Desde el “panes y rosas” de 1857 hasta el “ni una menos” del presente, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora lleva a la calle el grito de protesta contra desigualdades económicas, culturales y estructurales. No hay una historia, son numerosas las experiencias y luchas según el lugar geográfico donde se van dando y de quienes la cuentan.
Por Roy Rodríguez Nazer*
Han pasado casi dos siglos desde aquel 8 de marzo en Nueva York. Aquellas mujeres que, según las versiones oficiales pedían por pan y por rosas y reclamaban por la reducción de la jornada de trabajo, acaso estaban dando un paso adelante en la historia. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo documentarlo? Sin embargo, desde la historia fáctica de los derechos y de las narrativas que los sustentan, aquellas bolsas permanecen vacías. Sin panes ni rosas. Y que los panes y que las rosas estén lejos aún tiene que ver justamente con el hecho de quién y de cómo cuenta la historia. Como si, sostener una narración permitiera al poder capitalista y patriarcal prolongar la opresión.
Así, quien intente contar la historia del Día Internacional de la Mujer desde los orígenes se encontrará con datos inconexos, falacias, nombres improbables. Como si alguien se hubiese empecinado en borrar los rastros de las luchas. Como si quisiera que la conciencia colectiva se olvide que alguna vez hubo bolsas, que hubo úteros, que hubo cavidades y cuencos donde se maceraban las palabras y donde las palabras (y los derechos) aún esperan. Lo sugiere Úrsula K. Le Guin. Lo presienten millones de cuerpos que, cada 8 de marzo, recuperan la palabra para reclamar. Aun en tiempos en que los relojes se empeñan en retroceder
Es que sólo la pandemia de Covid 19 provocó que las mujeres de todo el planeta perdieran ingresos por 800 mil millones de dólares. Y en la práctica, hoy siguiendo los procesos actuales, dar paridad a la brecha de género llevaría unos 135 años. Hasta la pandemia el cálculo se reducía a 99 años. Todo un siglo. Injusticias seculares. Cinco generaciones de mujeres que seguirán sufriendo la brecha económica de género sobre la que se basan los sistemas productivos actuales, por ejemplo.

Solo algunas cifras: Según Oxfam (Comité Oxford de Ayuda contra el hambre) la desigualdad de género es una causa y consecuencia estructural de la pobreza. Es que dentro de ese andamiaje narrativo y cultural que sustenta el actual estado de cosas (donde lo fálico se impone a lo cóncavo) las mujeres realizan entre dos y diez veces más trabajos de cuidados no remunerados que los hombres. Y si esa labor se midiera en dinero no percibido, las mujeres deberían ganar unos 10,8 billones de dólares anuales. Tres veces lo que genera la industria tecnológica. Y esa injusticia económica está legalizada.153 países tienen aún hoy leyes que discriminan económicamente a las mujeres.
Y si de economía hablamos, fueron los procesos económicos inducidos por la pandemia los que llevaron a que el uno por ciento de la población más rica del planeta se quedara con el 50 por ciento de los recursos. Huelga decir, que ese uno por ciento son en su mayoría hombres, blancos y pasan los setenta años. Miles de mujeres no llegan a ser mayores de edad. Mueren aplastadas por la sistemática violencia de género.
Dos siglos igual
Pero, cómo representar tamañas injusticias, cuando la naturalización de lo cotidiano lo impide: las miles de mujeres que salieron a las calles de Nueva York aquel 8 de marzo de 1857 pedían por una reducción de la jornada laboral. Trabajaban más de doce horas por día. Hoy, las mujeres de los países con menores ingresos trabajan un promedio de catorce horas. Y, en una enorme cantidad de casos, ni siquiera son remuneradas.
¿Cuál es la razón por la que, después de más de un siglo y medio, en esencia las condiciones de vida de la mayoría de las mujeres no parecen haber cambiado? Indagando en diversos estudios, una palabra se repite: violencia doméstica, violencia laboral, violencia económica. “Esto nunca ha sido fruto del azar, sino el resultado de decisiones deliberadas: la “violencia económica” tiene lugar cuando las decisiones políticas a nivel estructural están diseñadas para favorecer a los más ricos y poderosos, lo que perjudica de una manera directa al conjunto de la población y, especialmente, a las personas en mayor situación de pobreza, las mujeres y las niñas, y las personas racializadas. Las desigualdades contribuyen a la muerte de, como mínimo, una persona cada cuatro segundos”, afirma Nabil Ahmed.
Escribía Clara Zetkin, su principal impulsora, en 1922: “Una tormenta de entusiasmo saludó la moción de nuestras camaradas búlgaras, y la resolución de la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas en Moscú, de celebrar en todas partes el Día de la Mujer el 8 de marzo, día que antes sólo celebraban las camaradas rusas. Los corazones latían desenfrenadamente, la mirada se mantenía fija en la lejanía y la voluntad de actuar se alzaba intrépidamente a lo supremo. La memoria se remontó al hecho de que fue la monstruosa manifestación de las mujeres proletarias de Petrogrado por la paz y la libertad la que, el 8 de marzo de 1917, dio paso a la revolución rusa. El conocimiento y la voluntad de las 82 representantes de las mujeres comunistas de 28 nacionalidades las convirtieron en un gran cuerpo unificado y resuelto. Nuestro Día Internacional de la Mujer de este año debe convertirse en un gigantesco reclutamiento de las amplias masas al comunismo y debe ser un irresistible grito de guerra contra el orden burgués y por la toma del poder por el proletariado”.

La aguja en el pajar
La narrativa principal que recorre la web hoy cita a Clara Zetkin como una de las mujeres que más bregó del Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en la gran mayoría de las fuentes se atribuye su conmemoración a una marcha que en 1908 (¿hicieron?) unas 15 mil mujeres en Nueva York, después de un incendio en una fábrica de tejidos de algodón. Dice esa versión que en el incendio en el que incluso murieron cientos de mujeres. Y que la fábrica incendiada se llamaba, según esas versiones que parecen intencionadas Textil Cotton Factory ¿Cuántas fábricas debieron llamarse así en esa época alrededor del mundo? Fábrica Textil de Algodón. Y el nombre siempre sonaba parecido. Cotton Company. Cotton Factory. Las agujas suelen perderse en los pajares. Y todo tiende a parecerse más a una estrategia discursiva destinada a borrar huellas, que a líneas con voluntad de contar la verdadera historia. En ese borroneo electrónico, carente de datos, también se dice que el 8 de marzo de 1908 hubo una marcha. Sí. Y que fue en conmemoración de aquella que en 1857 pedía por panes y por rosas.
Claro que hubo un incendio en una fábrica de hilado algodón en Nueva York. Fue el sábado 25 de marzo de 1911. No en 1908. La fábrica se llamaba Triangle Shirtwaist, Murieron 123 mujeres, inmigrantes judías e italianas. Tenían entre 14 y 23 años. También murieron 23 hombres. Fue en el noveno piso de un edificio en Manhattan. No hubo tumbas con nombres. Las narrativas del capitalismo patriarcal no lo necesitaron. Solo huesos.
Según ciertas etnografías, el primer objeto cultural que permite identificar el nacimiento de los seres humanos fue la utilización de un hueso como herramienta. Un hueso con el que los primeros homínidos asesinaron a sus pares. O cortaron la carne. Esa historia oficial se prolonga en una narrativa que está presente incluso en el 2001, Odisea en el espacio de Stanley Kubric “¿Dónde está esa maravilla, esa cosa grande, larga, dura, creo que un hueso, con el que el Hombre Mono primero golpeó a alguien en la película, y luego, rugiendo en éxtasis al haber llevado a cabo el primer asesinato, lanzó el hueso al aire, y ahí, girando en el cielo, se convirtió en una nave espacial, penetrando el cosmos para fertilizarlo y producir, al final de la película, un feto precioso (un niño, por supuesto), que flota por la Vía Láctea sin (extrañamente) útero o matriz alguna?”, se pregunta Sara k. Le Guin.
La antropóloga norteamericana interviene iluminando las antiguas narrativas patriarcales. Según su historiografía el objeto que sacó al hombre del mundo animal, no fue el hueso convertido en herramienta para matar, sino una bolsa, un objeto que le permitió a esas primeras recolectoras juntar un poco de avena brava para llevarse como reserva de comida a sus refugios. Claro, que desde el punto de vista narrativo, tiene mucho más espectacularidad la caza de un mamut, por ejemplo. Y es aún más narrable si a ese mamut se lo mata utilizando un hueso con puntas afiladas.
“Mientras la cultura se explicaba como algo originado en, y desarrollado a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, atizar, y matar, nunca pensé que tuviera, o quisiera tener, nada que ver con ella. («Lo que Freud confundió con su falta de civilización es la falta de lealtad a la civilización de la mujer», observó Lillian Smith). La sociedad, la civilización de la que estaban hablando estos teóricos, era, evidentemente, la suya. Era su posesión, les gustaba. Eran humanos, completamente humanos, atizando, apuñalando, penetrando, matando. En mi deseo de ser también humana, busqué pruebas de mi humanidad. Pero, si esto era un requisito previo, el crear un arma y matar con ella, entonces yo era o extremadamente defectuosa como ser humano, o no era ser humano en absoluto”, argumenta Le Guin.

Un 23 de febrero
Que aquello de la Cotton Factory se emparenta con la necesidad capitalista de esconder datos surge de solo pensar lo siguiente. Sólo en el condado de Lancashire, en Inglaterra había 412 fábricas de tejidos de algodón. (De ese algodón con que acaso se cosían las bolsas) 116.300 de sus trabajadores eran mujeres. 10.700 de ellas estaban casadas.
“Había pruebas de que los turnos de 12 horas de las mujeres de las fábricas ponían en peligro la salud de sus hijos. Mary Woodhouse, partera del Manchester Lying-In Hospital, dijo a un investigador en 1833 que las mujeres de las fábricas daban a sus bebés ‘el pecho en el desayuno, al mediodía y por la noche’. Los bebés y los niños se quedaban con niñeras, mientras las mujeres trabajaban”, cuenta la escritora inglesa, Sue Wilkes.
Pero fueron las mujeres rusas las que se levantaron. Las que iniciaron la revolución de 1917, cuando paralizaron las hilanderías de la barriada de Viborg en Petrogrado. “¡Pan, paz y libertad!” y “¡Abajo el zar!”, decían las consignas. Los cosacos no se atrevieron a disparar sobre sus cuerpos. Era el 8 de marzo (23 de febrero del calendario ruso). Al día siguiente, 150 mil obreros salieron a las calles. Cuenta la historia que en la plaza Znamenskaya se produjo un enfrentamiento de los cosacos contra policía zarista. Los soldados defendieron a las mujeres trabajadoras. Fue el comienzo de la Revolución Rusa.

Con todo, la dinámica capitalista y la dinámica del mito fundante del hueso como herramienta de asesinato, sigue más presente que nunca. Al menos 67 000 mujeres mueren año a causa de la mutilación genital femenina, o asesinadas a manos de su pareja o expareja.
¿Esconder el origen de la celebración del día de la mujer forma parte de la misma narrativa que permite la muerte y el sometimiento de miles de mujeres cada año? ¿Sin una narrativa veraz los derechos tardarán más tiempo en volverse práctica? Ayer, se cumplió un nuevo aniversario. Otro 8 de marzo. Y les cuerpes volvieron a las calles. Por pan. Por rosas. Por paz. Y por libertad, verdadera. (Toda una historia y un futuro) Es que les cuerpes presienten que aunque el hueso penda aún en el aire, en las bolsas suele encontrarse más espacio cuando se persigue la verdad y se ahuyentan los miedos.
*Periodista y docente en la Facultad de Ciencias de la Comunicación (FCC-UNC). Fuente Qué, portal https://que.fcc.unc.edu.ar/ Foto principal: La Nueva Mañana (archivo).
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