Entre el 2 y el 27 de febrero próximo el Congreso debatirá en sesiones extraordinarias tres proyectos de ley enviados por el ejecutivo. Reforma laboral, Ley de Glaciares, acuerdo Mercosur – Unión Europea y la designación de Fernando Iglesias como embajador ante la Unión Europea. Reflexiones en torno a la ley denominada “modernización laboral”.
Por Sergio Coria*
Cada vez que un gobierno argentino habla de reforma laboral, conviene prestar mucha atención.
La historia demuestra que, detrás de la palabra modernización, casi siempre se esconde la misma estrategia: menos derechos para quienes viven de su trabajo y más margen para quienes concentran poder económico.
El proyecto de reforma laboral que hoy se impulsa no es una excepción. Se presenta como una respuesta técnica a un problema real —la informalidad, el cambio en las formas de trabajo, la crisis económica—, pero propone soluciones que avanzan sobre conquistas históricas del movimiento obrero.
La lógica es conocida: abaratar el despido, flexibilizar jornadas, debilitar convenios colectivos, relativizar el salario y reducir el rol de los sindicatos. Todo en nombre de la competitividad. Pero la pregunta que nunca se responde es sencilla: ¿competitividad para quién?
Porque cuando se debilita la indemnización, se abarata la vida del trabajador:
– se fragmenta el salario con sumas no remunerativas, se hipoteca el futuro jubilatorio.
– se flexibiliza la jornada sin garantías, se legaliza la disponibilidad permanente.
Y cuando se debilitan los sindicatos, se deja al trabajador solo frente al empleador.
La reforma no busca equilibrar una relación desigual; busca institucionalizar esa desigualdad.
El derecho laboral argentino nació para corregir una injusticia estructural: la desigualdad entre quien vende su fuerza de trabajo y quien compra. Quitar protección en ese contexto no es neutralidad, es tomar partido.
La promesa de que el mercado va a compensar lo que el derecho retira ya fue escuchada demasiadas veces. Y siempre terminó igual: más precarización, más miedo, menos futuro. Modernizar no puede ser sinónimo de retroceder.
Y reformar no puede significar que el ajuste vuelva a caer, una vez más, sobre los mismos hombros.
*Periodista, exmiembro de la Comisión Directiva del Cispren. Imagen ilustrativa Polosur noticias.
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