El camino equivocado hacia un país más débil

Este miércoles a las 11,  comenzará la sesión especial que tratará el proyecto de Modernización Laboral. El autor sostiene  que la ley que quieren aprobar “abre una puerta peligrosa” porque “no mejora la vida de nadie, ni de los que hoy tienen trabajo formal ni de los millones que se encuentran en la informalidad”. Además, advierte sobre las futuras consecuencias que podrían afectar a los futuros trabajadores.

Por Álvaro Ruiz Moreno*

La reforma laboral que impulsa el gobierno se presenta como una modernización necesaria para “dinamizar” el empleo, pero en realidad abre una puerta peligrosa: la de un país con trabajadores sin derechos, sin protección y sin futuro. Es un proyecto que no mejora la vida de nadie, ni de los que hoy tienen trabajo formal ni de los millones que se encuentran en la informalidad. A los primeros les quita derechos conquistados durante décadas. A los segundos, ni siquiera les ofrece la expectativa real de acceder a un empleo digno y formalizado.

¿Hace falta una reforma laboral? Claro que sí. Nuestro sistema requiere ajustes que acompañen los cambios tecnológicos, productivos y sociales. Pero esta reforma no va en esa dirección. Por el contrario, se orienta hacia un modelo donde el trabajador queda cada vez más expuesto, más precarizado y más reemplazable, como si la persona fuera una pieza descartable dentro de una maquinaria que sólo beneficia a los sectores más concentrados del poder económico.

Lo más preocupante es el clima social que empieza a instalarse. Ayer, un repartidor de plataforma decía —sin angustia, casi como un deseo lógico— que esperaba que esta ley permitiera despedir a los trabajadores antiguos para que él pudiera ocupar su lugar. Esa es la fractura más profunda que deja esta reforma: la idea de que el progreso individual se construye sobre la ruina del otro. Pero cuando ese trabajador, dentro de unos años, sea el despedido para dejar lugar a alguien más joven, entenderá demasiado tarde que lo único que creció fue la injusticia.

A esto se suma el golpe mortal al sistema jubilatorio. Los fondos que deberían garantizar la vejez digna de millones de argentinos se utilizarían para financiar despidos masivos. ¿Qué sociedad destruye su futuro para sostener la especulación del presente? ¿Qué país puede llamarse justo cuando transforma los aportes de toda una vida laboral en combustible para la desprotección?

Si se avanza por este camino, las consecuencias serán devastadoras: desigualdad creciente, salarios a la baja, trabajadores enfrentados entre sí, y una pérdida irreparable de solidaridad social. Cuando se destruyen los lazos que mantienen unida a una comunidad, lo que sigue es un país partido, con sectores enteros condenados a la supervivencia diaria.

Por eso, este no es un debate técnico: es un debate moral, político y humano. Y frente a un proyecto que pretende llevarnos hacia un modelo de trabajo casi esclavo, la respuesta no puede ser el s silencio.

Es el momento de que las organizaciones gremiales, los movimientos sociales y toda la ciudadanía consciente se movilicen, se organicen y levanten la voz. No para defender privilegios, sino para defender derechos. No para resistir un cambio, sino para exigir uno verdadero, humano y justo.

La Argentina que viene dependerá de lo que hagamos hoy. Y hoy, más que nunca, nos toca estar de pie.

*Abogado y jardinero. Agencia Prensared. Foto: prensa del senado. 

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