Las novelas y cuentos del escritor casi no se ven en las librerías, o no tanto como sus artículos periodísticos. Vale reivindicar su escritura y su producción de ficción: fue el último narrador popular, acaso dueño de una escritura transparente y elegante.
Por Juan Bautista Duizeide*
El contraste entre las formas en que sucesivas épocas tratan a ciertas obras literarias suele habilitar la multiplicación de hipótesis, pero también convoca al misterio. ¿Dónde están los libros de Hugo Wast, de Manuel Gálvez, de Eduardo Mallea? Se imprimían de a miles y agotaban ediciones. En el caso de la narrativa de Osvaldo Soriano, cómodamente establecida hasta su muerte a fines del siglo pasado, hay una circunstancia que parece añadirle complejidad a la cuestión: sus libros se tradujeron al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, sueco, noruego, holandés y circularon de a miles entre los hablantes de esos idiomas. Su paso de una presencia insolente en librerías europeas a la ausencia casi total quizás resulte, sin embargo, lo más fácil de explicar.
En principio, hay una razón tanto cultural como geopolítica: el interés por Latinoamérica ha declinado muy notoriamente desde los años del boom, que coincidieron con los del inicio literario de Soriano. A esto debe sumarse el rol de los grandes conglomerados editoriales: deciden qué resulta universalizable y digno de difusión allende las fronteras del país de origen. El foco de esas usinas culturales, pese a lo declamado en cuanto a diversidades, resulta hoy estrecho: se privilegia narrativas agrupables bajo la etiqueta “cinismo urbano”, y narrativas femeninas. En lo posible, estas últimas, con algo de realismo mágico de tercera mano devenido commodity, y con autoras de circunstancias personales patéticas bienvenidas para mejor marketing, como en el poema satírico “La antología”, de Susana Thénon: “tú sabes que en realidad / lo que a mí me interesa / es no solo que escriban / sino que sean feministas / y si es posible alcohólicas / y si es posible anoréxicas / y si es posible violadas / y si es posible lesbianas / y si es posible muy muy desdichadas”.
Un consumo de nicho
En la Argentina, la supervivencia de Soriano radica hoy en su carácter de cronista. No hay escuela de periodismo que no proponga algún exponente de su periodismo narrativo. Puede alineárselo con Soiza Reilly, Arlt, Walsh, Raab, Sara Gallardo y Haroldo Conti. Probablemente sea el último cronista genuino. Alguien cuyos textos no son meras noticias adornadas con recursos pretendidamente literarios; eran producidos bajo el régimen de revistas o diarios, y su mundo no era el de las librerías. Si bien se han publicado varios volúmenes recopilatorios de esos textos –Artistas, locos y criminales, Rebeldes, soñadores y fugitivos, Piratas, fantasmas y dinosaurios, Cómicos, tiranos y leyendas–, se trata de un consumo más de nicho. O de fanáticos. Imposible reproducir aquel mundo lector al que convocaban los kioscos de la esquina.
La crítica académica, pródiga en defenestrar novelas y cuentos de Soriano, ya ni siquiera con ese objetivo los considera. Otro gran síntoma de esa retirada es el destino corrido por Soriano, una historia, la biografía escrita por Ángel Berlanga. No fue objeto de las repetidas loas críticas que (justamente) llovieron sobre Osvaldo Lamborghini, una biografía, de Ricardo Strafacce, y Turco, la biografía de Jorge Asís por Pablo Perantuono y Fernando Soriano. Tan monumental como esos trabajos –por la multiplicidad de fuentes consultadas, pero sobre todo por cómo reconstruye contextos socioculturales–, quizás se vio afectada por la imagen de gordo bonachón (que Soriano jamás fue) opuesta al evidente malditismo cultivado tanto por Lamborghini como por Asís.
Las novelas de Soriano siguen pidiéndose mucho en bibliotecas, coinciden bibliotecarios de distintas partes del país. También coincide su caracterización de quienes los demandan: hombres en su gran mayoría, pocos, muy pocos jóvenes. Una explicación elemental acude a la analogía biologicista: un lenguaje que supuestamente ha envejecido mal. Tal vez resulte más pertinente pensar en un cambio de intereses y gustos. Además, variaron drásticamente los rituales masculinos tan presentes en esa narrativa, y caducaron o se devaluaron modos de construcción de la subjetividad con eje en el trabajo, el fútbol y (ciertas formas de) la política. Relatos futboleros como los incluidos en Arqueros, ilusionistas y goleadores podrían beneficiarse de un cierto auge de la temática –al punto de constituirse como subgénero–, pero conspira contra una asimilación fácil su complejidad, con el fútbol como ambiente, cultura y metáfora, nunca como absoluto. La lectura de Cuentos de los años felices o la novela La hora sin sombra, desde el marco de la vigente autoficción, no resulta menos problemática: Soriano, más que escribir desde lo autobiográfico, escribe la biografía de su deseo. No cuenta la vida que fue, sino la que hubiera querido, o la que le gusta contar, un poco a la manera de Emilio Salgari en sus (apócrifas) memorias.
El último narrador popular
Más difícil resulta explicarse por qué no encuentra lectores jóvenes Triste, solitario y final, una impecable, divertidísima novela pop, según ha destacado Carlos Gamerro. Cabe acotar que nunca Soriano abandonó esa modalidad, pasó a hacer un pop menos expuesto y evidente, y abandonó arquetipos propios de la cultura anglosajona como Laurel y Hardy o el detective privado Philip Marlowe para concentrarse en la fuente inagotable del imaginario peronista. El crítico Rogelio Demarchi ha destacado ese carácter y propuso leer en contrapunto las novelas de Soriano con las de Puig, a las que parece responderle. En su empresa de reivindicación planteó pensar el canon literario no en términos religiosos –con réprobos y salvados– sino musicales: ¿qué voces suenan simultáneamente? No habrá más penas ni olvido y Cuarteles de invierno son más o menos contemporáneas de Cuerpo a cuerpo, de David Viñas; El entenado, de Juan José Saer, y Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos. Novelas que de manera más directa o más mediada abordan la guerra, la dictadura, el genocidio. Son claramente más complejas que las de Soriano, pero estas tocan una cuerda que ninguna de esas otras pudo tocar: la de la resonancia popular. Ante ellas, pueden parecer menos complejas, más maniqueas, sin embargo, dicen otras cosas y se pueden complementar muy bien. Quizás Soriano haya sido el último narrador popular antes de la fragmentación de una comunidad lectora.
Al morir Julio Cortázar, en 1984, Soriano le dedicó una necrológica que es a la vez un perfil y un manifiesto. En ella escribió: “La mezquindad de los argentinos –sobre todo de sus intelectuales– se manifestó desde que Cortázar se convirtió en un autor de éxito en el mundo entero”. Cuesta pensar que no tuviera en cuenta algo que podía llegar a suceder con él. Tal vez con el paso de los años, nuevos lectores vuelvan a interesarse por categorías hoy borrosas aunque indispensables, como la nación, las derrotas concéntricas del pueblo argentino y las memorias, y busquen lo que Soriano tiene para decir acerca de ellas. Encontrarán, además, algo que señaló Adolfo Bioy Casares: una escritura transparente y a la vez de suma elegancia.
*Escritor. Fuente Caras y Caretas, la revista de la patria, dirigida por Felipe Pigna. Este mes lo dedicó al escritor Osvaldo Soriano que nació y murió en enero (1943-1997) Ilustración: Juan José Olivieri.
www.prensared.org.ar

