las pilas que crecen a diario: / La glosa ocasiona demandas precisas” (Susana Romano).

“Por las noches, cuando todos se han dormido, paseo entre mis estanterías, toco los lomos de los libros, miro los diversos tamaños y colores, y me duermo con la certeza de que nunca estaré sola” (Carolina Rossi).

“Los libros siempre vuelven: los estantes, que habían quedado pelados, hoy nuevamente están a rebosar de páginas” (Nelson Specchia).

“Los libros salen de su sitio y a veces lo pierden, son paseados, consultados, leídos, saboreados, anotados. A menudo les llegan hermanos o parientes lejanos, y hay que reacomodar y buscarles su nicho, y es un flujo de vida que, como respondiendo a la teoría del caos, va encontrando sentido y también su lugar. Y mientras se apilan sobre diversas superficies, la suma total es de una secreta armonía que me acompaña en el silencio arrullador de este corazón de manzana del Bajo Belgrano” (Luisa Valenzuela).

Este libro removió paginas internas, las bibliotecas son nuestro hogar, ese mundo dentro de otros mundos que nos convierte en magos. Tomar un libro y oler el aroma a papel tan peculiar, tan inconfundible, el tacto de las yemas de los dedos con la rugosidad de la casa libro que llevamos adonde quiera que estemos. No sé si una biblioteca física representa lo mismo que una biblioteca virtual, he leído muchas veces libros online, en la pandemia listas de pdf, y aunque el texto es lo que importa suele resultar para mí un poco más frío el proceso de lectura. Quizás son los años de aroma papel de los que me he enamorado. A otros quizás le pasa al revés. De la forma que sea qué bellas son las bibliotecas. ¡Viva la lectura!

Tapa

*Periodista y escritora. Fuente Caras y Caretas, la Revista de la Patria, dirigida por Felipe Pigna.

www.prensared.org.ar