“Quiero contar historias que desdibujen los límites cómodos sobre los que descansa el capital”

La escritora Gabriela Jauregui, publica su última novela, ‘Zorra’, una fábula contemporánea en la que dos personajes sin nombre propio deciden mudarse al campo. Reflexiona sobre algunas formas del tardocapitalismo y cómo impregna nuestros modos afectivos.

Por Cristina Arrojo*

La escritora y editora mexicana Gabriela Jauregui (Ciudad de México, 1979) publica en España su última novela, Zorra (Lava, 2026), una fábula contemporánea en la que dos personajes sin nombre propio deciden mudarse al campo. Allí, Ella y Él buscan una vida distinta, fuera de las lógicas urbanitas y en supuesta armonía con los procesos de la naturaleza que, sin embargo, será más compleja de lo que esperaban. La presencia de la Zorra y la llegada de la Visitante interrumpen los acomodamientos de la pareja, encienden tensiones y despiertan deseos que pondrán de manifiesto la fragilidad y la violencia que subyacen en las estructuras sociales y relacionales.

Con un estilo narrativo ligero, la autora perfila una historia que permite pensar sobre algunas de las dimensiones del tardocapitalismo actual (el extractivismo o la gentrificación, por ejemplo) y las formas en que este impregna nuestros modos afectivos.

Este libro se inscribe en una tradición de largo recorrido en Latinoamérica, como es la novela corta que, sin embargo, en España no tiene tanto calado. A través de lo sugerente de su nombre y como una fábula, la novela explora los deseos de sus personajes, sus tensiones y secretos. ¿Por qué “zorra”? ¿De dónde surge este libro?

-Hace tiempo que tengo una obsesión con la zorra como animal, que es una figura que tiene una gran iconografía por todo el mundo. Con frecuencia he ido a buscar zorros y zorras a donde sea que nos encontremos. Uno de los lugares donde los hallé es el archivo web de la biblioteca de la Universidad de Pittsburgh, que ha clasificado muchísimas de las fábulas, cuentos populares, mitos, poemas, etcétera que existen alrededor del mundo. Me metí a leer todo lo que hay ahí dentro sobre zorros, que es muchísimo, son animales que están presentes en todos lados, en todos los continentes. Además, me encanta esa textura del lenguaje que tienen los cuentos populares, sencillo en apariencia pero que ha sido modificado durante siglos y cuya forma de contar es a veces casi una invocación, un conjuro, algo muy poético y místico. En la escritura de Zorra, me puse a pulir el lenguaje para que se sintiera muy fábula y generara esa atmósfera.

«La zorra cuestiona el binarismo entre lo salvaje y lo domesticado; una construcción sobre la que se edifican otros binarismos como la raza»

La historia se desarrolla en un paisaje pospandémico en el que dos personajes, que no tienen nombre, sino que son Ella y Él, huyen de la ciudad para iniciar una vida en el campo. En esta atmósfera hay algo de extrañamiento, un entorno enrarecido, incluso. La lectora puede sentir los nervios, conecta con la tensión y la inquietud que articula la historia. ¿Qué hay detrás de esto?

-Yo me lo imaginaba como si fuese un cuadro hecho con pocas pinceladas, pero que genera formas concretas que se entienden. Menos detalle pero que se sienta real, físico. Me importa mucho que la literatura se sienta en el cuerpo. Y, a la vez, que sea algo fabulesco, atmosférico, muy concreto; situado en un cuerpo que también puede ser otro cuerpo.

Esto me vuelve a llevar a la cuestión del lenguaje y la elección de lo fabulatorio como registro narrativo y sus posibilidades para generar mundos, la urgencia de desbordar y romper con los códigos que rigen el funcionamiento y el orden social. Creo que Zorra es un libro que tiene mucho del sabor que dejan los cuentos que, con un lenguaje sencillo, tienen capacidad para hacer pensar en cuestiones más grandes y complejas. ¿Cuál es el sentido de esta elección?

-Me gusta mucho la obra del autor cuir afroamericano Samuel R. Delaney, que incorpora el concepto de ficción subjuntiva para hablar de las posibilidades de existencia de las personas afrodescendientes en Estados Unidos. Él dice que es en subjuntivo como elles se conjugan porque, de inicio, sus vidas han sido clausuradas. En ese subjuntivo, el quisiera o pudiera, está la especulación y la posibilidad. Su reflexión es muy profunda políticamente y me conecta con Octavia Butler y su Parábola del Sembrador, que, para mí, debería ser de la Sembradora, y también con lo que hacía Ursula K. Le Guin con sus mundos: el gesto de distanciarnos para acercar. La idea de contar y hacer con el lenguaje formas de narrar historias que no sean las de la muerte, sino dejar semillitas, como nos dice Ursula. Contar realidades que nos muevan de formas cercanas. Yo quería que el final de la novela fuera esa semilla.

Lo que los personajes deciden es abandonar la ciudad para mudarse al campo, que es un proyecto que estamos viendo muy idealizado en este tiempo en que las ciudades se presentan como escenarios agotados para muchas de las personas que vivimos en ellas. Esto cuestiona las bases del mito fundacional de la erradicación de lo salvaje a través de lo civilizatorio, tan instaurado por el colonialismo durante siglos. El juego entre lo civilizado y lo salvaje (y entre lo urbano y lo no urbano) recorre toda la historia y deja entender a la lectora lo borroso de sus fronteras. ¿Cuál es la importancia de tensionar estas categorías en el presente que habitamos?

-Esa es la semilla de todo. La zorra como animal difumina estas fronteras, ocupa un lugar liminal y cuestiona el binarismo entre lo salvaje y lo domesticado (a diferencia de los lobos, por ejemplo). Este binario civilizado/salvaje me interesa purgarlo, es una construcción muy antigua sobre la que se edifican otros binarismos, como raza, clase o género, que consolidan la matriz de opresión estructural que nos tiene arruinadas. Si volvemos a ese principio de lo salvaje contrapuesto con lo doméstico, encontramos dos ideas fundacionales: la deshumanización de las personas y la extracción de los recursos de la tierra sin generar relaciones de reciprocidad. De ahí podemos llegar al horror del capitalismo y su culto de muerte. ¿Cómo podemos contar historias que hablen de otras formas de relacionarnos y desdibujen los límites sobre los que descansa el capital tan cómodamente? Es una pregunta que me hago. Todos mis libros tienden a buscar formas de investigar sobre esto. Contar historias otras.

«Uno de los mayores regalos que trae el feminismo es pensar tu cuerpo con relación a otros cuerpos en el mundo»

Mientras leía el libro y pensaba en la historia ubicada en la naturaleza, tenía muy presente algo que dice Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles sobre el lugar: “El lugar, así entonces, es sobre todo una relación. No es la geografía sino la aproximación a esa geografía; no la ciudad, sino la manera en que se desplaza el cuerpo dentro de la ciudad (…) A la relación con el lugar le llamamos paisaje”. ¿Qué significa para ti escribir el lugar de lo natural?

Para mí es muy importante repensar la ciudad como territorio. Yo vengo de la Ciudad de México, que es un territorio multicapa en el que hay vestigios sobre vestigios sobre vestigios y coexisten simultáneamente. Mucha densidad y opacidad, como dice Cristina [Rivera Garza]. Hace algunos años que me fui a vivir al campo y eso me obligó también a repensar mi posicionamiento político con los feminismos. A un pueblo no llegas con tu playera [camiseta] de abortista como sí me paseaba por la ciudad. En el estado en que vivo (Estado de México, muy cercano a la capital) no está despenalizado el aborto y, en las marchas, los policías traen armas tipo AK-47. Una sale a marchar pensando en otras cosas, no es lo mismo estar en la gran vía de la metrópoli gritando con muchas, con miles, que estar en un pueblecito de callecitas empedradas gritándole a un balcón donde está una mujer con su marido maltratador detrás. Ahí ha jugado mucho el papel de las feministas blancas y sus discursos de empoderamiento, que no han entendido nada de la matriz de opresión entre género, raza, clase y otras cosas.

Rápidamente hay que reconfigurar todo eso y, al hacerlo, reposicionas tu cuerpo en el lugar. Para mí, uno de los mayores regalos que trae el feminismo es pensar tu cuerpo con relación a otros cuerpos en el mundo, cómo nos procuramos con los cuerpos de les otres y de lo otro. Y ahí es cuando se reconfigura mi relación con el territorio y con la naturaleza. Durante milenios, esta naturaleza ha estado en relación recíproca con otros pueblos y apenas es una fracción reciente, pero muy mortífera, los quinientos años que han transcurrido desde que esa relación se rompió. Sin embargo, hay gente con la que no se ha roto, viven ahí y son mis vecinas.

Es importante dejar de tratar de hacer y organizar como en la ciudad, aprender a escuchar y estar y dar tiempo, y eso es lo que ha sucedido en mi mudanza que cambió mi forma de estar. La cita hermosa que estás leyendo se relaciona con los personajes del libro en términos de contrariedad, porque si bien esta habla de las capas posibles de relacionalidad, el personaje de Él se mantiene en la superficie de lo visible. El personaje de Ella, que, sin embargo, sí se mancha las manos de lodo y se preocupa de si las gallinas ponen huevos, se encuentra con que no es fácil hacer crecer la vida. Esa complejidad relacional con el lugar me interesaba mucho.

«El acto de la monogamia y de la pareja heterosexual es pertenecer a un grupo y ser aceptade»

El escenario pospandémico que se describe al inicio de la novela recuerda al “mundo herido” del que hablaban Ursula K. Le Guin y Donna Haraway. En este sentido y a propósito de lo que dices, creo que el libro pone en conflicto la posición subjetiva que defiende la migración al campo desde el extractivismo y la romantización de la vida rural como una vida que nos permitiría más tranquilidad, pero que no sabemos sostener. Me gusta cómo lo dices: no es fácil hacer crecer la vida. La zorra es un símbolo de esto, ¿no? Ella se obsesiona precisamente porque no la puede controlar.

-La zorra de pronto es como la escritura. ¿Qué sucede si la escritura es el lugar, si la escritura es la zorra? El lugar como el espacio fabulesco de la naturaleza salvaje. ¿Por qué la quieres controlar? ¿Qué sucede si dejamos que la escritura, las historias, la vida simplemente hagan lo que hacen? Me preguntaba también qué sucede al desdomesticar la escritura, si es que es posible materialmente. Feral es mi intento material de plasmar de manifiesto la posibilidad de una escritura desaforada. Acá en Zorra, como todo es más reducido y más mínimo (en el sentido en que la fábula lo requiere así), el reto estaba en lograr que dentro de ese orden limpio y ese control que ella requiere, se rompa todo y que en el cuerpo lo sintamos.

El deseo también es central en esta historia: sus tensiones y camuflajes, las formas en que la pasión es cuerpo sintiente, los modos en que se reprime. El deseo se fricciona todo el tiempo entre los personajes y hay un esfuerzo por desdomesticarlo, por dejar salir aquello que histórica y socialmente ha estado reprimido. En Zorra hay una lectura en clave cuir y de no monogamias que aborda el paradigma desde el que podemos pensar y practicar el deseo y sus relaciones, pero que también piensa en la conjugación entre el deseo hirviendo en el cuerpo con la tensión, la represión y las grietas que eso encuentra. ¿Qué piensas de esto?

-El sistema capitalista es muy inteligente y genera deseos constantemente, tanto de cosas que no necesitas en absoluto como de pertenecer a algo. El acto de la monogamia y de la pareja heterosexual es pertenecer a un grupo y ser aceptade. Un deseo normado, aceptable, que está en todas partes: una pareja heteronormada (y de dos personas como única forma posible), con hijes, jóvenes, etcétera. Yo quería dinamitar y cuestionar esta estructura y la visitante juega este papel de colocar a los personajes en otras tesituras. Me pregunto mucho sobre esto en mis prácticas también. Para mí sí es importante pensar en esto en términos de consumo capitalista y qué impactos tiene una dinámica que consume cuerpos como si fuesen tipos de champú expuestos en un supermercado, qué significa que la experiencia de lo deseable sea estrictamente consumista.

La perpetuación de una lógica de muerte en vez de la creación de lógicas de vida, hacer la vida es muy difícil, decíamos. Esta civilización es un horror que nos está llevando a hacer la vida invivible, y con lógicas que determinan qué cuerpos merecen vivir la vida y cuáles no. Convivimos con tragedias inmensas a cada rato. Entonces, si la pareja es la piedra angular de la civilización como defienden algunos sectores fachos, entonces hay que dinamitar esa piedra angular. Y eso no quiere decir que no ame, ni que no ame como yo quiera amar. Quiere decir repensar la obligatoriedad, las estructuras y las formas en que llevamos a cabo unos afectos plurales.

*Historiadora  y escritora. Investiga sobre arte contemporáneo, literatura y disidencias. Feminista queer. Ig: @tycssen. Fuente: https://www.pikaramagazine.com/Foto gentileza.

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