Óscar Martínez: “Mi tarea es la de estorbar, molestar al poder”

Óscar Martínez, está exiliado en México. Es periodista,  autor de El rey desnudo, investigación que da cuenta  quién es  Nayib Bukele,  presidente de El Salvador. En esta entrevista, analiza en profundidad al dictador que  llegó por las urnas “en un momento en el que el vacío político era enorme y una sociedad notablemente devastada”.  Asimismo,  reflexiona sobre nuestro oficio.

Por Juan Manuel Mannarino*

La agitada vida del periodista salvadoreño Óscar Martínez, en el exilio mexicano, es un entrar y salir de crisis. Crisis económica, crisis existencial, crisis emocional, crisis de su medio, El Faro (en la web, ElFaro.net), perseguido y arrinconado por todos los rincones. Nunca creyó que estaría en los días de pura incertidumbre en los que está ahora; siempre pensó, en realidad, que el exilio era cosa del pasado o que les pasaría a otros, pero nunca a sí mismo, resguardado en el fuego de su sello periodístico.

Nayib Bukele es su mayor desvelo. Apretado de horarios, Óscar Martínez aparece y desaparece entre aviones y hoteles, entre entrevistas y trabajos de campo con sus otros colegas exilados, hasta que finalmente se comunica. “El mundo del exilio es cruel”, suelta con su voz gruesa y caribeña en un audio de WhatsApp en un rato que tiene entre las presentaciones de su último libro, visitando países mayormente latinoamericanos. En una suerte de gira, terminó en el Festival Gabo en Colombia –antes del feroz terremoto–, donde se llevó una inesperada sorpresa: ganó el premio al mejor texto escrito a cuatro manos con su hermano Carlos Martínez, también periodista, con la crónica El exilio nos alcanza. El texto, en efecto, es una pieza insoslayable de todas sus crisis, sin abandonar la pasión por el periodismo, a punto tal de arriesgar la vida por un oficio tan peligroso y precario como inquietamente aventurero.

A sus 43 años, Martínez parece un maduro hacedor de la narrativa y ha escrito de los más notables libros del periodismo latinoamericano de los últimos tiempos, como La muerte y el periodista y El niño de Hollywood, todos con excelencia y rigor en el reporteo como en la calidad literaria y estilística de su mirada. Experto en develar la corrupción sistemática de su país, desde mucho tiempo antes que Bukele apareciera en acción –pero que incrementó desde que éste llegó al poder, con investigaciones sobre violaciones masivas de los derechos humanos y sus pactos criminales–, Martínez recibió además numerosas amenazas al igual que más de cincuenta colegas y otros profesionales y ciudadanos que padecen el destierro en el exterior.

La prensa, enemigo principal de Bukele –la frase mileísta “no odiamos lo suficiente a los periodistas” es su moneda corriente–, ha llevado al departamento de Estado de Estados Unidos a sancionar a funcionarios públicos y logró que se mencionaran sus pactos con la Mara Salvatrucha 13, la pandilla más grande del mundo, en un juicio de Nueva York. El “pequeño gran dictador”, como lo definen desde El Faro, se ensañó con los periodistas, incluido Martínez –a quien elogiaba en su pasado como político de izquierda, porque Bukele se formó en el FMLN–, que lo denunciaron, entre otros hechos, por el millonario enriquecimiento de su familia durante su presidencia. “Son narcotraficantes y traficantes de personas, no periodistas”, twitteó Bukele ante su popular ágora cuando las investigaciones se hicieron públicas.

Sobre su último libro Bukele, el rey desnudo (Anagrama, 2026), donde analiza el ascenso y la consolidación del presidente de El Salvador a la vez que reflexiona sobre el oficio en una suerte de cruce entre el ensayo, el perfil, la crónica y la pesquisa periodística, y el cual presentó recientemente en Argentina, charló un rato con Panamá conectado desde su casa del exilio en México, donde reside hace más de un año.

-En el libro hablás de Bukele como “rey”, también como “dictador”. Parecen conceptos anacrónicos para un presidente actual, ¿cuáles son tus fundamentos?

Bukele es un dictador porque, en su conjunto, tiene todas las características para serlo, y después de haber reunido todos los hechos necesarios para convertirse en uno de ellos. En primer lugar, llegó en 2019 al poder de la mano de un pacto con las pandillas criminales, algo que está “sobredocumentado” por las publicaciones de mi medio periodístico El Faro, pero también salió en Washington Post, New York Times y ha quedado revelado en los propios documentos del Estado norteamericano. Bukele ocupa ese poder que ganó en las urnas y que conquistó de la mano de los asesinos de los salvadoreños para luego, ilegalmente, reunir todo el poder estudiando los contrapesos a su figura. En ese sentido, diseñó una Asamblea Legislativa controlada absolutamente por él, y así pudo utilizarla, por caso, para desplazar al fiscal general que lo investigaba con pruebas contundentes por corrupción y por su pacto con las pandillas.

A la vez, destituyó de forma ilegal a los jueces que no respondían a sus deseos, y puso a magistrados que le responden y entonces, de esa forma, dio los pasos justos para tener el control del Estado. Pero la cereza del pastel fue cuando en 2024 violó cuatro artículos muy elocuentes de la Constitución y decidió volver a competir en elecciones, algo que no ocurría en San Salvador desde que el dictador Maximiliano Hernández Martínez lo hiciera en los años 30. Entonces, es simple: si eliminaste todos los contrapesos del Estado, si ya no tenés ningún escollo que se resista a tus designios, y encima violás la constitución, no hay nadie arriba por encima y las decisiones son completamente tuyas. El método Bukele tiene una regla no democrática: todo el poder para una persona.

“ Bukele es un dictador (…) ocupa ese poder que ganó en las urnas y que conquistó de la mano de los asesinos de los salvadoreños para luego, ilegalmente, reunir todo el poder estudiando los contrapesos a su figura”.

-Hay una fascinación por su figura en el mundo. Muchos hablan de que, para un país como El Salvador, tan pobre y con un Estado en decadencia, la llegada al poder de alguien con su discurso de mano dura y personalismo extremo parecía algo inevitable. ¿Qué otras alternativas había? ¿Se puede explicar Bukele también por ese vacío de representación democrática?

Efectivamente, Bukele llega al poder en un momento en el que el vacío político era enorme y con una sociedad notablemente devastada. Es cierto que él tomó sus decisiones con todo lo que describí anteriormente, de forma ilegal y mesiánica. Dicho esto, el desencanto de la población por los partidos clásicos, desde el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) –NDLR: la antigua guerrilla de izquierda que, dos décadas después de terminada la Guerra Civil, gobernaría el país por 10 años– hasta el conservador Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), era totalmente comprensible y Bukele lo leyó muy bien. Fue un ciclo desgastante, treinta años de bipartidismo y la consecuencia de una democracia raquítica, con los gobernantes de ARENA que se robaron todo lo que pudieron, sumas millonarias en un país miserable como El Salvador, y la izquierda que llegó en 2009 con un discurso renovador y reparatorio pero hizo algo parecido, dejando una tasa de homicidios altísima.

La derecha y la izquierda traicionaron a la sociedad, y Bukele se vendió hábilmente con sus conocimientos como publicista, no en vano se formó en la agencia de publicidad privada fundada por su padre, y así forjó la idea de un outsider cool, pero no lo era, porque él empezó con la izquierda y con el FMLN, es decir, era un conocido de la vieja política, no es que irrumpió de la nada como Javier Milei. Tuvo una gran destreza para venderse a sí mismo, explicar ese vacío político heredado con eslóganes y dichos grandilocuentes. Y se construyó como una solución mesiánica, ese líder que necesitaba el pueblo para resurgir de las cenizas, se construyó como algo distinto contra esos dinosaurios políticos de los que Bukele aprendió durante años en el pequeño país de seis millones de habitantes. Por eso hay que desmitificarlo, capa por capa de la cebolla.

-Javier Milei en Argentina, los Bolsonaro en Brasil, ahora Abelardo Gabriel de la Espriella en Colombia. Todos resultan, en mayor o menor medida, semejantes a Bukele. ¿Estamos ante un fenómeno creciente en la irrupción de esos modelos presidenciales en la región?

Ya veremos si pasará lo mismo en Colombia, como también con Keiko Fujimori en Perú, o Nasry Asfura en Honduras o Laura Fernández Delgado en Costa Rica, todos en común por el rumbo que trazan desde derecha a extrema derecha en el poder con apoyo de Donald Trump. No sé si hablar de un fenómeno, pero a todos les veo un deseo por lo que tiene Bukele: el poder concentrado y la eliminación de todos los contrapesos. Todas esas figuras, incluidas Bukele, ven como un estorbo que la Corte Suprema te ponga palos en la rueda con un fallo en contra o que los organismos de derechos humanos y la prensa te señalen errores e inconsistencias. Hay que insistir que, detrás de su investidura presidencial, en el caso de Bukele no existe un modelo detrás, sólo ocurrencias de las que después se echó para atrás, como la creación de Bitcoin City que luego borró y enseguida se fue a pedir préstamos al FMI.

O el pacto que hizo con las pandillas y después dictó el Estado de excepción. Bukele va a los tumbos con sus proyectos. Lo que sí, es el rey de las redes sociales. Los likes, los corazoncitos, los comentarios y las vistas son comarcas de su reino. 3.8 millones de vistas en dos años tiene en YouTube su video más popular sobre la cárcel del Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la única que Bukele quiere que el mundo vea; tres millones de vistas en dos años tiene también el segundo video más visto en su canal, titulado “¿Por qué destruimos las lápidas en las tumbas de los pandilleros?”. Bukele da órdenes a sus ministros por X, anunció sus más importantes pasos políticos en lives de Facebook y borró 144 tuits cuando ya no le convenía hablar bien del periodismo libre o felicitar “el progreso” de la Nicaragua sandinista que “se ve en todos lados” o conmemorar el cumpleaños del Che Guevara con un trillado: “si avanzo, sígueme; si me detengo, empújame; si retrocedo, mátame”; a ese Bukele, al de siempre, no le gusta ceder ni un centímetro en las redes sociales. Antes de ser todopoderoso en el país, ya lo era en las redes sociales del país.

-Justamente, en el libro decís que, más que un proyecto político, Bukele diseñó un proyecto mesiánico donde la regla esencial es mantenerse en el poder absoluto. ¿Cómo es eso?

Sí, nunca tuvo una ideología consistente ni principios, nunca ha presentado un plan de Nación ni de gobierno. Solamente presentó, en un show mediático, una serie de etapas que nunca cumplió. Lo suyo son los planes secretos, como el plan territorial que decía que planificaba la paz y que nosotros, desde El Faro, probamos con documentos propios de su gobierno que se trataba en realidad de un pacto con las pandillas. Es un hombre de ocurrencias livianas y de ideas vagas, su proyecto es mesiánico, y en la cúpula del poder salvadoreño ningún funcionario ni político tiene ni de cerca su grado de popularidad y notoriedad. Él, con 44 años, lo que tiene es un círculo familiar que lo rodea y lo escucha, pero él está solo en la cumbre y así se mueve, en el centro, protegido por las fuerzas de seguridad. Si él lo deseara algún día, desplazaría de un plumazo a su principal amigo, Ernesto Castro, y acabaría con su carrera. Solo y creyendo ser un interlocutor de Dios. Sin un proyecto político, autoafirmado como el representante de Dios en la tierra.

 

“ El desencanto de la población por los partidos clásicos, desde el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) –NDLR: la antigua guerrilla de izquierda que, dos décadas después de terminada la Guerra Civil, gobernaría el país por 10 años– hasta el conservador Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), era totalmente comprensible y Bukele lo leyó muy bien”.

-Hablás de una persecución a escala magnánima sobre la prensa. ¿Podés sintetizar desde cuándo se dio y con qué formas?

Él empezó a atacar a la prensa independiente desde los primeros momentos de su mandato, en 2019. Se dio cuenta de las evidencias que teníamos en El Faro sobre sus hechos de corrupción y el pacto con las pandillas, lo dimos a conocer en la nota La ingenua traición de Osiris de Luna, cuando Osiris, director de cárceles, entregó pruebas a diplomáticos norteamericanos. Cuando el embajador trumpista no quiso hacer nada, hubo un empleado de la embajada que nos acercó los documentos y los revelamos. Luego de eso Bukele nos acusó de lavado de dinero sin tener ninguna prueba, se tomaron las oficinas del periódico con audiencias falsas, nos pincharon 24 celulares. Fue una intervención obsesiva, con agentes de inteligencia que nos seguían por todos lados, aplicaron el polígrafo en casa gubernamental para ver quiénes hablaban con los periodistas. Y a partir de allí comenzaron las difamaciones constantes de forma pública, en sus redes sociales, en cualquier lado, nos dijo que éramos violadores, traficantes de personas, pandilleros, con total impunidad, con la justicia tomada por ellos.

Nos amedrentó con cartas y citaciones judiciales, de esa forma nos marcó el camino para que nos vayamos del país. Cuando publicamos unas entrevistas en mayo de 2025 con dos líderes pandilleros asesinos, llamadas Las confesiones de Charly y que se pueden ver en la web, las mismas se hicieron virales y ocasionaron un gran impacto. Nos fuimos del país y nos dijeron que a nuestra vuelta Bukele tenía preparado detenernos en el aeropuerto, había un plan para colocar drogas en nuestras maletas. La represión escaló, la policía empezó a perseguir a todo tipo de activistas, a interrogar y poner mentiras por cada rincón, a inventar causas. Hoy hay más de 50 periodistas que estamos en el exilio, según los informes de la Asociación de Periodistas de El Salvador.

-¿Cómo es resistir a un dictador? ¿Hay conciencia internacional sobre su violación a los Derechos Humanos o ves que sigue siendo intocable, invulnerable a las críticas?

Salvo algunas organizaciones internacionales que han sido muy directas en señalar que es un dictador, en el Estado salvadoreño las personas críticas temen desvincularse de él. Los que están por enarbolar una resistencia se suelen frenar porque sienten que pagarán muy alto el precio del desprestigio. Es alguien muy popular no sólo en El Salvador, sino en otros países latinoamericanos y hasta en Europa o Estados Unidos. Bukele, según ha dicho un grupo de expertos de Naciones Unidas, está cometiendo lo que podría considerarse como crímenes de lesa humanidad. Desde que ocupó el poder, instauró un régimen de excepción que resta derechos civiles a todos los salvadoreños. Cualquier soldado o policía puede arrestar a alguien en este pequeño país de Centroamérica si considera que ese alguien mostró nerviosismo, con eso alcanza para meterlo en la prisión. Bukele encarceló a dos de cada cien salvadoreños, sin debido proceso y en juicios secretos, la gran mayoría no tienen tatuajes ni están semidesnudos ni vestidos de blancos como los muestra en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), que es la única de las 22 cárceles que él quiere enseñar como ejemplo disciplinario al mundo, la mayoría presos antes de que él asumiera. Es mentira. Muchos de los presos sufrieron tortura y más de 537 murieron en cárceles según constataron las organizaciones civiles Cristosal y Socorro Jurídico Humanitario, que también debieron exiliarse de El Salvador.

Muchos de los presos fueron capturados en zonas donde nunca estuvieron las pandillas, lo hicieron para inflar las estadísticas. Human Rights Watch dice que las torturas son sistemáticas, describieron palizas, cuerpos colgados en ganchos con peso adicional, bolsas negras para asfixiar. Pero Bukele sigue con un alto grado de apoyo popular, legitimado e indemne a las críticas. Es una pena que no haya un consenso a nivel internacional de que es un dictador cruel. Ojalá lo hubiera, pero ya no depende de nosotros.

Nayib Bukele, el “pequeño gran dictador”, como lo define El Faro, se ensañó con los periodistas.

-¿Cuáles son las principales virtudes de Bukele? ¿Podés reconocerle rasgos positivos?

Ha tenido virtudes que muchos políticos quisieran, sobre todo para ganar eficacia. Nunca tuvo ideas sólidas, pero entiende de adversarios como nadie. Es un gran publicista, con campañas faraónicas, de vender cosas que no existen, como Bitcoin City, el tren del Pacífico o la bonanza económica, cuando manipuló datos y creó una burbuja de bienestar que no existe. Sabe que la gente voltea donde él quiere llevarlos. Luego, más que una virtud, consiguió algo extraordinario que fue que después de pactar con las pandillas creó un Estado de excepción y encarceló injustamente a decenas de miles de salvadoreños, muchos de ellos fueron asesinados en las cárceles. Así, con ese régimen de crueldad, terminó con esos grupos criminales que dañaron a la sociedad, que encima arrastraba un conflicto armado que dejó alrededor de 75.000 muertos y 15.000 desaparecidos. Es lo que Martín Caparrós llamó “eficracia”, es decir, te doy algo que querías para después quitártelo todo. Bukele es muy ágil para que la gente vea donde él quiere que vea e incluso hace que las calamidades le jueguen a favor.

-En un fragmento del libro, escribís: “Me asquean los forenses que están llenando las fichas de los cadáveres que salen de las cárceles calcando la misma causa de muerte: edema pulmonar, edema pulmonar, edema pulmonar”. Allí, entonces, aparecen profesionales de la sociedad civil que legitiman, con sus actos, a la política de Bukele. ¿Cómo es ese consenso social? ¿De qué forma leés que se legitima ante los ciudadanos de a pie?

Las dictaduras se sostienen desde arriba, y se implementan con una burocracia que se ejecuta en pequeñas decisiones. A Bukele los salvadoreños lo aman y al mismo le temen, es interesante ver ese abanico de la historia reciente del país, el paso de la democracia a una dictadura personalista. El tema es que mucha gente que eligió ser su obstáculo debió salir del país, o está encarcelada, o vive una vida clandestina, se trata de ecologistas, abogados, periodistas, investigadores académicos. Otra gente está en la categoría del miedo absoluto, algo que no les posibilita oponerse a sus decisiones violentas. Ahí están los forenses que firman actas falsas, fiscales que acusan sin prueba alguna, policías que persiguen por la pura fuerza o jueces que condenan a campesinos inocentes como si fueran pandilleros. Y después está la categoría de los que lo apoyan, más cínicos y directos, los que se enorgullecen de sacar provechos y beneficios. A estos últimos los veo cómplices, a los primeros, los del miedo absoluto, cobardes. Y en la cobardía está también su complicidad.

– Bukele pasó de elogiar al Che y a Cuba, de militar en la izquierda, a ser un presidente de ultraderecha y un trumpista declarado.

En ese pasaje de un primer Bukele izquierdista al de derecha, ya afianzado en el poder. ¿Ves alguna metáfora con lo que ocurrió en los últimos tiempos en Latinoamérica respecto al declive del progresismo y el avance de la ultra derecha?

En primer lugar, Bukele nunca fue realmente una persona de izquierda. Y eso que arrancó en la política con el FMLN, vestido totalmente de rojo, primero como alcalde de un pequeño municipio llamado Nuevo Cuscatlán hasta que logró la alcaldía de San Salvador, defendiendo como modelo centroamericano la Nicaragua de Daniel Ortega. Bukele pasó de elogiar al Che y a Cuba, de militar en la izquierda, a ser un presidente de ultraderecha y un trumpista declarado, pero es claro que usó ese traje de izquierda por conocimiento familiar y porque la izquierda en ese momento tenía el poder, no por convicción. Paulatinamente eliminó cualquier idea progresista alrededor de su figura –hasta su pasado religioso, donde se lo vio con su familia en actos musulmanes– y se revistió como un católico con visos evangélicos o neopentecostales. De hecho, creó el Día Nacional de Oración.

Él, en verdad, siempre fue un hombre de derecha, un cínico y pragmático que vivió una vida privilegiada, alguien que creció en cuna de oro, estudió en colegios bilingües y fue de vacaciones a Estados Unidos. Cuando lo expulsaron del FMLN en 2017, ya había entendido que necesitaba construir un discurso cargado de odio que lo exaltara ante una sociedad desilusionada y ávida de venganza, una sociedad que quería destrucción y humillación al por mayor. Bukele desecha las evidencias científicas, le gusta el espectáculo y por eso se puso apodos rimbombantes como el Tigre, empezó a usar esa levita negra napoleónica. Deseó convertirse en el Todopoderoso, auguró muy bien que Trump iba a regresar al poder y cosechó los méritos. Además, se ganó el apoyo de Trump al prestarle el CECOT para que mandara como se le diera la gana a los inmigrantes que expulsó de su tierra. Mientras Trump esté en el poder, campea tranquilamente. Y eso es un signo de lo que pasa en Latinoamérica, sin dudas, y no sólo con el gobierno de Bukele.

-Por último, ¿qué rol tiene el periodismo ante todo esto? ¿Cómo hacer para alzar la voz en momentos de censura, persecución y represión?

Mi tarea es la de estorbar. Molestar al poder y enfrentarlo a la verdad. Que nosotros, desde El Faro, hayamos podido investigar casos emblemáticos de las pandillas y demostrado la corrupción de Bukele resultó obvio que les ha molestado enormemente, porque eso machacó la imagen pura y de gente de bien que Bukele desea construir.

Me dediqué durante diez años a entender a los grupos pandilleros, no fue de un momento para otro o tirando información sensacionalista sobre la mesa. Supimos cómo esos grupos le movieron los votos a Bukele, consiguiéndole que miles de personas lo apoyaran en sus primeras elecciones después de los pactos que duraron más de ocho años con su entorno. En las entrevistas que les hicimos, los líderes pandilleros dijeron, entre otras cosas, que el FMLN pagó a las pandillas un cuarto de millón de dólares para que Bukele llegara a la Alcaldía capitalina cuando aún se decía izquierdista; que, como alcalde, Bukele les entregó puestos en un mercado a cambio de que le permitieran operar; que, una vez presidente, el pacto continuó e incluía reglas para que los pandilleros pudieran seguir extorsionando y asesinando; que ellos manejaron el control de la pandemia en sus barrios y también la entrega de los bonos de ayuda; y que el Gobierno de Bukele les ayudó a escapar del país.

Ametrallaron, de ese modo, la imagen del Bukele severo y archienemigo de los pandilleros. Los periodistas tenemos que estorbar, pero con método.. Hay que estorbar, pero con método. Como periodista necesito tener evidencias, porque desde El Faro no opinamos por opinar, sino que revelamos historias y casos, contrastamos los datos una y otra vez, tenemos que tener documentación real. Buscamos balancear una historia, hacer un mapa de fuentes para obtener la información. Ese es el credo del periodismo. Tenemos que tener mucha creatividad, y más ahora que estamos fuera del país. Conseguir una sola fuente implica una gran creatividad e ingenio, porque la dictadura quiere el silencio y la opacidad.

No sabemos de qué acusa Bukele a más de 90 mil salvadoreños ni de los juicios a más de 900 personas. No podemos ver expedientes ni documentos oficiales, están vedados los canales institucionales, nadie está pudiendo entrar a las cárceles ni sabiendo qué pasa, por ejemplo, con las fosas clandestinas. Cuando te quieren ocultar todo, el periodismo se torna imprescindible. ¿Cuál periodismo? El mejor periodismo, el que se aventura y busca la verdad, el que desnuda el poder, el periodismo de alta calidad, con rigor y datos, bien escrito y bien presentado, sin apriorismos. Eso es lo que vamos a seguir haciendo, estemos donde estemos, no hemos parado ni de cerca.

*Periodista, docente y licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata. También estudió el profesorado de Historia. Colabora como free lance en varios medios. Fuente Revista Panamá https://panamarevista.com/ 

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